Ylich Carvajal Centeno
Periodista
El primero de febrero pasado se cumplieron 199 años del nacimiento de Cecilio Acosta y aunque el ceremonial oficial, el interés político, la academia y los medios de comunicación las prefieren redondas, la fecha no deja de ser digna de tener en cuenta.
En el caso de Maracaibo es por lo menos curioso que habiendo Cecilio Acosta nacido en San Diego de los Altos, estado Miranda —integrado ahora a la Gran Caracas como los Altos Mirandinos— y dado el decimonónico regionalismo que caracterizó a la ciudad, aquí hay con su nombre una calle —de las más antiguas y concurridas— una parroquia, que es parte del centro urbano, escuelas y hasta una universidad.
Necesario es decir que Acosta nunca vino a Maracaibo, pero sus ideas sobre una República federativa sí que fueron conocidas por los maracaiberos de antier y ambos, la ciudad y Cecilio, combatieron en un mismo tiempo a un mismo enemigo, al llamado Ilustre Americano, Antonio Guzmán Blanco.
Otra cuestión no menos curiosa es que mucho de lo que se sabe de la personalidad de Acosta es gracias a lo que sobre él escribió el prócer de la independencia cubana, José Martí, cuando vivió en Caracas y promovió la edición de la Revista Venezolana sobre cuestiones literarias y latinoamericanas junto a Arístides Rojas, Eduardo Blanco y Cecilio Acosta.
Lisandro Alvarado recordará años después la tarde en que conoció a Martí en la sala de la casa de Cecilio en Caracas y a pesar de la notable diferencia de edad entre ambos y de que uno fuera cubano y el otro venezolano, Alvarado los halla semejantes en el tamaño de su erudición, su humildad y calidad humana.
Luis Yépez al escribir sobre José Martí recordó así su amistad con Cecilio Acosta: “Martí se sorprende ante este venezolano que es bueno porque es honesto y que es luminoso por la grandeza moral y radiante por la inteligencia máxima”.
De acuerdo con el mismo Martí, quien escribió un artículo para honrar su muerte, Cecilio “hablaba un latín puro, rico y agraciado: no el del Foro del Imperio, sino el del Senado de la República”. Hay quienes creen que este artículo le valió a José Martí su expulsión de Venezuela.
En vida Cecilio Acosta había enfrentado la demagogia almibarada de Antonio Leocadio Guzmán y luego enfrentó a la afrancesada de su hijo Antonio. En vida los Guzmán le tenían el hambre y en su muerte no toleraron que se le recordara en la prosa de Martí.
Curiosamente, Cecilio se autocalificó de liberal en más de una ocasión y los Guzmán se suponía que eran liberales, lo que demuestra que las imposturas en la política venezolana, eso de llamarse pero no ser, son decimonónicas.
Pero más aún, en ese liberalismo que podríamos llamar ceciliano hay mucho de cuestiones como estas: “Si en la Colombia de Bolívar el alma era él, en la Colombia nuestra el alma debe ser la federación, la cual no es otra cosa (si el fin es conciliar la libertad y los gobiernos) que la unidad en la pluralidad y la pluralidad en la unidad”.
Y de éstas: “Las masas tienen hasta en su silencio majestad. (…). Se triunfa con la opinión, no contra la opinión; y la opinión es lo que existe. Más que los pueblos no puede saber sino Dios”.
“La vida es obra, y los pueblos que más obren serán los más civilizados. (…) Si el hombre no está en contacto con el hombre, y la humanidad con la naturaleza, su patrimonio y su regalo, la felicidad pública es una esperanza que se sueña, pero no una realidad que se posee”.
El año próximo la fecha será redonda, pero no hay que esperar tanto para recordar a éste pensador de lo venezolano.