En un artículo anterior, proponíamos que, ante la crisis que vivimos que está vaciando las escuelas de educadores y alumnos, los que optamos por quedarnos debíamos reavivar nuestro compromiso y convertir las escuelas en lugares de vida, de defensa de la vida y de convivencia solidaria. Y hablábamos de trabajar articuladamente para proporcionar a los niños al menos un plato de comida al día y que el tiempo escolar sea un tiempo grato y productivo. Junto a esto, quiero insistir en que debemos evitar toda conducta, palabra, norma o exigencia autoritaria o excluyente, e insistir en una pedagogía activa, creativa y alegre, que garantice los aprendizajes esenciales. Hay que volver al saber con sabor e insistir en el ejercicio continuo de las herramientas de aprendizaje que, con tecnologías o sin ellas, siguen siendo: la lectura personal y crítica; la escritura como medios de comunicación y de organizar las ideas; el pensamiento lógico, matemático y científico; la investigación y el trabajo en equipo; dejando de una vez esa educación transmisiva y caletrera que enseña a reproducir más que a producir, a repetir más que a crear e inventar. Hoy, no tiene sentido exigir la memorización de contenidos googleables. En consecuencia, la crisis debe llevarnos a revisar nuestra pedagogía, insistir en lo esencial y convertir la evaluación en un instrumento de ayuda.
La gravedad de la crisis ha llevado a Fe y Alegría a proponer que las escuelas sigan abiertas en vacaciones, haciendo esfuerzos, junto con las comunidades y organismos, para que los alumnos puedan comer algo en ellas y pasar un rato ameno y seguro, mediante actividades culturales y lúdicas, que los arranquen de la penosa situación que están viviendo.
Y como la crisis vino para quedarse, no podemos en el nuevo año escolar aumentar las preocupaciones o penurias de los alumnos y de sus familias con exigencias de uniformes, zapatos, o útiles escolares. Debemos recibir a los alumnos como vengan, e incluso irlos a buscar si no vienen, y utilizar la creatividad para garantizarles los útiles imprescindibles mediante el reciclaje de libros, papeles, cuadernos, creyones y lápices, apostando también por las compras colectivas, los préstamos y las donaciones. En este sentido, merece la pena apoyar la campaña solidaria “Un cuaderno para Fe y Alegría”, para que sus 118.000 alumnos comiencen las clases con los útiles escolares básicos.
Para suplir la ausencia de docentes, hay que detectar los recursos de las propias comunidades, reincorporando a jubilados, desempleados o personas bien formadas, que vivan cerca y así evitar problemas de transporte.
