Boris Izaguirre / Escritor / @borisizaguirre
Regresé a Caracas y me sumé a la manifestación llamada la Toma de Caracas. Muchas madres advertían a sus hijos que no acudieran y al final terminaron acompañándoles. Los selfies retrataban ciudadanos llegados de todas partes. Una comunidad indígena avanzó desde el Amazonas y se convirtieron en las estrellas de la marcha con sus coronas de plumas y su castellano mejor que el de los caraqueños. Para combatir el sol caribeño, en la marcha se impuso el sombrero wayuu, que es, como tantas cosas, colombiano y venezolano. Había banderas arcoíris y también los motoristas típicos de la ciudad, que sostienen con su locura el día a día de las empresas, llevando a sus novias de paquete bien apretadas en camisetas que ceñían senos desbordantes. “Que esta Navidad venga sin Nicolás”, se podía leer sobre una de esas turgentes camisetas. Fue la frase más celebrada por Rubén. Caracas es una ciudad con miedo. Antes de las siete de la tarde, las calles están tan vacías por la inseguridad que los poquísimos coches que transitan rugen como olas en una ciudad sin mar. Pero ese silencio no otorga tranquilidad. Los familiares que encuentras te sorprenden por su delgadez. “La dieta de Maduro”, dicen. Una señora me explica que en su casa se han estado alimentando de los mangos y aguacates que caen en la calle. La marcha también es conversación. “Boris, ¿por qué no te vestiste de Juan Gabriel, mi amor?», pregunta un grupo de cuarentonas, maquilladas y peinadas como si fueran a participar en un Miss Venezuela de zapato cómodo.
Pese a todo ese humor, la sensación de desafío no se pierde a lo largo del recorrido. Se arma un gran alboroto cuando un dron sobrevuela entre los zamuros, que son el pajarraco que casi identifica hoy la ciudad. “El dron, el dron”, empiezan a gritar entre aplausos. Días antes el Gobierno prohibió el uso de drones. Por eso el grito, porque el artefacto retransmitirá la imagen que el Gobierno busca evitar por todos los medios: Caracas tomada por los venezolanos. Recuerdo una frase de mi padre, que a los venezolanos no les gustamos los de la capital, por nuestras ínfulas. Si una cosa hay que reconocerle a Maduro es que ha conseguido unir la ciudad con el resto del país, para marchar en su contra.
En Venezuela muy pocos medios de comunicación trabajan con libertad y las redes sociales son la alternativa. En la ciudad más insegura del mundo, los smartphone de último modelo paseaban de mano en mano, tomando selfies, enviando tuits, revisando datos del transcurso de la marcha. Mi camisa blanca terminó convertida en un sudario y debería enmarcarla. Igual que las gafas de sol que evité quitarme para que no me vieran llorar. “Gracias por venir, por decirle a España y a Miami lo que estamos viviendo”. Ahora no sé si puedo. Al final de la marcha, empezó a llover. La caída del agua se percibió como una limpieza. Se lavaban las tensiones de los días anteriores, el miedo a que estallara la violencia, como en las manifestaciones del 2014 en las que en vez de agua se derramó sangre. La próxima semana, Caracas será una ciudad distinta.
