AFP
El viento sopla a rachas y la nieve se va deshaciendo poco a poco a causa de la lluvia. ¡Bienvenidos a Islandia! Procedentes de Damasco, Jumaa y su familia viven ahora en seguridad, no muy lejos del círculo polar ártico. Con sus 330.000 habitantes, sus volcanes, sus glaciares y sus géiseres, Islandia es un destino poco común para los refugiados de la guerra de Siria. Sin embargo, desde 2015, 92 sirios, 21 de los cuales llegaron en enero, han encontrado en este país la tranquilidad y algo parecido a un futuro. Muchos de los que estaban exiliados en Líbano, donde subsistieron durante varios años, fueron orientados hacia esta tierra vikinga por la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR).
La mayoría se instaló en Reikiavik y sus alrededores, pero otros fueron recibidos en Akureiri, en el norte del país, a 70 kilómetros del círculo polar ártico. Es el caso de Jumaa Naser, su esposa y sus cinco hijos. El Estado financia su alquiler durante un año y les asigna un subsidio para los gastos diarios. La Cruz Roja se encarga de los cursos de cultura y de islandés. «La lengua es el principal obstáculo», reconoce Jumaa, de bigote bien definido, que se comunica con la ayuda de un intérprete. El crudo clima local es lo de menos.
«Somos capaces de adaptarnos a todas las condiciones aquí, ya sean fáciles o difíciles, podemos vivir con ello», afirma. «Solo la lengua es un poco complicada. Necesitamos tiempo antes de adaptarnos completamente». Los jóvenes sirios, incluyendo a Amjad, uno de los hijos de Jumaa, aprenden el idioma más rápidamente que sus padres. Hacer amigos y practicar deportes locales, como el fútbol, les ha ayudado a acomodarse a su nueva patria. «Me gusta Islandia porque es muy bonito y la gente es muy amable. Aquí, nos encanta la nieve, ¡en Siria no la veíamos muy a menudo!», cuenta antes de tirarse al blanco suelo y dibujar una estrella. Al otro lado de la isla, en un barrio residencial de la aglomeración de Reikiavik, viven Mustafá y Basma. En su apartamento de 50 m2, moderno, sobriamente decorado y a unos pasos del océano, la pareja disfruta con gratitud de la seguridad al fin encontrada, lejos del tumulto de Latakia, puerto mediterráneo de Siria del que son oriundos. «Tuvimos verdaderamente una bonita acogida», recuerda Mustafá Akra, de 30 años, con gafas de montura fina y gorra en la cabeza. «Los islandeses son amables, es bueno estar aquí. Por supuesto que algunos no son favorables a nuestra llegada pero son una minoría». Hostil a la inmigración, el Frente Nacional islandés, creado a principios de 2016 coincidiendo con las primeras llegadas de refugiados sirios, sigue siendo un movimiento marginal. Obtuvo el 0,2% de los votos en las elecciones legislativas de octubre. Según un sondeo de Amnistía Internacional realizado en septiembre, el 85,5% de los islandeses desea acoger a refugiados.
