Débora Soares, de 41 años, pasó su infancia dentro del mayor manicomio de Brasil, donde su madre trabajaba como auxiliar de enfermería y su padre era portero. Su niñez transcurrió en un gran complejo hospitalario al que asistía también a la guardería y que formó parte de su vida cotidiana durante años.
Con el paso del tiempo, la mujer convivió de cerca con los internos del lugar. Cuando acompañaba a sus padres, los veía, hablaba con algunos de ellos y hasta llegaba a reconocerlos por su nombre. Esa cercanía, sin embargo, no le impidió presenciar escenas que hoy describe como parte de un entorno marcado por el horror.
“Vi algunas escenas… Pacientes desnudos, gritos, mal olor. Pero entonces no comprendía la dimensión de aquello porque me crié allí, ¿entiende?”, recordó Débora en su primera entrevista con un medio extranjero. Sus palabras retratan el contraste entre la normalidad con la que vivió de niña y la crudeza de lo que ocurría dentro de aquel centro.
La mujer también contó que algunos empleados del hospital hablaban de ella a sus espaldas, porque muchos conocían el gran secreto que ella descubriría ya entrada en la adultez. Ese hallazgo, según relató, terminó de darle sentido a una historia familiar y personal atravesada por el silencio y por años de convivencia con una realidad que, en su momento, no alcanzaba a dimensionar.
