El mundo tiene mucho tiempo poniéndole nombres a nuestras formas de relaciones, a nuestro orden y a todo aquello que nos estructura como humanidad. Esto —para bien o para mal— nos ha estampado etiquetas, categorías, jerarquías, clasificaciones, separaciones y encasillamientos que nos limitan a un modo de tomar posturas, decidir y proceder. Por ello, no es difícil que aquellos líderes políticos que aumentan el gasto público, el empleo gubernamental, los subsidios, las subvenciones, la ocupación estatal de todas las actividades económicas, los impuestos y los controles por doquier son conceptuados de una forma. En cambio, aquellos que defienden el libre mercado, la libre competitividad, la reducción de impuestos, la supresión de los controles, el conservadurismo, la desregulación y la baja o nula intervención del Estado los colocan en la acera del frente.
Considerando estas marcas registradas o características privativas que encierra corrientes de opiniones ideológicas, encontramos en muchos países la polarización sellada —o dicotomías doctrinarias— maciza e histórica que divide, por ejemplo, a los estadounidenses en republicanos y demócratas, a los franceses en republicanos y socialistas, a los canadienses en conservadores y liberales, a los alemanes en democristianos y socialdemócratas, a los británicos en conservadores y laboristas. ¿Y a nosotros? Ya sabemos. ¡Cuánto valdrá zafarse de esta división paralizante que impide construir una tercera, cuarta o quinta postura más enriquecedora!
Sin embargo, cuando son gobierno actúan de la misma forma —a pesar de sus antagonismos— favoreciendo sus posiciones, privilegiando su clase, comportándose como élite, agrupando su abolengo, es decir, ambos alimentan su casta y terminan rayando en la aristocracia (¡Aún en el siglo XXI!). Cuando toman el poder —en su mayoría— terminan incumpliendo todos los compromisos por los cuales fueron elegidos, terminan abandonando y desvirtuando las intenciones, los propósitos y el proyecto en conjunto por el cual fueron electos (salvo excepciones).
Pero debemos recordar que la escogencia —en teoría y entre tantos otros aspectos— la hacen los ciudadanos por la orientación política (derecha o izquierda) que se adscriben, aun sabiendo que una y otra tienen sus defectos y ventajas. Tomando en cuenta que, en efecto, los modelos políticos, económicos y sociales de ambas fuerzas de pensamiento cuentan con virtudes y deficiencias, ¿será descabellado tomar lo positivo de cada una de las posiciones en cuestión y desarrollar nuevas tesis?, ¿acaso no se puede convivir con lo virtuoso de ambas posturas?, ¿es impracticable localizar mínimos comunes entre estos? Es decir, ¿qué tal si solamente le dejamos al Estado ocuparse de la seguridad y la justicia ciudadana, de la estabilidad económica y social, de la gobernanza democrática y de la defensa y preservación del medioambiente? Ahí están condensados los principios y las ideas provechosas y útiles de ambos modelos que nadie se animaría rechazar su cumplimiento.