Las separaciones entre naciones se levantan en silencio en diversos rincones del mundo, restringiendo el libre tránsito en procura de mayor seguridad. Vallas de hierro, coronadas de espuelas, son el material preferido en vez de concreto armado.
Robert Arapé
“Cuando Donald Trump dijo que construiría un muro fronterizo frente a México se refería lógicamente a un cambio de material de construcción porque desde hace dos décadas existe dicho muro —declara con ironía Carlos Lazo, vocero estadounidense de la Oficina de Aduana y Protección de Fronteras—. El muro está a la vista pero no como un gesto expreso de odio hacia un país vecino sino como un recurso de seguridad territorial”.
Si bien no es una estructura de concreto armado, sí es una inmensa valla de mil 200 kilómetros a lo largo de tres mil kilómetros de línea fronteriza entre ambos países, incluyendo barreras de contención de acero y concreto, sensores de alta sensibilidad, iluminación infrarroja, sobrevuelo constante de drones, cámaras fijas, alcabalas en centros de circulación, más 21 mil agentes al frente de flotas de camionetas y helicópteros; una guillotina que eluden más de 12 mil individuos al año, aunque sus cuchillas le han cortado la vida a más de 10 mil personas en el curso de dos décadas. Este plan denominado Operación Guardián, a un costo de 46 mil millones de dólares, fue ideado paradójicamente por el presidente del ala demócrata Bill Clinton, quien estaba preocupado por la inmigración ilegal que llevaba a Estados Unidos incuantificables cargamentos de drogas.
“Sin el cuestionamiento de un derecho de soberanía —interviene Roberto Garner, internacionalista experto en migraciones—, Europa levanta obstáculos en el camino de los millones de inmigrantes que parten de Siria, huyendo del terror sembrado por el Estado Islámico en Oriente Medio. En el trayecto, se encuentran con una frontera infranqueable en el horizonte de Grecia al terminar de pasar por Turquía y, si todavía tienen fuerzas para continuar a la intemperie de los balcanes, dado que el camino a Macedonia está cerrado, nada pueden hacer ante el cerco a prueba de todo levantado en el paisaje húngaro frente a Austria, antes de imaginar siquiera seguir hacia suelo alemán. Sin escándalo mediático, los muros están ahí y por eso los sirios se lanzan al mar Mediterráneo en busca de otras rutas”.
Alemania, cuyo famoso muro construido en la ciudad de Berlín simbolizó por casi tres décadas la polarización del orbe durante la Guerra Fría, no volvió al error del pasado de reforzar el territorio; tampoco se abrogó la exclusividad del destino de los millones de apátridas y distribuyó cuotas de inmigrantes entre los países aliados. Pero no desaprobó los kilómetros de vallas, coronadas en espuelas de hierro, tan indestructibles, baratas y fáciles de armar que se prescindió del concreto, asegurando que los planes inmigratorios de la canciller Angela Merker se llevasen a cabo con perfecto registro de las identidades de cada miembro de las caravanas de familias sirias en un éxodo de dimensiones bíblicas.
España marcó la pauta a seguir desde 1996. “Ceuta, una comunidad española asentada en el continente africano, hoy está separada de la comunidad marroquí de Melilla por una valla de seis metros de altura, con un tendido intermedio de tres metros, a lo largo de 8,5 kilómetros de línea limítrofe, deteniendo así la entrada masiva e ilegal de ciudadanos africanos —explica Máximo Montiel, venezolano que, desde la madre patria, coordina un blog de asistencia a inmigrantes suramericanos—. Ya no es noticia que en las púas de esa valla queden ensartados quienes se atreven a saltarla”.
Irak, patria de Isis, se ha convertido en una amenaza para la seguridad de las naciones de los hijos de Mahoma. Arabia Saudita, patria de las ciudades sagradas del Islam como La Meca y Medina, centros de peregrinación de los musulmanes, además de la tierra del oro negro fluyendo en el subsuelo como nunca corrió el agua en los oasis de espejismos, comenzó hace un año la construcción de un muro de concreto de casi mil kilómetros en la frontera con el desierto iraquí, a un costo de 400 millones de “petroeuros”, y monitoreado por tecnología de punta y a su vez bordeado por una zanja.
“Kuwait, tras la invasión iraquí ordenada por Saddam Hussein, llevó a cabo la recomendación de la Organización de las Naciones Unidas e instaló, hace 20 años, una cerca electrificada de 190 kilómetros, extendiéndose a 217 kilómetros más de paredes de concreto debido al surgimiento de los peligros terroristas iraquíes”, puntualiza Omar El Souki, empresario kuwaití radicado en Venezuela, quien considera que “aislando al enemigo, los países también se aíslan porque al restringir el paso de la población se perjudica el desarrollo”, tal como ocurre en la inestable frontera entre India y Pakistán, resguardada según los criterios de Nueva Delhi a través de 2 mil 900 kilómetros de tendido eléctrico con el propósito de resguardarse de la potencia nuclear vecina, pero empobreciendo a la población de ambos países al desaparecer el intercambio.
Innumerables conflictos entre pueblos hermanos han terminado en muros que aún se mantienen en pie. Belfast, capital de Irlanda del Norte, está territorialmente dividida en dos, desde hace 50 años, por las diferencias políticas entre católicos y protestantes, quienes han encontrado la paz en la misma medida en que el muro, un interminable lienzo urbano de grafitis que sirve también de pared de fondo de construcciones pública, se extiende en el paisaje de una ciudad de violento fervor religioso.
Israel y Cisjordania están más divididos que nunca y la tensión no hace más que crecer en la región. Meilin Galvin, analista del conflicto desde la óptica palestina, expone la coyuntura: “Hace 14 años, Benjamin Netanyahu no dudó en comenzar la construcción de una gran barrera, conformada por vallas, alambradas, zanjas y placas de cementos, alcanzando ocho metro de altitud y que organizaciones no gubernamentales han denunciado como un método de apropiación ilegal de las tierras en que habitaron antiguos patriarcas en común y donde se encuentran necesarias reservas de aguas, además de nuestros templos de peregrinación”.
Demagogo, Donald Trump no dijo nada nuevo porque en Latinoamérica también sobran las paredes divisorias. Las favelas en Brasil están cercadas con el propósito de que la miseria no desborde las comunidades aledañas; el escritor Héctor Sanjinez expone que en Lima, Perú, “existe un muro de 10 kilómetros, rematado en alambres de púas, que impide desde hace décadas que los distritos pobres observen hacia el único distrito millonario, protegiendo así sus pertenencias”.
La gran muralla China, desde hace dos mil cien años cumple idéntico propósito en un recorrido de cuatro mil kilómetros, convirtiéndose en Patrimonio de la Humanidad como una reliquia de la historia para enfrentar sin armas al enemigo. No en vano el papa Francisco reflexiona que “deben construirse puentes en vez de muros”; en lugar de muros de vergüenza construidos con ladrillos de miedo deben construirse puentes de lazos humanos.