En Estados Unidos mueren cada año 50.000 personas por sobredosis de heroína y otros opiáceos de prescripción médica cada año, según la BBC. El terror social a la heroína obedece a su alta mortalidad y a que, como otros opiáceos, produce adicción más rápido que el resto de estupefacientes. Cualquiera que la pruebe tiene altas probabilidades de desarrollar una adicción, se suele decir.
Entre los expertos a los que entrevistó el periodista Johann Hari para su libro Tras el grito se encuentra Bruce Alexander. Este psicólogo encontró una grieta en los experimentos que se hicieron con ratas en los años ‘80 para una campaña de Partnership for a Drug-Free America. En el anuncio de televisión se veía a una rata en una jaula donde tenía dos recipientes para elegir: uno con agua y el otro con agua mezclada con cocaína. Al final del anuncio se mostraba a la rata bocarriba, muerta por una sobredosis.
Alexander reprodujo el experimento pero, además de la jaula con la rata sola, en otra puso a varias ratas con diversos juegos y elementos de “entretenimiento”. La rata que estaba sola incrementaba su dosis de agua con cocaína conforme pasaban los días. Hasta que moría. Las ratas que vivían en comunidad apenas probaban el agua que contenía la droga, lo que pone a prueba las teorías de la adicción que la atribuyen sólo a una dependencia química.
De la gente que consume alguna droga, un 10% ha sufrido daños o desarrollado un problema de adicción, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. Pero no es noticia el 90% de personas capaces de utilizar estupefacientes sin dañarse a sí mismos o a los demás. Las noticias de sobredosis, de epidemias de droga, de robos, de asesinatos convierten lo anecdótico en norma general en la mente de las personas.
