Que no había pasaje. Que si era muy caro volar a otro continente. Que si España quedaba lejos. Mil razones recibieron los miembros del Orfeón de la Universidad Central de Venezuela, en 1976. Los habían invitado al Festival de Canto Coral en Barcelona, España. Volaron, en una negra y tormentosa noche, hacia la muerte, bajo la “luna negra, de los bandoleros”, a la que le cantó Federico García Lorca.
No caben suposiciones. Salvo en ficción, el tiempo no ha podido ser devuelto. La madrugada del 3 de septiembre de 1976, en las cabeceras de la Base Aérea Lajes, en Terceira, islas Azores, el Hércules C-130, siglas FAV7772, condujo a la muerte a sus 68 ocupantes: 52 miembros del orfeón de la UCV, 11 militares y cinco acompañantes.
El último proyecto que montó el coro fue la Canción del jinete, musicalización del poema del andaluz García Lorca. “Caballito negro/ ¿dónde llevas tu jinete muerto?”, preguntaban los versos, en el contraluz de la polifonía.
Iban a cantarlo en Cataluña. Antes, debían transitar el desierto del drama eterno en Venezuela: una organización cultural, de una universidad autónoma, trabaja con las uñas. No tenían 300 mil bolívares de 1976: 66.666,66 dólares. Una fortuna con forma de número diabólico. Una extraña cábala.
El presidente Carlos Andrés Pérez recibió a Pastor Heydra, líder de la Federación de Centros Universitarios (FCU) de la UCV. Hablaron, en Miraflores, sobre el viaje del orfeón. No se llegó a nada.
A nada cómodo, pese a que el Estado era propietario de Venezolana Internacional de Aviación, (Viasa). Se decidió, para los embajadores del bel canto, el uso de un transporte militar.
“Un avión fabricado para el transporte de tropas y carga”, explica el experto en investigación de accidentes aéreos, general de brigada (r) Félix García Zambrano. “Una aeronave de reciente adquisición (1973), que estaba en excelentes condiciones”, explicó.
Dos tripulaciones completas de la Fuerza Aérea Venezolana (FAV) viajaban. “El informe del accidente no estaba tan completo como yo pensaba”, recuerda García Zambrano. Una duda que también prendió del alma de los dolientes. “Nunca hubo un informe oficial”, se repite entre ellos, aún hoy.
De Caracas habían salido, con la energía de la juventud, con la emoción que tenían algunos, que nunca habían volado, que nunca habían traspasado las fronteras. Muchachos del interior, que estudiaban en la ‘Central’, que volvían de la capital al pueblo (y viceversa) en autobús.
Es el Orfeón Universitario de la UCV la organización de canto coral activa más antigua del país. Antonio Estévez la fundó en 1943, todavía en el Palacio de las Academias. Después, en la ciudadela de Los Chaguaramos, hicieron suya el Aula Magna, bajo las ‘Nubes’ de Calder.
En 1962, cinco de sus exintegrantes, ya egresados, se unieron en uno de los productos musicales inolvidables de Venezuela. El Quinteto Contrapunto mezcló, inédita e irrepetiblemente, la música popular criolla con el bel canto. Tuvo respaldo nacional.
Ahora, esa pantalla prometía ser mundial. Tenían cómo. Ya habían ido a Centroamérica. No hacían sino brillar. Volaban en el ave de acero, de cincuenta metros de largo. Dos tormentas, Emmy y Frances, se disputaban el control del Atlántico norte. Habían salido de Maiquetía, ripostaron en Maracay y se comieron el Caribe: llegaron a las islas Bermudas, cargaron combustible y volvieron a levantar el vuelo.
“Jaca negra, luna grande /y aceitunas en mi alforja./ Aunque sepa los caminos /yo nunca llegaré a Córdoba”, escribió Lorca. En el vuelo, los orfeonistas ensayaban. García Zambrano ilustra que iban sentados “en asientos ‘rusicos’ de malla, para el transporte de tropas”.
“Tenían suficiente combustible para llegar a Europa, partiendo de las Bahamas. Pero, cuando hay una tormenta, es posible que aumente el gasto, por los vientos de ‘nariz’ que crean resistencia”, ilustra el experto.
La base aérea de Lajes tenía 22 años en funcionamiento. Se dijeron muchas versiones. Una, que en la torre de control debía estar un técnico que hablara inglés, y no estaba. Su lugar lo ocupaba un soldado que solo hablaba portugués.
“El piloto intentó aterrizar. El protocolo dicta que debes intentarlo tres veces. Si no puedes, debes volar a otro punto. El capitán Manuel Aureliano Vásquez Ocanto, jefe de la tripulación, fue mi superior en la FAV. Un hombre con gran preparación”, rememora Zambrano. Llevaba a su esposa
El avión se partió y estalló cuando chocó con las rocas volcánicas que forman Terceira, la ovalada isla, en el medio del archipiélago.
La primera noticia llegó desde la embajada de Venezuela en Lisboa, con tono crudo. “Murieron todos los que iban en el avión”, informó el primer comunicado.
Los versos andaluces resonaron en Terceira, en clave de truenos: “La noche espolea/sus negros ijares/clavándose estrellas./Caballito frío./¡Qué perfume de flor de cuchillo!”
El cuatro de septiembre, el presidente Carlos Andrés Pérez inauguraba, en Maracaibo, la Universidad Rafael Urdaneta. “Quiero enviar mi palabra de condolencia a todas las universidades, a los jóvenes estudiantes, a los familiares de quienes perecieron en esta tragedia”, pronunció, antes del acto de apertura, de coincidencia académica.
A Lajes voló una comisión de investigación. “La integran el general de brigada Raúl Ramón Morales, inspector general de la FAV, y dos oficiales superiores”, informó el ministro de la Defensa, vicealmirante Alfonso Mendoza .
La FAV perdió 11 hombres, entre oficiales y suboficiales que trabajarían durante el largo vuelo. El Hércules, alcanzaba velocidades de 541 kilómetros por hora, más lentas que las de los aviones a reacción.
El 7 de septiembre hacían el triste viaje inverso. Los ataúdes fueron embarcados en otro Hércules C-130, prestado por la aviación norteamericana. Para el recibimiento en Maiquetía, se organizó un orfeón de emergencia, que encabezó su fundador, Antonio Estévez. El director, Vinicio Adames, había muerto en la tragedia.
Bajo el sol del trópico los recibió el himno de la ‘Central’. “Empujadas el alma y la vida/ en mensaje de marcha triunfal/esta casa que enciende en las sombras/con su lumbre de fiel claridad/ hoy se pone su traje de moza/ y se adorna con brisa de mar”. Los sollozos, interrumpían, cada tanto, la interpretación.
En marzo de 1977, el Orfeón volvió a cantar, en el Aula Magna. Aspiraron 800 ucevistas a formar el nuevo coro. En escena, 80 voces cantaron, en el corazón de Caracas, al Lorca que no llegó a sonar en Barcelona: “En la luna negra/ ¡un grito! y el cuerno/largo de la hoguera./Caballito negro/¿Dónde llevas tu jinete muerto?”
En 1983 fue decretado como Patrimonio Artístico de la Nación, siete años después de haber resurgido de las cenizas, como el fénix.