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Bertha Cáceres, muerte selva adentro

Bertha Cáceres, Chico Mendes o Sabino Romero, todos ambientalistas y defensores de los derechos territoriales de los indígenas. Todos también con una trágica huella en común: asesinados por nunca bajar la guardia.

Así como Cáceres, Mendes y Romero, otros cientos de ambientalistas han sido asesinados en la región en los últimos años. La defensa del desarrollo sustentable se ha convertido en una de las actividades más peligrosas del mundo. Selva adentro, la sangre deja su rastro.

Un informe reciente de la ONG Global Witness (con sede en Londres y Washington) dice que solo en Honduras 109 activistas del ambiente y tierra fueron asesinados entre 2010 y 2015. Y son números conservadores porque “muchos casos no llegan a la luz pública”. La coordinadora del Comité de Familiares de Detenidos del país centroamericano ubica la cifra en 118 víctimas fatales en la última década. En Brasil, solo en 2014 murieron 20 ambientalistas, y 477 desde 2002.  En Colombia, el 2014 cerró con 25 silenciados.  Este cuadro, con mayor o menor gravedad, se repite por México, Costa Rica, Filipinas, Tailandia, Camboya, Uganda, Indonesia, India, Maynmar o Suráfrica. América Latina, Asia y África son las regiones más afectadas. 

“Hay defensores del medio ambiente que son asesinados a tiros a plena luz del día, secuestrados, amenazados o juzgados por terrorismo por su oposición a lo que se conoce como desarrollo”, ha alertado Billy Kyte, encargado de campañas de Global Witness.

El caso de Bertha Cáceres, en Honduras, ha estremecido al mundo. Ella se había convertido en una de las ambientalistas más conocidas y seguidas del planeta. Cáceres fue la ganadora del Premio Goldman de Medio Ambiente de 2015, conocido también como el Nobel verde. 

La activista de la comunidad indígena lenca fue asesinada la madrugada del 3 de marzo,  mientras dormía en su casa ubicada en La Esperanza, en el oeste del país. Aquel día, los verdugos entraron a la fuerza en su vivienda y le dispararon. 

Desafortunadamente, el homicidio de Cáceres no ha sido el último. El pasado martes, Nelson García, colega y amigo de Cáceres fue asesinado. Dos pistoleros le dispararon cuando llegaba a su casa, a unos 200 kilómetros de Tegucigalpa. Las autoridades dijeron que se trata de un hecho aislado. Poco antes, García había ayudado a recoger enseres domésticos de indígenas que la policía desalojó de tierras en las que se llegaron a instalar. 

La heroína logró notoriedad global por detener en 2013 a la constructora de represas más grande del mundo, la estatal china Sinohydro y al Banco Mundial. Cáceres organizó a su comunidad lenca para impedir que la represa Agua Zarca fuera levantada en el río Gualcarque, sagrado para las comunidades indígenas hondureñas. Su lucha y la de los suyos consiguieron frenar el proyecto que había sido aprobado en 2006.

Las autoridades declararon al principio que el motivo del asesinato había sido el robo. Pero la madre de Cáceres saltó advirtiendo que “todos sabemos que fue por su lucha”. El presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, ha dicho que el crimen debe ser investigado y que los responsables puestos a la orden de la justicia. Sin embargo, en la sociedad hondureña existe el temor que el crimen, como tantos otros con connotaciones políticas, se pierda poco a poco en el olvido. 

Los temores están también presentes en la comunidad internacional. Razones existen de sobra, al menos dudas razonables. Desde la ONU, pasando por el Parlamento Europeo, Parlasur, activistas y varias ONG han exigido el esclarecimiento de lo acontecido.    Para Elio Ríos, de la Fundación Amigos del Bosque, los casos como el de Cáceres son reflejo de “la violencia que emprende el desarrollismo contra el ambientalismo”. Para el promotor de los valores ecológicos, existen intereses capitales que por defender sus proyectos están dispuestos a sacar del camino a sus críticos. 

En el trabajo de la ONG Global Witness se puede leer que un 40% de los activistas asesinados son indígenas y las principales causas de muerte fueron la industria hidroeléctrica, la minería y la agroindustria.  “Los verdaderos autores de estos crímenes, una poderosa trama de intereses empresariales y gubernamentales, disfrutan de total impunidad”.

 Alfredo Borges, desde la Fundación Ambientalista Internacional, coincide con el informe de la ONG y refuerza la idea de que “los poderosos influyen en gobiernos y sistemas de justicia para ampararse en el muro de la falta de justicia”. 

Cáceres formó parte de la etnia lenca, la más grande de Honduras, con unas 400 mil almas, un pueblo milenario que se considera custodio de la naturaleza, de la tierra y del agua. De acuerdo con las tradiciones lenca, en los ríos habitan los espíritus femeninos y las mujeres son, en consecuencia, las principales centinelas.

“Cuando iniciamos la lucha contra Agua Zarca yo sabía lo duro que sería, pero sabía que íbamos a triunfar, me lo dijo el río”, le expresó Cáceres a la BBC Mundo, hace ya casi un año.

Su madre, Bertha Flores, ha relatado que su hija desde muy pequeña la acompañaba a atender a los salvadoreños que escapaban de la guerra y se refugiaban del lado hondureño. Desde la escuela fue una dirigente estudiantil de excelentes calificaciones. Al cumplir la mayoría de edad, se involucró de lleno en la organización de su etnia.

Así, como un bloque, los lencas se fueron haciendo más fuertes, de la mano de Bertha Cáceres, quien se casó y tuvo cuatro hijos. 

Una de sus primeras conquistas relevantes llegó en 1993, cuando logró que las autoridades le dieran estatus de municipio a la comunidad indígena de San Francisco de Opacala. Dos años después, la defensa del medio ambiente se convirtió en una de sus banderas, pues varios empresarios de Honduras comenzaron a impulsar la construcción de represas para generar energía hidroeléctrica. 

Elio Ríos apunta que los ambientalistas no están en contra de este tipo de energía, aunque encaminan sus esfuerzos para que se hagan y respeten los estudios de impacto ambiental para asegurar la protección de la naturaleza y el ser humano. 

Otra batalla se abrió para Cáceres en el 2000, cuando llegó la fiebre de la minería, que como se sabe amenaza la fragilidad de los ríos. 

Entre lucha y lucha, llegó entonces el gran reto de la represa de Agua Zarca, que finalmente fue detenido en 2013 tras masivas manifestaciones en las que, por cierto, murió el activista Tomás García.

Hoy, apesar que el proyecto de Agua Zarca se encuentra paralizado, la amenaza sobre el río Gualcarque sigue latente porque la construcción de otra represa sigue su curso. 

Los cuatro hijos de Cáceres advirtieron recientemente que no se van a doblegar en ningún momento y continuarán con el legado que su madre les dejó en este mundo. También dijeron que trabajarán día y noche para que las mineras abandonen Honduras. 

Bertha Cáceres, una mártir de la resistencia indígena, dejó un legado imborrable. Su madre lo resume diciendo que “la entregué a la Madre Tierra para que abone con su semilla de lucha nuestra vida y la naturaleza”.

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