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Vigorexia: adictos al ejercicio

Horas y horas de entrenamiento no son suficientes para quienes ven sus cuerpos enclenques, a pesar de las opiniones diferentes de las personas de sus entornos. La psiquiatría mantiene bajo la mira a la sociedad de consumo que idolatra al cu

 

Horas y horas de entrenamiento no son suficientes para quienes ven sus cuerpos enclenques, a pesar de las opiniones diferentes de las personas de sus entornos. La psiquiatría mantiene bajo la mira a la sociedad de consumo que idolatra al cuerpo. Los hombres también lo consideran un arma para el triunfo social.

La depurada percepción de la psiquiatría moderna, estudiosa de las conductas del individuo en una sociedad de costumbres globalizadas, acuñó recientemente un nuevo término que se pasea de boca en boca por los especialistas de las actitudes humanas: la vigorexia.

Es una patología que padecen principalmente los hombres entre 18 y 35 años, con una adicción irrefrenable por la actividad física, a un grado que al verse al espejo siempre están insatisfechos aunque logren una musculatura más perfeccionada al resto de la población masculina global.

“El deseo por aumentar la masa muscular los esclaviza hora tras hora al levantamiento de pesas, convirtiendo al gimnasio en una segunda casa -explica Alberto Modrego, doctor de medicina del deporte-. Reducen también las grasas y carbohidratos al mínimo, sin consentir una sola ruptura con este régimen alimenticio, al cual complementan con proteínas”.

Luego de mirarse al espejo, aunque sus novias les confiesen que poseen un cuerpo que haría morir de envidia al mismo Hércules, se deciden a tomar esteroides anabolizantes y otros químicos experimentales con tal de mejorar una apariencia física enclenque sólo a los ojos del vigoréxico.

“Uno le dedica más tiempo a las máquinas cuando se comienzan las rutinas y se obtienen los resultados esperados -dice Guillermo Soto, aficionado al ejercicio físico para hacerse un futuro en el modelaje-. El problema creo que consiste en abandonar otras actividades como dormir y comer para irse al gimnasio.”

 

Al banquillo

Tal distorsión de la autoevaluación propia sólo podría nacer en una sociedad que rinde tributo al cuerpo, como un dios capaz de bendecir con la fama, la fortuna, las relaciones sociales y las aventuras eróticas.

“Debemos reconocer que esta época se ha caracterizado por hacer de la imagen personal un arma para conquistar cualquier meta, desde un buen empleo hasta las miradas de las mujeres”, expresa Ramiro Gutiérrez, gerente administrativo de una franquicia de comida rápida.

Es esa sociedad que apenas atravesó por los dramas de la anorexia, otra preocupación psiquiátrica, por las cuales las jóvenes intentaban hasta por medios mortales reducir el peso hasta mostrar una apariencia desgarbada, propia de las grandes modelos.

Términos similares utilizó el psiquiatra Harrison G. Pope del Hospital McLean, en Belmont, Estados Unidos, al describir en detalle el desorden emocional de los hombres que intentan, a toda costa, amoldar la figura a la imagen proyectada por los reyes de la fotografía y la pasarela.

Los vigoréxicos más eficientes logran sus propósitos, no sin grandes sacrificios, al final del cual ni el fisicoculturista más arriesgado puede comparársele. 

“Cuando un joven desea realizar un régimen de entrenamiento, se exige un certificado de salud y se dialoga para conocer cuál es el interés que persigue y cómo lograr esos objetivos equilibrándolo con la resistencia física -señala Elena Uzcátegui, entrenadora aeróbica de Gym&Span-. Siempre recordamos que lo importante es fortalecer la salud. Y ese es el espejo necesario para verse perfecto”.

 

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