Una investigación internacional junto a de Outlaw Ocean Project concluye que la acuicultura, concebida para aliviar la presión sobre el mar, terminó apoyándose en peces capturados en libertad para alimentar su propia expansión. El impacto, según el reportaje, alcanza a África occidental y acaba también en Canarias.
La paradoja de criar peces con peces salvajes
El trabajo parte de datos que muestran que el consumo mundial de pescado se ha duplicado con creces en los últimos 60 años y que aproximadamente un tercio de las poblaciones pesqueras se explota a niveles insostenibles. En ese escenario, la acuicultura pasó a presentarse como una solución.
Pero su crecimiento ha traído otra dependencia: buena parte de la producción de especies carnívoras, como el salmón, la trucha o la lubina, utiliza piensos que contienen harina y aceite hechos a partir de peces capturados en libertad. En algunas explotaciones, un salmón puede consumir el equivalente a entre dos y cinco veces su peso en pescado salvaje, y algunos superan incluso seis veces esa cifra.
La investigación afirma que ha cartografiado más de 1.400 fábricas de harina de pescado repartidas por 64 países y más de 2.400 barcos vinculados a su abastecimiento. También identificó al menos 165 arrastreros de fondo y señaló que menos del 30% de las flotas examinadas publicaban información sobre su ubicación.

La ruta africana y el salto hacia Canarias
Uno de los efectos más graves, según el reportaje, se concentra frente a las costas de Mauritania, Senegal y Gambia, donde grandes flotas capturan sardinas, sardinelas y otros peces pequeños destinados a fábricas de harina. Esas especies sostienen la alimentación de millones de personas y el trabajo de comunidades pesqueras artesanales.
La expansión industrial ha coincidido con un desplome de las poblaciones de sardinela redonda hasta mínimos históricos, según la investigación. Parte de ese pescado termina convertido en pienso para alimentar salmones y gambas comercializados a miles de kilómetros.
El reportaje añade que muchos pescadores senegaleses han perdido su sustento y terminan usando sus propias embarcaciones para intentar alcanzar las islas Canarias. En septiembre de 2024, una de esas travesías acabó con el naufragio de una embarcación que transportaba alrededor de un centenar de migrantes y dejó decenas de muertos.
Cheikhou Omar, un pescador de 21 años que sobrevivió agarrado durante horas a los restos del barco, dijo a los periodistas: “Somos pescadores, pero aquí ya no quedan peces”. Según el reportaje, la relación entre el agotamiento de los caladeros y la migración hacia Canarias resulta especialmente amarga, porque las mismas embarcaciones que antes alimentaban a las familias se usan ahora para intentar llegar a Europa.
En ese contexto, la investigación también describe abusos laborales, contaminación y conflictos sociales en esta cadena de suministro, que conecta barcos industriales, fábricas, piscifactorías, distribuidores y grandes superficies. La industria, por su parte, sostiene que reduce la proporción de ingredientes marinos en los piensos, aunque la demanda total sigue alta.


