En los comicios generales del 24 de septiembre, Alemania parece esperar un déjà vu con la posible reelección de Angela Merkel como canciller federal, con lo cual podría igualar los 16 años ejercidos por Helmut Kohl al frente del Gobierno.
Si los presagios de las firmas encuestadoras se cumplen, la Dama de Hierro germana asumiría su cuarto mandato consecutivo, pese al incremento del descontento popular y de las críticas a su gestión.
Aun cuando el líder del Partido Socialdemócrata (SPD), Martin Schulz, asegura que todavía es posible la victoria de su formación, diversos analistas consideran que este libra una batalla perdida. La historia del expresidente del Parlamento Europeo atrae a las clases humildes.
Hijo de un policía, tras abandonar su carrera como futbolista por una lesión en la rodilla y luego de enfrentar problemas de alcoholismo, comenzó a trabajar en una librería y en 1994 llegó a ser electo como eurodiputado por el SPD, donde comenzó a militar a los 19 años, en 1974.
En un inicio, su nombramiento como candidato para conquistar el cargo de canciller federal en los venideros comicios impulsó un crecimiento del apoyo a esa formación, que representó una amenaza real para las aspiraciones de Merkel.
Su cargo al frente del aparato legislativo del bloque comunitario lo alejó durante años de la política nacional lo cual, según observadores, tiene un efecto positivo entre algunos votantes y negativo para otros. Schulz escapa a las críticas por fallas de la administración que enfrentan los funcionarios de casa, pero por otro lado es responsabilizado por un mal manejo de la crisis griega, la salida del Reino Unido del grupo de los 28 y la grave situación migratoria en Europa.
Entre la clase obrera se le reprocha al SPD el impulso de algunas medidas contrarias a sus intereses, lo cual atenta contra las posibilidades de su representante.
Aunque Schulz centró su programa en la lucha contra la desigualdad y por la justicia social, es cuestionado por prestar menor atención a otros problemas que preocupan a la mayoría, como el terrorismo y la inseguridad. Las primeras encuestas mostraban diferencias de unos 10 puntos porcentuales a favor de Merkel, pero la distancia se amplió a partir del único debate televisado de la campaña, donde Schulz no logró superar a la líder de la CDU.
Nacida en Hamburgo en 1954 y física de formación, la política de 63 años ya cumple tres mandatos a la cabeza del órgano federal supremo de Alemania, pese a numerosas críticas por su acercamiento a la extrema derecha, la implementación de fuertes medidas de austeridad y sus intentos por imponerlas en otros Estados de la región.
Tras su elección como canciller federal en 2005 lideró varias coaliciones, la más reciente formada en 2013 junto a la Unión Social Cristiana de Baviera (CSU)y al propio SPD, que es ahora su más cercano rival para las próximas elecciones.
Las promesas de alcanzar el pleno empleo para 2025 y la continuidad de la buena salud de la economía nacional, centraron su primer discurso de la campaña electoral de este año.
El programa de la dupla CDU-CSU también contiene atractivas iniciativas como el incremento del subsidio por cada hijo y para la compra de viviendas.
Además, plantean una reducción de 15 mil millones de euros del impuesto sobre la renta y abogan por el aumento del presupuesto para educación e investigación en 3,5 por ciento hacia 2025, así como la elevación en dos por ciento de los fondos para la defensa.
Impulsan un reforzamiento de la seguridad en las fronteras y el incremento de las expulsiones de migrantes irregulares que no cumplan las normativas para solicitar asilo, aun cuando supuestamente rechazan establecer límites para la cifra de refugiados, como parte de una falsa política de puertas abiertas.
La coalición aspira además a fortalecer el papel de Alemania dentro de la Unión Europea y como «ancla de la estabilidad en el mundo», ratifica a Francia como el principal aliado de este país, y a Estados Unidos como un socio fundamental, pese a las discrepancias con Donald Trump.
Los contrarios a la actual administración rechazan su política neoliberal y armamentista, los recortes de las pensiones, los bajos salarios y el descuido de temas medioambientales, entre otros.
Además de la gestión de los asuntos internos, representantes de izquierda le critican a la dirigente su posición contra países latinoamericanos como Venezuela, y el desconocimiento de las decisiones respaldadas por el pueblo de esa nación.
Para algunos políticos, la reelección de Merkel significaría que Alemania se encuentra en un punto muerto, donde nada o muy poco cambiará.
Un reciente estudio de la firma Infratest señaló que la popularidad de la canciller federal disminuyó 10 puntos en agosto, aunque la CDU continúa dominando la intención de voto.
Según la encuesta, el índice de personas satisfechas con la gestión de Merkel descendió a 59 puntos porcentuales y la aceptación del gobierno decreció a 45 por ciento, en tanto el descontento aumentó a 15.
Por su parte, Schulz también presentó un negativo resultado pues obtuvo cifras inferiores a análisis precedentes y contaba solo con 33 por ciento de aceptación, 26 puntos menos que Merkel.
De acuerdo con el semanario Der Spiegel, pese a la disminución de su popularidad y la imposibilidad de la CDU de gobernar en solitario, la única manera de que la canciller salga del puesto es que cometa un error político colosal, lo cual se considera muy poco probable.
Una de las preocupaciones de los movimientos sociales es un mayor giro de Alemania a la derecha debido a la pérdida de puntos del Partido de Izquierda (Die Linke), el cual quedaría con nueve por ciento de intención de voto, en tanto la ultraconservadora Alternativa para Alemania ascendería a 12.
Si esos índices no varían, la nueva derecha desplazará a Die Linke como la mayor bancada opositora del Parlamento. Sahra Wagenknecht, diputada de Die Linke, llamó a la unidad en las filas de su organización, dividida entre la búsqueda de alianzas y la defensa de sus principios como agrupación.
Wagenknecht atacó fuertemente al SPD y afirmó que su partido solo lo apoyará si abandona los métodos neoliberales y se propone finalmente realizar un verdadero y profundo cambio político.
Con este panorama de fondo, la decisión final la tendrán los ciudadanos, quienes votarán dos veces, una para elegir a un candidato local y otra, a un partido, como parte de un sistema electoral que combina la representación directa con la proporcional.
Así, cerca de la mitad de los escaños del Parlamento Federal (Bundestag) se destina a los 299 representantes de las circunscripciones y los puestos restantes se asignan de acuerdo con el porcentaje alcanzado por las fuerzas que superen el umbral del cinco por ciento.
Tras la conformación de una coalición, proceso que puede demorar un mes, el presidente de Alemania, un cargo representativo, designa al canciller, quien normalmente es el líder de la organización más votada y finalmente el Bundestag confirma esa nominación de manera secreta.
Luego de una campaña con pocas emociones, según la opinión pública, los expertos advierten que la formación de gobierno será complicada y alertan sobre las muchas posibilidades de alianzas, así como acerca del poder de los indecisos, quienes representan el 25 por ciento de alrededor de 61 millones de electores.