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Ella fue Agatha Christie: La Duquesa de la Muerte

​Agatha Christie siempre sorprendió al mundo. Ha sido una de las escritoras más leídas del planeta, con más de 400 millones de ejemplares suyos vendidos en más de 50 lenguas.

Agatha  se enloquecía con las llamadas tartas de manzana ahogadas entre crema fresca. Amaba también las manzanas y de creer en la leyenda, las comía en su bañera mientras imaginaba los crímenes más retorcidos.

 

La señora Christie ha sido una de las escritoras más leídas del mundo y, por lo tanto, una de las más ricas del planeta, pero su existencia era de una perfecta simplicidad, sin excentricidad ni signos exteriores de riqueza.

Con una excepción: adoraba las mansiones, a tal punto, que poseía una decena. Sin embargo, no las habitaba, se contentaba con comprarlas para revenderlas tan pronto como las hubiera decorado, lo cual consistía principalmente en pintarlas de malva _su color preferido y el color de la esquizofrenia_.

Agatha, la dama, hubiera cumplido cien años en 1990 (fecha de la publicación de este artículo en nuestra revista FACETAS), pero a fuera de leerla y releerla uno casi no se acuerda de que ella murió un día de enero de 1976, el 12 más exactamente.

Agatha era la última de tres niños de una pareja de arrendatarios. Nació bajo la doble influencia de la rígida moral de la reina Victoria y de la severa vigilancia de su madre. Esta circunstancia basta para explicar por qué ella siempre tuvo un sentido agudo de lo que era correcto y lo que no era.

En sus novelas futuras se asesinará, ciertamente sin la mejor piedad, pero siempre evitará salpicar de sangre los tapices de fina lana y manchar la porcelana de té de las cinco en punto.

EL MAL Y EL MIEDO ENTRARON EN SU VIDA

Su infancia fue más bien poco inquietante. Transcurrió en los grandes jardines de Torquay, entre partidos de croquet y bádminton rodeada de afectuosas abuelas que tejían sacos todo el tiempo. Se leían novelas para la juventud como Los cuatro hijos del doctor March de Lewis Carroll.

Los primeros años de Agatha Mary Clarissa Miller tuvieron una tonalidad sepia y la apariencia tranquilizadora de los álbumes familiares hojeados en la quietud de un atardecer bucólico. Tímida y solitaria, la niñita soñaba. Pero aunque la creían sumergida en un dulce sueño, en realidad ella estaba obsesionada  por el espectro de un gunman, un hombre con fusil que se deslizaba a menudo en su sueño para amenazarla con su arma.

¿Por qué? Tal vez algún secreto inconfesable que su inocencia había  hecho florecer sin que pudiera comprender nada. Sea lo que fuere, el mal y el miedo entraron en su vida aun cuando su joven existencia no pareciera turbada.

Agatha amaba a los muchachos grandes y delgados que venían con frecuencia, precisamente pasó por su puerta el bello Archibald Christie; ella tenía 21 años, se casó, y no tuvo tiempo de felicitarse cuando ya se había divorciado. Conservó su nombre y guardó con ella a Roselind, la hija nacida de su unión. A los pocos días del parto se dio cuenta de que Archie amaba a otra.

 

Ese fue el único evento espectacular de una biografía muy poco fértil en peripecias. En 1916 después de una apuesta con su hermana que la puso en el desafío de escribir una novela policíaca ella firmó El misterioso asunto de los bolígrafos.

Cinco editores rechazaron el manuscrito antes de que un sexto aceptara por fin publicarlo en 1920 con muy poco éxito; Inglaterra ignoró el nacimiento de su más ilustre escritora policíaca después de Conan Doyle.

Inadvertencia mucho más imperdonable porque su héroe era ya Hércules Poirot, un belga. ¿Y por qué belga? Simplemente porque con ganas de ser original, Agatha se acordó en el momento de tomar la pluma, de una colonia de refugiados belgas que se había instalado cerca de su casa durante la guerra.

“El debía ser meticuloso ­_contaba la señora Christie acordándose del origen de su personaje_. Yo lo veía simplemente como un pequeño hombre de rostro enrojecido que amaba las cosas por pares, las cuadradas mucho más que las redondas. El hacía trabajar sus pequeñas células grises…”.

¿Cuál era el método de deducción de Poirot? Dejemos que él mismo explique: “Veamos. Un hecho lleva a otro y así continuamos. ¿El anterior se ajusta al siguiente? Ah maravilloso! Podemos continuar. ¿Y este otro detalle? Cómo es de extraño! Falta un eslabón en la cadena. Pasemos revista a los hechos y agreguemos este detalle, el eslabón que faltaba. El detalle es importante, tal vez primordial!!!. Elemental, verdaderamente y de aterradora eficacia.

EL AMOR LLAMÓ DE NUEVO A SU PUERTA

 

Sin dejarse desalentar por la indiferencia con que su primer libro fue acogido, Agatha Christie persevera. ¿Por gusto? De ninguna manera; porque tenía necesidad de dinero para evitar que la casa de su infancia fuera vendida.

La celebridad sobrevendría, cuando en 1926, ella entregó a uno de sus editores El asesinato de Roger Ackroyd. Su publicación desató una tormenta de indignación entre los escritores de investigación  porque en esa época se practicaba el juego limpio: un novelista debía darle a su lector todas las oportunidades de encontrar al culpable al mismo tiempo que al héroe. Y como en Ackroyd el narrador del libro es el asesino, esto es perfectamente insoportable.

Pero Agatha no hace caso del griterío. A esa le siguieron 67 novelas policíacas (entre las cuales están Diez negritos, ABC contra Poirot, Muerto sobre el Nilo). Treinta colecciones de novelas y una veintena de piezas de teatro, de las cuales El adivino o el mago será uno de los éxitos más fabulosos de la escena británica. Agatha no dejará de conectar las intrigas cada vez más maquiavélicas con una impresionante regularidad: terminaba una novela en menos de seis semanas.

Después de su divorcio, Agatha había encontrado un equilibrio. Pero un día, en Mesopotamia, conoció a Max Mallowan, arqueólogo distinguido, 15 años menos que ella. El quedó locamente enamorado y le pidió su mano, pero ella dudó cuando él le propuso:  “¿Usted no quiere vivir con un hombre que pasa todo el tiempo desenterrando cadáveres?” Después de unos minutos, ella le dio el sí con estas palabras: “Pero si yo adoro los cadáveres!”

Y se casaron, Agatha no tardó en darse cuenta de las ventajas que tiene un arqueólogo como esposo. “Es la única clase de hombre _confesaría_ que la mira cada vez con mayor interés a medida que usted envejece”.

Hacia 1930 ella había soñado con hacer morir a Poirot porque creía que había tomado demasiado lugar en su obra. Y escribió: “Poirot deja la escena”, pero después cambió de parecer.

En el fondo este Hércules era su gallina de los huevos de oro y de cierta manera, su doble. Encerró esa novela en un cofre y solo la publicó en el otoño de 1975. Tres meses más tarde, Lady Agatha, la Duquesa de la muerte se extinguió a la edad de 86 años.

 

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Domingo 13 de enero de 1991

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