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Análisis. ¿Por qué ya no soy Charlie?

Ricardo López/ Especial París

“La prueba de que Europa es cristina: los cristianos caminan sobre las aguas y los niños musulmanes se hunden”. El texto va acompañado por una imagen de Jesucristo caminando sobre las aguas mientras, a su lado, se ven los pies de un niño naufragando. La caricatura le ha dado la vuelta al mundo. Su autor es nada menos que Laurent Sourisseau, alias Riss, el nuevo director de Charlie Hebdo, el semanario satírico francés que se convirtió en el blanco de los ataques terroristas reivindicados por el integrismo islámico en enero de 2015.

 

 

La ola mundial de indignación ha sido también producida por otra caricatura en la que se retrata la clara imagen de Aylan Kurdi, el niño refugiado sirio encontrado ahogado en una playa de Turquía a principios de septiembre de 2015. Al fondo, un cielo azul y una publicidad de McDonald’s: “Dos menús infantiles por el precio de uno”. El título de la imagen: “Tan cerca de la meta…”. El autor se ha defendido con un tuit muy viral, cuyo mensaje, “la caricatura de prensa para los ‘dummies”, muestra una fotografía en la que se explican los símbolos del dibujo; así, según el creador, McDonald’s representa la ostentación de las sociedades consumistas occidentales; el cielo azul indica que “todo va bien” en Europa; el niño se dibuja en una playa sin colores para denunciar justamente el drama de los inmigrantes.

Pese a las explicaciones, miles de reacciones provenientes de lectores y periodistas dejan ver un malestar y un repudio que contrastan con aquellos sentimientos de solidaridad tras los atentados de principios de año, cuando más de un millón y medio de personas abarrotaron las calles de París y desfilaron hacia la plaza de la República en la llamada “marcha republicana”.

 

Tras los asesinatos de las once víctimas de Charlie Hebdo, la alerta de vigilancia en Francia se ha elevado a su nivel más alto. Los medios tradicionales de comunicación reprodujeron en su momento, sin parar, las versiones de los hechos, contaron las historias de los periodistas muertos, de sus acompañantes, de sus familias, de sus vidas truncadas para siempre. Las redes sociales, como era de esperar, se encendieron. El “yo soy Charlie”, tuit del grafista y periodista Joachim Roncin, se convirtió en el eslogan por excelencia de la tragedia y en el lema unificador de un sentimiento de repudio y solidaridad.

Hay que recordar que Charlie Hebdo había sido hasta el día de los atentados un semanario de escasa difusión, fundado en 1970 y especializado en reportajes de investigación y en caricaturizar temas relacionados con la religión, la extrema derecha, la política y la cultura. La sátira y el irrespeto podrían considerarse las palabras clave de la publicación. En febrero de 2006, el semanario publicó una serie de caricaturas sobre Mahoma. En una de ellas se retrataba al fundador del islam llevándose las manos a la cabeza y diciendo: “Es duro ser querido por idiotas”. Si bien el dibujo pretendía hacer alusión solo a los integristas islámicos, la comunidad musulmana de Francia expresó su rechazo y demandó al semanario por injurias. Al cabo de un año, la justicia francesa archivó el caso sin más discusiones. Pero buena parte de los musulmanes franceses mantuvieron su posición de protesta.

El ataque al semanario Charlie Hebdo de enero de 2015 podría leerse como una represalia por un periodismo nada concesivo con las religiones en general. Las caricaturas alusivas al Papa han sido numerosas y tan provocadoras como cualquier otra. Pero Francia es una república laica. Toda alusión religiosa está prohibida en el sistema escolar, salvo en las instituciones privadas que confiesan su afiliación, sea cristiana o islámica. La religión es un tema tratado con tanta libertad como cualquier otro en una nación que se considera heredera del cartesianismo, las ideas, la razón y las luces. En el caso particular de Charlie Hebdo, no existen tabúes para una prensa autodenominada satírica. No todos, sin embargo, piensan de la misma manera, aun en la Francia de hoy, miembro de una Unión Europea enfrentada al drama de los millones de desplazados por las guerras del Medio Oriente, en su mayoría de nacionalidad siria, como el pequeño Aylan, símbolo de una descomunal tragedia humana. La presencia árabe en Francia se remonta al siglo VII, si bien los conflictos bélicos del siglo XX y la guerra de Argelia desencadenaron una inmigración masiva.

 

Hoy, los musulmanes franceses integran la tercera y hasta la cuarta generación de sus antepasados, los primeros en instalarse. Constituyen una comunidad integrada, estable, que vive su religión y que ha contribuido al bienestar del país, compuesta por unas seis millones de personas, de las que un tercio declara practicar la religión musulmana. No obstante, el panorama se muestra pesimista, al menos para miles de franceses que ven en la inmigración árabe y africana la fuente de males profundos como la delincuencia y el desempleo.

Los temores ocasionados por la actual crisis financiera, cuyo final es incierto, y los sentimientos xenófobos propiciados por la extrema derecha indican que la idea de una Francia y una Europa islamizadas y decadentes, al borde de una posible guerra civil, no es descabellada. Los ataques al semanario Charlie Hebdo pudieron despertar un sentimiento de hostilidad hacia el islamismo francés, pero más bien generaron un sentimiento de defensa por la libertad de expresión. No obstante, algunos se preguntan por qué ya no todos somos Charlie. Caricaturizar el drama de los refugiados sirios puede situarse en el otro extremo de la burla a la religión. Los ideales republicanos franceses de “libertad, igualdad, fraternidad”, considerados por muchos el adorno de un discurso irreal, no bastan para justificar la ausencia de límites de una prensa plural y libre de verdad.

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