Según el último informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en nuestro país existen 6.8 millones de personas sufren por falta de alimentos, en otras palabras: pasan hambre. Es la miseria extendida por todo el país sin distingo de raza, ideologías, sexo o religión. Y este escenario, desgraciadamente, se profundizaría bajo las condiciones actuales.
Las fuerzas productivas están paralizadas. Los salarios son un mal nombre. Están ausentes las condiciones mínimas de salud, educación, trabajo, vivienda, seguridad y el respeto a los derechos humanos en general. Y, por si fuera poco, nuestro régimen político se sigue posicionando como la dictadura más cruel de la región.
Definitivamente, para superar esta mala hora se requiere avanzar más que tres frases esperanzadoras. Detener el desangramiento del país pasa por escucharnos, reconciliarnos y avanzar juntos. Ninguna fuerza aplastando a la otra generará prosperidad nacional. Aún más, ninguna sociedad moderna crece promoviendo la destrucción de sus miembros.
Se percibe un aire optimista que va construyendo —paulatinamente— un camino para el restablecimiento de las confianzas, pero es muy frágil y poroso. Ciertamente, levantar arreglos políticos para desembocar en unas elecciones limpias es una ruta delicada y sensible, pues, no todos quedarán satisfechos si son presidenciales, si son parlamentarias, con Maduro o sin Guaidó, y por ahí se desatan los demonios que condenan el mínimo acuerdo. No se avanza ni un milímetro en esa eterna discusión del “huevo o la gallina”, mientras más personas engrosan las cifras desesperantes del hambre y las penurias.
