El evangelista Marcos recoge en su evangelio unas palabras con las que Jesús resume el sentido de su vida: “El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar la vida por todos”. Normalmente, al escuchar estas palabras, pensamos en el sacrificio realizado por Jesús en la cruz y olvidamos que toda su vida fue entrega y servicio. En realidad, la muerte de Jesús fue la culminación de un “desvivirse” constante a lo largo de los años. Día tras día, fue entregando sus fuerzas, su juventud, sus energías, su tiempo, su esperanza, su amor. La entrega final fue el mejor sello a una vida de servicio a los demás.
Los cristianos somos, en consecuencia, seguidores de alguien que ha dado su vida por los demás, lo que nos exige entender nuestro vivir diario como servicio y don a los otros. Lo más precioso que tenemos y lo más grande que podemos dar es nuestra vida. Poder dar lo que está vivo en nosotros: nuestra alegría, nuestra fe, nuestra ternura, nuestra confianza, nuestra solidaridad, y sobre todo en estos días, nuestra esperanza que nos sostiene en la lucha y nos anima.
Dar la vida es siempre un gesto que enriquece, que ayuda a vivir, que crea vida, que rescata, libera y salva a las personas. Pero, en estos días próximos a la Semana Sana, debemos también recordar que Jesús fue asesinado. Y lo fue porque puso de cabeza los valores del mundo: en vez del poder para dominar, propuso el poder para servir; en vez del egoísmo, la solidaridad; en vez de la violencia, la mansedumbre; en vez de la venganza, el perdón; en vez del odio, el amor.
Seguir a Jesús es entregar la vida para que todos tengan vida en abundancia; oponerse a todo lo que traiga injusticia, dolor, maltrato, explotación; ayudar a bajar de la cruz a tantos crucificados por la injusticia, la explotación, la represión y la miseria.
