Frases como esta: “El Congreso no controla Wall Street, es Wall Street quien controla el Congreso”; o esta: “Quiero un programa de sanidad para todos los hombres, mujeres y niños del país”; o esta: “Si usted va a Escandinavia, allí encontra
Frases como esta: “El Congreso no controla Wall Street, es Wall Street quien controla el Congreso”; o esta: “Quiero un programa de sanidad para todos los hombres, mujeres y niños del país”; o esta: “Si usted va a Escandinavia, allí encontrará que la gente tiene mucho mayor nivel de vida, en términos de educación, salud y empleos bien remunerados”; o esta: “Creo que Hillary Clinton tiene razón y que la gente está harta de oír hablar de sus malditos correos electrónicos”, explican, en parte, la popularidad de un socialista que pretende ser presidente de Estados Unidos desafiando la impronta del apellido Clinton y el “stablishment” del Partido Demócrata.
Hace unos meses la campaña del partido de Barack Obama parecía perderse en el aburrimiento, sin rivales que le hicieran sombra a Clinton. Pero Bernie Sanders, un veterano senador de Vermont, de 74 años, ha ascendido hasta el punto que hoy las aspiraciones de la exsecretaria de Estado de llegar a la Casa Blanca están de nuevo amenazadas, ahora por este autodenominado socialista democrático (a la europea).
Sanders tiene que aclarar en sus mítines qué es el socialismo, porque en Estados Unidos no entienden ese concepto, como lo entienden y practican en Europa, por ejemplo, países escandinavos como Noruega o Finlandia, cuyos modelos él admira; así como el canadiense. En su país, socialismo generalmente es sinónimo de comunismo a la cubana o la norcoreana.
Con este perfil, el además longevo, poco arreglado, gruñón e idealista aspirante presidencial puede considerarse el perfecto anticandidato. En contraste, cada vez es más popular, sobre todo entre los más jóvenes, y más especialmente entre los liberales.
Sanders ha llenado escenarios de hasta 20 mil personas. Caras juveniles han predominado entre un público que exige un cambio más profundo al emprendido por Obama. De hecho, mucho de sus seguidores forman parte del descontento latente hacia con el primer presidente afroamericano de EE UU.
Los caucus de Iowa (1 de febrero), que iniciaron la ruta de consultas internas para escoger al abanderado demócrata para las presidenciales de noviembre, ratificaron que Sanders puede disputarle la nominación a su contrincante, con todo y su poderío de relaciones y soporte económico. En aquella cita de asambleas de partido, el empate tuvo un sabor a victoria para Sanders. El golpe “psicológico” propinado a su rival pudiera contener efectos telúricos. . Y aunque en adelante la más pragmática y favorita Clinton puede que termine imponiéndose, como ha dicho el periodista Marc Bassets, Sanders “ya ha ganado”.
La candidatura de Hillary Clinton está de nuevo amenazada.
El senador engancha por su apasionamiento y la autenticidad de su mensaje, por lo demás, coherente en el tiempo, algo de lo que pocos políticos podrían pretender.
Él habla de los problemas cotidianos sin rodeos. Sanders es el arquitecto de un discurso alejado de los tecnicismos, aunque cercano a los sarcasmos. Suele llevar un cuaderno de notas amarillo que consulta en sus discursos.
“El atractivo de Sanders radica menos en su oratoria y en la búsqueda de un terreno común y más en la oportunidad que su campaña le ofrece a los demócratas desilusionados de ventilar su ira ante la lista de males de la nación que, según ellos, han sido ocasionados por las grandes corporaciones y sus aliados conservadores”, escribió Jason Horowitz en el New York Times.
Nadie hasta ahora ha dudado que el excarpintero, cineasta y escritor proveniente de una familia judía de clase baja predica con el ejemplo. En este sentido, no acepta que su campaña reciba dinero de las grandes corporaciones ni que los “lobbies” le toquen su puerta.
Una de sus banderas políticas ha sido la desigualdad de los ingresos económicos, tema, por cierto, clave entre los demócratas tras la crisis financiera que estalló en 2008. “Hay que decirle a los norteamericanos que Estados Unidos nos pertenece a todos, no solo a los ricos o a los que contribuyen en campañas”, ha dicho el político que pertenece a la comisión de Finanzas del Congreso.
Sanders ha provocado que en la campaña demócrata se discutan las adversidades que enfrenta la clase media y trabajadora. Para él es clave el aumento del salario mínimo a 15 dólares la hora. Constantes son sus ejemplos de las peripecias que el ciudadano estadounidense promedio tiene que hacer para salir adelante. El debate se desplaza cada vez más hacia la izquierda.
Los jóvenes más liberales se identifican con Sanders.
El progresista Sanders quiere aplicar un sistema de salud gratuito y un sistema universitario igualmente sin costos para los estudiantes. Para el financiamiento de estas políticas públicas, propone el aumento de los impuestos a los más ricos y a las transacciones en la Bolsa de Valores. De hecho, él es el primer candidato en solicitar el incremento de los impuestos desde la década de los 80. Por planteamientos como este, es que no es precisamente el favorito de los sectores económicos-financieros ¿La nacionalización de los medios de producción? No, Sanders no llega hasta allá. “Soy un social demócrata”.
Algunos podrían pensar que Sanders y Clinton tienen mucho en común. Y sí hay coincidencias, pero mientras el primero es partidario de un cambio radical, estructural, desde la A hasta la Z, revolucionario tomando en cuenta el contexto norteamericano, la segunda prefiere un cambio progresivo, sin estremecer el status quo.
En materia de inmigración, el senador respalda la regularización de los indocumentados, objetivo hasta ahora no alcanzado por Obama. No obstante, la propuesta del legislador en este sentido es ambiciosa y, para poder materializarla, no descarta legislar por decreto.
Sanders es hijo de un inmigrante polaco que a los 17 años, tras perder a su familia en el Holocausto, decidió buscar mejores oportunidades en EE UU, donde se dedicó a la venta de pinturas.
Entre sus propuestas, promete grandes proyectos de infraestructura que de acuerdo a sus cálculos generarían 10 millones de empleos. Defiende las armas de fuego, como los republicanos, algo que, por cierto, no comulga mucho con el progresismo, pero él viene de Vermont, donde el derecho a poseer y portar armas tiene su peso.
Prescindiría de las compañías privadas del negocio de las cárceles y mantendría a Estados Unidos lejos de las guerras. Para Sanders, su país no puede seguir siendo el policía del mundo, por lo que se inclina por una mayor colaboración con el mundo.
Sanders siempre ha sido un senador independiente, lo que le ha permitido votar en el Congreso sin ataduras, aunque inclinado al Partido Demócrata, al cual se afilió en el 2015, cuando lanzó su nombre para la carrera presidencial.
Con apenas 10 votos de diferencia, en 1981 se convirtió en alcalde de Burlington. Allí comenzó a apoyar proyectos de corte social. Durante su gestión, se registró un incremento en la construcción de viviendas más asequibles y de las medidas de protección ambiental. En 1990, fue elegido a la Cámara de Representantes. Tras 16 años allí, fue seleccionado para el Senado, donde cumple su segundo período.
El precandidato demócrata está casado con Jane O’meara (segunda esposa), expresidenta del Burlington College y tiene un hijo, Levi Sanders, y tres hijastros. Se siente muy orgulloso de sus siete nietos. Se graduó en la Universidad de Chicago, donde se licenció en ciencias políticas. Impartió clases en Harvard y luego en el Hamilton College.
Bernie Sanders, como en su momento Barack Obama, estimula los deseos de cambio, mueve masas. Él suma votos desde el descontento, pero ese que está desilusionado con el “stablishment” que no ha podido solucionar gran parte de los problemas y exige cambios más profundos, revolucionarios.
De nuevo a Hillary Clinton se enfrenta al fantasma de la derrota. Otro “outsider” podría alejarla definitivamente de la Casa Blanca.