Como se acerca el Día del Maestro, quiero recordar que el genuino educador es un sembrador de esperanza y para ello debe tener el corazón lleno de ilusión y de pasión. No se amilana ante las dificultades, no se acobarda ante los problemas, sino que los enfrenta con decisión y acude cada día con verdadero entusiasmo a asumir la tarea apasionante de ayudar a desarrollar las potencialidades de cada estudiante para que logre alcanzar su plenitud.
Si educar es apostar por una persona y un país mejor, no es posible hacerlo sin esperanza. La educación, como insistía Paulo Freire, exige la convicción de que es posible el cambio, implica la esperanza militante de que los seres humanos podemos reinventar el país y el mundo en una dirección ética y estética distinta a la marcha de hoy. Esperanza crítica, no ingenua, que necesita del compromiso tenaz y del testimonio coherente para hacerse historia concreta.
El desencanto, como el miedo, expresan falta de fe. Debemos pasar del desencanto a la ilusión, del pesimismo al entusiasmo, del derrotismo al compromiso: ¡Otra Venezuela es posible! ¡Otra educación es posible, que deben gestarla sobre todo los educadores! La educación, más que reformas curriculares, necesita pasión: no puede ser meramente una profesión para ganarse la vida, sino que tiene que convertirse en un medio para ganar a la vida a los demás, para enseñar a vivir con autenticidad, para defender la vida donde quiera que esté amenazada, para convivir con el otro diferente, para dar vida, dar la vida.
El genuino educador denuncia y anuncia. Denuncia las estructuras de injusticia y de violencia, denuncia la hipocresía y la mentira, denuncia la mediocridad y el sinsentido, y anuncia con entusiasmo un futuro humano y digno. Denuncia para ganar a las personas al compromiso con la vida, a realizar su vocación de ciudadanos honestos y solidarios, comprometidos en la gestación de un país mejor.