César Bracamonte
Para mi cada viernes es una tragedia. Vivo en un popular barrio de Maracaibo y mis vecinos, donde estoy seguro, que el extranjero soy yo, inician la fiesta a eso de las dos de la tarde, unas tres toneladas de sonido de cada casa en ambas hileras de la cuadra comienzan un calvario para quienes de algún modo pretendemos descansar. Es inútil, el barrio es una guerra de minitecas y yo, reboto en la cama hasta el lunes que regreso al trabajo, sin haber podido conciliar el sueño.
El principal inconveniente es mi vecino inmediato, se jacta de su equipo de sonido, ha invertido millones en él, incluso, vendió el ‘camastrón’ que tenía por carro, para agregar más accesorios de sonido al enorme armatoste de cornetas y bajos que como adrede coloca en la ventana de mi cuarto para no dejarme dormir todos los fines de semana. El hombre, un zapatero que arribó hace unos diez años al barrio proveniente de un vecino país, es un pran en el barrio y las veces que hemos pretendido hacerle frente, nos amenaza hasta de muerte.
Es un mal vecino. Aunado al escándalo, están sus amigos, los que invita a sus farras interminables, colocan los carros donde les place la gana, hubo uno que incluso, una vez lo colocó de tal forma que no podíamos ni entrar ni salir de casa, botellas van y vienen y el frente de las casas aledañas son el urinario de los ‘amigotes’ de mi vecino, porque dicho por él mismo en plena faena: “en mi casa no mean borrachos”. Sus sancochos son icónicos, y hay quienes vienen a comer de otros barrios cercanos y a su paso, no dejan nada en los frentes de las casas: ropa tendida, sillas y hasta materos se llevan.
La señora Mayra Navas tiene 70 años, hipertensa y tres infartos viven en su corazón, habita a una casa de la mía, su patología le importa muy poco al señor de los parlantes que suenan como los cañones de Navarone en la segunda guerra mundial. Mayra no ha agotado las posibilidades, ni ha perdido la esperanza de un fin de semana poder descansar como lo hacen todos los mortales en el planeta entero, nunca ha deseado mal a nadie , pero confesó que en varias oportunidades, cuando la desesperación del sueño atrasado se le presenta, le pide a Dios que se le queme el equipo de sonido o se le vaya la luz por unos días o en el mejor de los casos que llegue un amigo de lo ajeno y le robe el equipo de música; pero nada de eso ocurre y mientras la salud de la señora va en detrimento, a su vecino lo que le sobran son amigotes, para compartir cervezas y mala música y darle más castaña a su equipo de sonido y no dejar dormir a nadie en un radio de siete cuadras a la redonda.
Pero existe otro engendro satánico de la misma calaña y amiguisimo del anterior de apellido Restrepo. Este es uno de esos tipos que le pregunta a los vigilantes de cualquiera centro comercial por dónde es la salida para él entrar. En su Fairlane 500 año 70, ha logrado sacar de las casillas a todos los vecinos en el sector, no puede ver un letrero de ´No Pare’, porque pareciera que para su escasa educación dijera lo contrario. No hay nadie en su calle con el cual no haya tenido problemas por dejar su carro parqueado en la entrada del estacionamiento o lo que es peor, en la puerta principal de una vivienda.
Carla Mijares se vio en la obligación de denunciar al señor Restrepo, cuando en una borrachera este dejó incomunicada la familia entera, porque su enorme carcamán sobre la acera impedía el acceso o la salida de la casa de la familia Mijares. Este hizo caso omiso a la denuncia y en varias oportunidades rompió el papel y lo tiró para dentro de su casa, gritando desde afuera que «si queréis me llamáis al Papa, pa mis coj…». Este tipo de hereje también es muy frecuente en cualquiera barrio, es muy raro cuando en una zona no exista un mal educado y desadaptado como este señor. «Vinieron un día (la policía)- dijo Carla- y lo que hicieron fue reírse de mí, cuando les dije que ese tipo es un psicópata. Desde entonces trato de no llamar a la policía, para qué, si no le van hacer absolutamente nada y además de eso, él, les moja la mano a los policías » afirmó Mijares.
Mientras todo eso ocurre, mi vecino en ningún momento le bajó volumen al radio.
El pasado mes de diciembre, decidió hacer una fiesta, imagínense, si normalmente mantiene un escándalo, qué podemos esperar cuando decide hacer una fiesta. Primero: el muy muy, llenó de sillas los frentes de todas las casas, habían pipotes llenos de cerveza por todos lados. Segundo: invitó a no menos de 300 desadaptados como él. Tercero: pudimos escuchar los representantes del vallenato de todo nivel, los temas más horribles que hayamos podido escuchar del folclor colombiano. Cuarto: seis grupos de vallenato, en parranda, se pasearon por el barrio y por lo más corroncho del género hasta bien entrada la mañana. Reguetón, champeta y géneros musicales que juro, solo se los he escuchado a ese equipo de sonido. Cuando por enésima vez le fui a pedir que le bajara que quería descansar, me alertó: “cuando te muráis, descansáis”.
Pese a que existen ordenanzas municipales de los organismos del estado donde a este tipo de personas se les cita en fiscalía, se les decomisa el equipo de sonido y se les multa, muy pocos son los referentes en la ciudad que hayan atinado a sancionar a estos abusadores. Más allá de solicitar que les bajen el volumen, los afectados ven en esto una corresponsabilidad cómplice, porque a la vuelta de la esquina, cuando la patrulla se vaya, el volumen será doble. Se debe insistir, se debe llegar hasta las últimas instancias, nadie tienen derecho a violentar las horas de descanso del otro, porque simplemente no se le da la gana. Las autoridades deben actuar de manera disciplinaria contra estos alteradores del orden público.
La ordenanza para la convivencia ciudadana describe en el artículo 30, los procesos administrativos que se le pueden aplicar a quien no acate la ley. Van desde sanciones administrativas, hasta el proceso penal y la remisión al ministerio público. Nadie puede bajo ninguna circunstancia violentar el descanso ajeno, todo esto está bien explícito en la Gaceta Oficial fechada el 07 de diciembre del año 2012 y marcada con el número 335-2011.
A quienes atentan la paz comunitaria con vehículos que contaminen con decibeles ensordecedores, la ley es explicita: se procederá a la retención del vehículo, pasado al estacionamiento judicial para luego ser remitido al ministerio público, sanciones descritas en el artículo 39 de la ordenanza municipal. Así mismo se invita a la comunidad que tienen este problema con sus vecinos, que presenten el caso ante la policía municipal del municipio donde se encuentre para abrir los procedimientos pertinentes. Esto desde el 2012 está considerado como un delito. Somos víctimas a tal punto, que nuestro sistema nervioso empieza a amainar. Mi vecino es un ente demoniaco, eso lo pude corroborar el día que fui a pedirle por favor que le bajara porque mi bebe de tres años tenía fiebre y el muy descarado me aseguró “que eso se le pasaba con música en el oído, que él no le iba a bajar volumen a su sonido porque mi hijo tuviera fiebre, que lo llevara al hospital, allá es donde curan a la gente, no aquí” me aseguró mientras me daba la espalda. Ha llegado a tal extremo que en días pasados, una de las señoras de la comunidad, solicitó el servicio médico de los que van hasta tu casa, y el carro no pudo entrar porque el lugar estaba atestado de carros de gente que celebraba, cuando el hijo de la señora fue a pedirle que por favor le bajara que la doctora no escuchaba el estetoscopio debido al nivel tan alto en los bajos, el señor le participó que se metiera más los audífonos del aparato médico, porque él estaba escuchando la nueva versión en parranda de Silvestre y era un crimen bajarle volumen.
En la actualidad la mayoría de los barrios de la ciudad viven a merced de estos señores, que al parecer pretenden que la música que ellos escuchan le guste a todo el mundo y a juro hay que calarse este abuso, en la casa en el carro por puesto, en los buses, hasta en los mismos lugares de trabajo se ha perdido la intimidad de lo que significa escuchar música, no a todos les gusta lo que nosotros consideramos la panacea musical, por eso se debe respetar la tranquilidad del prójimo. Mi vecino, contrario a esto, vive violentándole la vida a todos con su falta de educación, de respeto y de consideración, somos el único barrio que anhela que todos los viernes se vaya la luz todo el fin de semana.