Opinión

Avatares

La internacionalización del conflicto venezolano ha conducido indefectiblemente a la internacionalización del diálogo, sometido en consecuencia al influjo de  actores y factores externos.

Estamos en presencia de la internacionalización cuando, “explícita y conscientemente”, uno o más actores domésticos deciden incluir agentes externos en cualquier fase de un conflicto interno.   La  internacionalización, se refiere entonces al grado de exposición de un asunto interno a la comunidad de naciones y actores del sistema mundial.

La internacionalización puede ser política o de carácter militar.   La primera persigue obtener respaldo político para una causa, y para ello es fundamental el apoyo y legitimación de actores internacionales.    La militar pretende el apoyo logístico o militar  como vía para resolver el conflicto interno, tal como lo plantean  sectores radicalizados de la oposición.

En el caso venezolano, el Gobierno  busca legitimidad para obtener apoyo internacional a favor de su derecho a gobernar y atacar las amenazas internas y externas.  La oposición procura legitimidad para obtener apoyo internacional en su lucha contra lo que consideran un “Gobierno ilegítimo,  opresor y violador de los DDHH”.

La comunidad internacional, en concordancia con la polarización interna, se debate entre incrementar las sanciones o promover el diálogo, la paz y garantizar las decisiones que tomemos internamente. La mediación de Noruega – actor invitado a participar por las partes en conflicto- está oficialmente suspendida, aun cuando para otros espacios políticos  se encuentra definitivamente cancelada. Situación objeto de todo tipo de rumores y especulaciones catastróficas especialmente  en sectores radicalizados de oposición. Se afirma  “el fracaso de Barbados”,  se pronostica el recalentamiento de la conflictividad y el surgimiento de nuevos conflictos.  

Internacionalizados tanto el conflicto como la negociación,  el dialogo –en tanto víctima- transita por una suerte de calvario plagado de avatares, problemas,  vicisitudes, acusaciones y nuevos desacuerdos que obstaculizan “sin querer queriendo” su feliz término. 

A ello se añade el peloteo de la culpa entre los actores políticos,  con la consecuente   preocupación y el alto nivel de angustia en la población.

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