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Muere el Major Oak, el roble más viejo de Europa tras más de mil años

El Major Oak, el roble monumental de Sherwood vinculado durante siglos a la leyenda de Robin Hood, murió tras superar el milenio de vida. Su desaparición…

Muere el Major Oak, el roble más viejo de Europa tras más de mil años

El Major Oak, el roble monumental de Sherwood vinculado durante siglos a la leyenda de Robin Hood, murió tras superar el milenio de vida. Su desaparición cierra la historia de uno de los árboles más emblemáticos de Europa y deja al descubierto la combinación de calor extremo, sequía, presión humana y alteraciones en su entorno.

El ejemplar, conocido como El Major Oak, fue descrito en 1790 por el militar retirado Hayman Rooke como una “majestuosa ruina”, cuando ya parecía tener cerca de mil años. Más de dos siglos después de aquel hallazgo, el árbol seguía en pie, pero este año no produjo una sola hoja.

Un colapso marcado por el calor y la sequía

Entre las causas de su deterioro, los especialistas destacan el calentamiento global como el factor que más aceleró la caída del árbol. En los últimos años, las olas de calor extremas y la sequía prolongada lo sometieron a un estrés constante, sobre todo después del verano de 2022, cuando Reino Unido superó por primera vez los 40 grados, según reportó la BBC.

La crisis también se relaciona con veranos cada vez más secos y abrasadores, una tendencia que ha dejado a los robles milenarios frente a un clima que cambia con una velocidad inédita. Como reflejó The Guardian, el árbol no logró resistir ese deterioro acumulado.

Los cuidadores del roble señalaron, además, que la falta de lluvia en los últimos cinco años y las temperaturas récord fueron factores decisivos en su colapso. El árbol estaba preparado para sobrevivir siglos, pero no para adaptarse tan rápido a una nueva realidad climática, como apuntó CNN.

La intervención humana también dejó huella

La historia del Major Oak no solo habla del clima. También expone cómo la intervención humana, incluso con la intención de conservar, puede alterar procesos naturales que se mantuvieron durante siglos. Para sostenerlo se instalaron cadenas metálicas, soportes, rellenos de hormigón y recubrimientos de plomo y fibra.

El problema es que los robles antiguos envejecen “hacia dentro”: dejan caer ramas, reducen su tamaño y concentran sus recursos en la parte que sigue viva. Forzarlo a conservar su gran estructura hizo que continuara enviando agua a ramas que ya debía haber sacrificado. Ese esfuerzo terminó desgastando su sistema vital y debilitándolo desde adentro, un fenómeno que The Telegraph relacionó con la presión de los visitantes.

Raíces dañadas y suelo compactado

Los análisis subterráneos mostraron un panorama grave: raíces empobrecidas, asfixiadas y casi desconectadas de su entorno. Décadas de turismo masivo, con unas 350.000 visitas al año, compactaron el suelo hasta volverlo menos fértil y menos vivo. A eso se sumaron antiguos cambios en la capa freática por la minería, que agravaron todavía más la situación.

Durante los últimos tres inviernos se intentó airear y regenerar el terreno para devolverle vida microbiana. Al principio hubo señales esperanzadoras, pero ya era demasiado tarde. El árbol apenas brotó el año pasado y este año simplemente no despertó.

Un símbolo de una extinción silenciosa

La muerte del Major Oak no solo representa la pérdida de un árbol famoso. Para el Woodland Trust, este tipo de ejemplares se está perdiendo en silencio porque no cuenta con protección legal específica y no recibe el valor que merece. La organización advirtió que se perderá un árbol como este cada año.

La situación afecta a los árboles monumentales, que desaparecen por abandono, desarrollo urbano, turismo, enfermedades y, además, por el impacto de un clima extremo. Son organismos casi irrepetibles, comparados con frecuencia con “rinocerontes blancos” de los bosques británicos: tardan siglos en formarse y pueden desaparecer en apenas una década.

La muerte que sigue dando vida

Aun muerto, el Major Oak seguirá teniendo un papel ecológico. Su madera muerta continúa siendo un ecosistema esencial para insectos, hongos, aves y cientos de especies que dependen de ese hábitat en alguna etapa de su ciclo vital.

De hecho, un cuarto de todas las especies forestales necesita madera muerta para sobrevivir. Incluso sin hojas, el árbol mantiene un valor biológico irreemplazable y deja una advertencia clara: si un coloso de mil años ha caído, muchos otros podrían estar siguiendo el mismo camino.

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