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Las fantasías que mueven acciones y relatos históricos

Muchas decisiones humanas nacen de una idea imaginada antes que de la realidad. Cuando esas fantasías pertenecen a personas sin poder, suelen quedar en…

Las fantasías que mueven acciones y relatos históricos

Muchas decisiones humanas nacen de una idea imaginada antes que de la realidad. Cuando esas fantasías pertenecen a personas sin poder, suelen quedar en simples deseos; pero cuando se cruzan con influencia, propaganda o circunstancias favorables, pueden terminar marcando épocas enteras.

De Hitler a los Juegos Olímpicos de 1936

La historia de Adolf Hitler suele citarse como un ejemplo extremo de esa mezcla entre fantasía y poder. Su padre, Alois Schicklgruber, nació fuera de matrimonio con una mujer de servicio llamada María Schiklgruber. Más adelante, adoptado por un señor Hiedler y transformado por un notario analfabeta en Hitler, el apellido terminó ligado a una de las figuras más temidas de Europa entre 1933 y 1945.

Entre sus ideas, una de las más reiteradas fue la de la raza superior aria, un concepto que debía mostrarse de forma pública. Para ello se organizaron los Juegos Olímpicos de 1936, pensados como una vitrina para ese ideal. Sin embargo, el resultado fue otro: el atleta estadounidense Jesse Owens ganó las pruebas de 100 y 200 metros, además de otras competencias de pista, y consiguió cuatro medallas de oro. La cita olímpica terminó convirtiéndose en una celebración para Estados Unidos y en un golpe para aquella pretensión ideológica.

También el llamado discóbolo, símbolo del evento, pasó por una historia particular. Aunque Hitler se había encaprichado con él, la pieza volvió luego a manos del príncipe romano Lancellotti, quien había denunciado una venta forzada. Hoy se encuentra en el Palazzo Massimo, propiedad del Museo de Arte en Roma.

Promesas, deseos y desengaños

La fantasía también aparece en relatos religiosos y populares. A un soldado del ejército de Tariq Ibn Ziyad, que peleó hacia el año 711 d.C. contra los ejércitos del rey Rodrigo en la península, le habrían prometido el paraíso y 72 huríes si moría en combate. En la anécdota, el guerrero cae atravesado por una espada ibérica y, al regresar indignado del más allá, reclama que no encontró 72 huríes, sino una sola mujer de 72 años.

La idea central es que destruir la fantasía ajena puede ser una experiencia brutal. Lo mismo ocurre cuando una expectativa sobre la juventud, la belleza o la edad choca con reglas impuestas desde afuera.

La edad y las imposiciones sobre el cuerpo

En la moda, una reconocida dueña de una casa neoyorquina afirmó en los años 2020 que las mujeres de más de 40 años no deberían llevar el cabello largo, usar minifalda, vestir vaqueros ni intentar parecer más jóvenes, porque eso las haría lucir sin clase. La reacción fue inmediata y fuerte.

El rechazo se entiende por la presión que muchas mujeres enfrentan al llegar a los 40 o 50 años. Algunas han sido desplazadas en el trabajo o en lo afectivo y, aun así, siguen alimentando fantasías íntimas sobre cambios físicos y una nueva oportunidad para verse jóvenes. Cuando esas expectativas chocan con mandatos rígidos, el conflicto se hace evidente.

Entre la imaginación y la realidad

La vida pública también está llena de escenificaciones donde la fantasía pesa más que la coherencia. Basta observar cómo un alto funcionario del gobierno, o del desgobierno, termina discutiendo, planificando y ejecutando unas elecciones que no le interesan junto con un dirigente opositor que tuvo que exiliarse.

La imaginación, por tanto, no siempre es inocente. A veces impulsa aspiraciones, otras veces justifica abusos y, en ocasiones, acaba convertida en un instrumento de poder. En ese terreno se mueven también las polémicas alrededor de José Saramago, quien fue excomulgado y vio su libro El Evangelio según Jesucristo calificado de blasfemo, sin que deje de quedar asociado a una obra literaria que provocó fuerte incomodidad en sectores conservadores.

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