Nuestro mundo está lleno de invenciones, prejuicios invariables, apreciaciones inalterables, verdades tendientes a lo absoluto, ideas dominantes y sensaciones convertidas en sentencias, todas ellas circunscritas en el antipático mundo de la subjetividad. 

En concreto, basta que veamos a una persona con piercing o tatuaje para etiquetarlo de desequilibrado; nos ganan los estereotipos y dictaminamos que todos los musulmanes son terroristas, o peor aún, nos rebasan los modelos y testificamos con soltura que todas las personas de piel negra son violentas o unos delincuentes en potencia. Así somos.

 Además de los sellos anteriores, también existe una que en nuestro país se ha expandido en los últimos años, y me ha dado vueltas en la cabeza un buen rato. Me refiero a ese arquetipo imaginativo que penaliza como resentidos sociales a todas aquellas personas que procuran una mayor igualdad de oportunidades, fin a las injusticias, cese de privilegios  y promoción de la equidad.  

Es notable que el proceso de relaciones sociales por sí mismo sufra de tensión y rigidez, por lo cual van emergiendo brechas sociales creadoras de sectores vulnerables, marginación, miseria y finalmente una existencia inhumana. Si alguien hace el esfuerzo moral de criticar estas heridas sociales y se niega a aceptarlo como hecho común, ¿por qué no se respeta su conciencia? Si una persona no se resigna a vivir alrededor de inequidades, ¿por qué censurarlo bajo la acusación de frustrado social?  O es que Theodor Adorno tenía razón cuando escribió que también “la crítica del privilegio se convierte en privilegio”. De que el resentimiento social existe y es venenoso no lo dudo, empero, si se manifiesta el disgusto por el establishment con sujeción al orden constitucional y el marco jurídico imperante, ¿por qué reprobamos a estas personas descontentas por las evidentes disparidades en la sociedad?  Me pregunto: ¿Acaso es pecado abogar por la reducción de la desigualdad? ¿Es revanchismo deliberar políticas inclusivas que germine en un mejor clima social? ¿Es desquite provocador resguardar el respeto al cumplimiento del principio de igualdad ante la ley? ¿Es repulsivo rechazar los esquemas económicos que degradan las condiciones humanas? 

A mi juicio, clasifico a un resentido cuando comete un acto vengativo por aquellos que identifican como enemigos y culpable de sus males, pero no cuando denuncian la exclusión social en su entorno; veo a un resentido cuando incurre en vandalismo para pronunciarse, pero no cuando encauza su reclamo por las vías legítimas que el Estado posee; huele a resentimiento social cuando se expande el odio y el rencor hacia algún estrato social que distinguen como superior, pero no cuando grupos u organizaciones sociales promueven actividades  integradoras e inclusivas; generalmente se respira resentimiento cuando se práctica la envidia a ciertos hechos, pero no cuando se reclama el abuso hacia grupos minoritarios.