Trump es el fantasma del decadente supremacismo blanco. Biden solo se conforma con no ser Trump. Y en el medio, un electorado saturado de intolerancia y polarización. La terrorífica decoración de Halloween nunca antes ambientó mejor el clim
Trump es el fantasma del decadente supremacismo blanco. Biden solo se conforma con no ser Trump. Y en el medio, un electorado saturado de intolerancia y polarización.
La terrorífica decoración de Halloween nunca antes ambientó mejor el clima electoral norteamericano: una población marcadamente polarizada, un electorado sensible y agotado (pandemia + crisis racial y económica) y una inédita intolerancia al adversario ideológico.
¡De contarse y no creerse! La civilizadas campañas gringas, el impoluto respeto a las instituciones y a la democracia como valor supremo, se han visto estremecidos.
El presidente y candidato a la reelección, el siempre muy polémico Donald Trump, ha hecho de los medios su principal contendor y, debido su incurable incontinencia de «trinos», su pésimo manejo de la peor pandemia que haya sufrido la humanidad y particularmente EE UU (es la nación desarrollada con los peores índices: 9 millones y pico de contagiados y más de 200 mil fallecidos), su terrible acercamiento al desafortunado incidente que ocasionó la muerte de un ciudadano negro a manos (o bajo la rodilla) de un oficial de la policía, y al consecuente desboronamiento de las cifras económicas que eran, hasta febrero del 2020, su mejor carta para aspirar a cuatro años más de gobierno, atraviesa por una pesadilla política que podría culminar en una derrota.
Trump se acerca a una elección que espantaría a cualquier aspirante. Tiene todo en contra (empezando por la historia que amenaza, no solo con no absolverlo, sino condenarlo), y casi nada a favor, más que esa masa de conciudadanos (y por increible que parezca, de algunos inmigrantes) que hicieron suyas todas sus muy políticamente incorrectas expresiones (u omisiones). El presidente en su desesperación (para darle una explicación creíble) ha llegado a insinuar que unos resultados adversos podrían ser interpretados como fraude, ha cargado contra el respetado servicio postal de su país y ha acusado a su oponente de ser «lacayo» de los chinos.
Trump ha apostado a una campaña de concentraciones públicas masivas.
Cuenta, además con un «colectivo» de fanáticos blancos y armados, con muchas horas de Rambo encima, al que pidió estar atento para defenderlo.
Trump, para fervor de una preocupante secta de blancos supremacistas, ha denigrado de los latinos, de los inmigrantes en líneas generales. No mostró ninguna empatía por la injusticia racial ni por el extendido movimiento Black Lives Matters. Él, tan «casto» en su vida personal, se ha promocionado como un hombre al que el aborto le resulta incómodo (¿?), Al que la religión, y sus extremistas, le resultan unos aliados novedosísimos, tan novedosos que son los únicos creyentes que pese a los divorcios y escándalos del mandatario, a sus sonados «affairs», sus públicas y evidentes manifestaciones de desprecio al «prójimo» le resbalan. Son esos creyentes en una religión diferente, una en la que solo los blancos hombres (de sexo masculino, no en el incorrecto uso que el término pretende dársele para incluir a la especie toda) son iguales ante su Dios racista (que es rubio y no semita, como la historia indica).
Es este candidato que desprecia a los aliados estratégicos de la Casa Blanca; que juega a la guerra con China; que envidia el poder, y el uso que de él hace, su contraparte ruso, Vladimir Putin; que censura, se incomoda y se querella con la prensa; que llama anciano y «dormilón» a su contrincante demócrata; que es incapaz de citar el coronavirus por otro nombre diferente al del «virus chino» ; padre de la diva Ivanka y esposo de la esquiva Melania; un personaje odiado por Hollywood pero amado por esa llanura americanos, que como la misma industria cultural les ha hecho creer, piensan que el mundo comienza y termina en (Norte) América, esa insólita caricatura que parece sacada de un guión de Los Simpsons (¿o acaso si fue?), quien batalla contra sí mismo este terrorífico martes posthalloween.
Biden en cambio, no es Trump. Esa es su principal carta de presentación en una contienda electoral en la que, como nunca antes en la historia contemporánea de EE UU, los odios y las pasiones se encuentran desatadas.
El exvicepresidente de Barack Obama no intenta hacer mucho en la campaña. Su estrategia (sabía si se quiere) es dejar que su histriónico oponente se equivoque todo lo posible. No tiene incluso que prometerle nada a su electorado, a éste poco le importa, se conforma solo con que no sea como el encopetado republicano.
Biden se ha mostrado sereno, ecuánime, educado y ya con eso tiene para dejar claras las distancias.
El expresidente Barack Obama hace campaña por Joe Biden.
Heridos por sus propias divisiones internas, los demócratas parecen haber entendido que más allá de sus diferencias el enemigo es Trump, y aprendieron de las pasadas elecciones el error de subestimarlo. A Biden lo han apoyado Obama y Hillary, pero también el más liberal y popular precandidato, Bernie Sanders. Además toda esa crema y nata de la academia de Hollywood, todos los grandes ejes urbanos, en especial la mítica Nueva York, dónde más se siente el desprecio por el imperio Trump.
El candidato demócrata ha tenido que hacer poco y eso le sobra para que las encuestas le señalen como claro favorito, pero los triunfalismo nunca resultan buenos, menos ante el complejo sistema electoral de EEUU.
Las calaveras, espantos, fantasmas y el miedo prometen extenderse en esta prolongación del Halloween en la que se han convertido las elecciones norteamericanas. Porque bien se sabe que en política no hay muertos, pero también que el temor colectivo está más que justificado.