Estamos en adviento, tiempo para fortalecer la esperanza. ¡Ya se acerca Navidad! Ya está a punto de llegar Jesús, el Libertador, la raíz y el impulso de nuestra esperanza. No son tiempos de claudicación, de pesimismo, de resignación, ¡Arriba los corazones! Son tiempos de creer, de esperar y de comprometerse. La desesperanza es falta de fe y falta de fortaleza que hunden al alma en el pesimismo y le roban las fuerzas para comprometerse en la construcción del futuro.
La esperanza, como expresaba Ernst Bloch impide la angustia y el desaliento, pone alas a la voluntad, se orienta hacia la vida. Sin esperanza, languidece el entusiasmo, se apagan las ganas de vivir y de luchar. La esperanza se opone con fuerza a la resignación y el acomodo, una deserción en la tarea de construir un país y un mundo mejores. Pero necesitamos educar la esperanza para superar la ingenuidad y la mera retórica y evitar que resbale en la desesperanza y la desesperación. Esperanza que implica humildad y creatividad para inventar nuevos caminos, para no esperar que otros nos resuelvan los problemas. Esperanza tenaz, que no se rinde, y cultiva el esfuerzo, la osadía, la innovación. Esperanza que se alimenta de los pequeños logros alcanzados, pero sigue trabajando con coraje y con paciencia, compartiendo los sufrimientos y luchas del pueblo. En palabras de Anatole France: “Nunca se da tanto como cuando se da esperanza”. Y no hay peor ladrón que el que roba los sueños.
En su última encíclica, “Todos somos hermanos”, el Papa Francisco afirma que la esperanza nos habla de “una sed, de una aspiración, de un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor… La esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna. Caminemos en esperanza”.
Jesús fue un creador incansable de esperanza. Toda su existencia consistió en contagiar a los demás la esperanza de un mundo justo y fraternal. Por ello, los que nos consideramos sus seguidores, debemos ser militantes de la esperanza. Una esperanza activa, que se convierte en compromiso y esfuerzo por cambiar a Venezuela y superar los gravísimos problemas que nos agobian. ¡Otra Venezuela es posible y vamos a lograrla!