¡Pero que inicio de mayo tan festivo! Hemos disfrutado de tres animados desfiles. En Estocolmo celebraron el 70 cumpleaños del rey Carlos Gustavo de Suecia con un desfile de antiguas testas coronadas, entre ellas nuestros Reyes eméritos, que reaparecieron después de una interrupción temporal de su convivencia como deseando volver pronto a ella. En La Habana, Karl Lagerfeld hilvanó una puntada maestra: trasladar al viejo Paseo del Prado su colección crucero para Chanel, recogiendo aplausos y también virulentas críticas acusándole de oportunista ante el resurgimiento de una Habana todavía no libre de Castros. Y en el Met en Nueva York volvieron a desfilar las personalidades que Anna Wintour, editora del Vogue estadounidense, invita para que compartan un instante de inmortalidad. El glamour ahora es un arma tan política como comercial.
La casa Chanel organizó su desfile en La Habana e imagino que sería casi un triunfo diplomático sin anticipar la controversia en las redes sociales. Todo empezó con el viaje a Cuba de Carolina de Mónaco apenas se supo que Estados Unidos levantaba el embargo económico que durante 54 años mantuvo sobre la isla y el régimen de Fidel Castro. La princesa Carolina confió a su gran amigo Karl Lagerfeld, el diseñador que reina en Chanel desde 1983, para que fuera y viera. Así surgió la idea. En el protocolo de la alta costura hay dos fechas importantes, enero y julio, donde se hacen los desfiles de verano e invierno, respectivamente. Y una tercera fecha, más volátil, para las colecciones de entretiempo, que el cambio climático ha convertido en colecciones casi para todo el año. A esas colecciones se las llama crucero, porque hacen referencia a una vida con mucho tiempo para el tiempo libre, un poco como la que lleva Carolina. La triple combinación Crucero, Chanel, Comunismo, convirtió las dos Ces entrelazadas del emblema de la firma en tres. Y también en un logo que tiene al Caribe dividido. Los hay que consideran que el desfile fue una bocanada de aire fresco para una isla caliente que ha estado “aislada más que ninguna otra isla”. Otros opinadores, como los de mi chat de WhastApp, “Niñitas Ganamos”, concluyeron que “después de años de una Cuba reprimida, los socialistas europeos siguen haciendo de eso su escenario, ¿cómo si no hubiese pasado nada?”.
Olvidando que se trata de la iniciativa de una empresa privada, como las compañías de cruceros, los hoteles o las empresas tecnológicas que ya operan en la isla. O igual que los conciertos de The Rolling Stones o de Olga Tañón. En la cafetería del estudio donde grabo en Hialeah, el epicentro de la oposición cubana en Florida, mi productora favorita me dijo: “Nunca podré comprarme un bolso o vestido de esos, pero qué bonito se veía el Paseo del Prado de mi ciudad, mijito”.
Habría que recordar que no es la primera vez que la industria textil se cuela en la vida cubana. Antes de Chanel llegó Adidas, camaradas, fabricante de esos chándales que Castro impuso como cómoda moda comunista y que vistieron cual uniforme de rigor Hugo Chávez y Maduro. O sea, que existen precedentes entre la moda y el comunismo. Ahí está el cuello Mao, que hábilmente Lagerfeld evitó en cualquiera de sus atuendos crucero. De momento, el diseñador, sorprendido por las críticas, mezcló el Cuba Libre con otro Coco libre.
