En las últimas dos décadas, explorar nuevos temas que escapen de la contingencia nacional se ha hecho imposible (a pesar de que en ese tiempo se promulgó una nueva Constitución y se han debatido posibles reformas), pues, la agenda política ha sido la ama y reina de la discusión del país. Mientras tanto, en el mundo se abren nuevos temas valóricos que están transformando a las sociedades (se ha puesto el foco en cómo expandir las libertades individuales y se van eliminando gradualmente algunos tabús).
En nuestro país, estamos pasmados en muchos asuntos fundamentales. Sin embargo, considero que, en donde estamos sufriendo más atrasos o inmovilización, ha sido en el rol del Estado frente a las libertades individuales o decisiones personales. Básicamente, en los últimos años, poco o nada se ha dicho sobre los límites de la libertad de conciencia o el libre desarrollo de la personalidad individual en la vida cotidiana.
Así, es notorio como no le hemos dado un espacio a temas diferentes, como por ejemplo, la legalización del aborto, políticas de equidad de género, el matrimonio igualitario, la eutanasia hábitos de reciclaje, la transición hacia energías limpias, la transformación digital o la legalización de la marihuana. Estamos tan desconectados de los avances del mundo en estas materias que, probablemente, algunos temas mencionados se tienden a confundir, o derechamente no se conoce ni una coma.
En otras palabras, por muchos años no nos hemos dado la oportunidad –siquiera- de poner los temas más desafiantes del siglo XXI en el centro del debate público para abordar y conciliar los diferentes puntos de vistas al respecto. Lamentablemente, la deliberación nacional también está expropiada.
