Hace apenas un par de meses, en plena jornada electoral, Henri Falcón se metió una autozancadilla, cuando a golpe de once de la mañana, empezó a cantar un fraude, a modo de frenazo desmotivador.
Para terminar de irse de boca, ese mismo día, Falcón desconoció los resultados antes de que fueran anunciados, protagonizando una ridícula pirueta que superó en estupidez a las más grandes estupideces que, con esmero, ha protagonizado la oposición venezolana durante estos 20 años… ¡Suapara!
Aquel descalabro político, aquel ”autosuicidio“ es imposible de explicar a menos que metan una extorsión y un montón de dólares en medio, porque estaba claro que Falcón perdiendo, ganaba; que podría haber asumido el liderazgo de la oposición, que podría haberle dado un sentido político, nacional, capitalista, dolarizante, sin disimulos, y plantear el debate y desde ahí, haciendo política, como lo exige el país entero, construir una base electoral con la que hubiera podido plantearse la posibilidad de lograr lo que la oposición no ha logrado: ganar una elección presidencial.
Pero no, para eso se necesitaba valentía e independencia, que son dos cosas muy difíciles de encontrar en la oposición. Y fue así como ese día terminó de desaparecer lo que siempre fue un fantasma: el liderazgo de Henri, que no prendió ni en su propio suelo. Desde entonces, de él solo queda una cuenta de Twitter que solo sirve para confundir a sus pocos lectores, que no saben si el que tuitea el Falcón o Capriles, o si es que escriben a cuatro manos.
