A través de toda mi vida, me ha tocado nadar contra corriente. Cuando me inicié en la política, la corriente predominante decía que la política era una actividad sucia, reservada para bribones y estafadores. En esos días leí una frase del papa Pio XII según la cual “la política es la forma más excelsa de la caridad después de la religión”. Entonces decidí, nadando contra la corriente, perseverar en la política.
Durante mis luchas juveniles, la corriente prevaleciente era la izquierda, el marxismo, el comunismo. La mayoría de los jóvenes de aquella época consideraba que la historia avanzaba inexorablemente hacia el “paraíso comunista”. En aquellos años se produjo la Revolución Cubana que vino a ser como la confirmación de la tesis que sostenía que el futuro sería comunista.
Entonces me tocó de nuevo, nadar contra la corriente. Con toda convicción abracé las banderas del humanismo cristiano. Me inscribí en un partido que entonces apenas llegaba al 10% de los votos.Años más tarde, me tocó enfrentar el empeño re-releccionista de dos distinguidos venezolanos: Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez. En ambos casos aconsejé en la dirección contraria a la corriente. En ambos casos prevaleció la opinión contraria a la mía. Creo que en ninguno de los dos casos lo que se hizo fue conveniente ni para el país, ni para la figura histórica de esos distinguidos compatriotas.
En febrero de 1992 hubo un intento de golpe de estado contra las instituciones. No vacilé en condenar aquel acto salvaje. Al día siguiente sentí que había una significativa corriente de opinión que aplaudía la acción de los bárbaros. Había aconsejado que no se reeligiera a Carlos Andrés Pérez. Después aconsejé, que una vez que lo habían reelegido lo dejaran terminar su período constitucional.