Experiencia Panorama

Conoce la vida amorosa de Fidel Castro

Cuando leyó La condición humana, de André Malraux, una de sus novelas favoritas, Fidel Alejandro Castro Ruz comprendió que el amor es, en el fondo, un desafío de largo aliento, semejante a los muchos que iría s uperando a lo largo de su vida como político.

Fidel entendió que el amor es una pasión insondable, pero que, en su caso particular, tenía que corresponder a otra emoción mucho más grande, la que de verdad roía su alma, como era su proyecto socialista de transformación. En 1955, mientras superaba el trago amargo del divorcio con su primera esposa, Mirta Díaz-Balart, escribiría: “¿Cómo convencerla, Dios mío, que esa revolución era lo único que yo tenía para darle?”. Jamás encontró respuesta.

“Mi nombre es tu sangre”. El escritor Norberto Fuentes, autor de La autobiografía de Fidel Castro. I. El paraíso de los otros, inicia, con tal epígrafe, el capítulo titulado La cesta de mis serpientes. Si algún corolario se desprende del magistral texto de quien fue amigo y confidente del dirigente, es que la traición rondó siempre su vida. Solo en el campo de amor encontraría alguna tregua. Las mujeres le fueron fieles y leales, siempre, según admite.

La universidad de La Habana, llamada por él y sus compañeros La séptima provincia (Cuba tenía solo seis), resultó el primer escenario para el estudiante de leyes con porte de galán de cine. 

“En esa época andábamos con traje. Nada de mangas de camisa. Tampoco guayaberas…”. Los trajes “anatómicos y fotométricos” de la sastrería El Sol, de La Habana, imponían el estilo. Así comenzó a “flechar” a sus primeros amores.

Previo, una confesión de Fidel a Fuentes: “Si no sabré yo la cantidad de ilusiones que la gente pone en su pasado”. Con mucho celo intentó siempre preservar su vida íntima, la de sus cuatro mujeres más prominentes y la de los nueve hijos que, de manera oficial, se le reconocen. Con todas ellas, detalló, fue “ tímido, aunque se me reconocía como un caballero…”.

Se casó, en 1948, con Mirta, estudiante de filosofía. “Tenía unos expresivos ojos redondos y era altiva y sutil, de un modo tan fragoroso, como solo saben serlo las blancas cubanas. Y la intensidad de su atractivo aumentaba al hallarme en una personita tan desvalida, tan desolada, una hojita del otoño moviéndose al capricho del viento…Descendiente de una familia de batistianos y a punto de contraer matrimonio con el futuro líder de la revolución comunista…”.

La luna de miel, en Miami y Nueva York, duró tres meses, gracias a los 10.000 pesos que le regalara a Fidel su papá. El 1 de septiembre de 1949 nació Fidel Castro Díaz, quien durante un tiempo llevó el seudónimo de José Raúl Fernández.

Después evaluaría la ruptura: “Nos vencieron dos abstracciones: A ella, la incredulidad: a mí, la incapacidad de disuadirla”. 

Pero fue Celia Sánchez, la guerrillera que combatió con él en la Sierra Maestra, a quien definió como su principal lugarteniente, quien ocupó un rol primordial en el mito que la historia construiría. Fue ella quien le enseñó “a pensar con sabiduría e intuición”, la que le organizó importantes agendas combativas, la musa de su quehacer revolucionario. En todo momento de sus memorias ella aparece, predominante.

“Pero en La Plata Alta las ventanas tenían persianas de madera y una mujer dormía a mi lado. Celia Sánchez…Ella era más vieja y, de alguna manera, más sabia que yo, para las cosas mundanas, para el trato social…Tete Casuso era hermosa y sofisticada. Celia era callada y fanática..Impresionaba por su dulzura, y yo la dejaba hacer, y era servicial…Estaba convencida de las conveniencias de nuestro pacto extramatrimonial”, perfilaría el comandante a su compañera.

No fue sino hasta que Celia falleció, cuando Fidel reconoce vida marital con Dalia Soto del Valle, con quien ha procreado a sus últimos cinco vástagos. Todos ellos criados como secretos muy bien guardados. Asuntos de Estado, a final de cuentas.

“Aguanté el matrimonio hasta después del fallecimiento de Celia Sánchez, que era la máxima heroína de la revolución y que me acompañó durante casi toda la campaña de la Sierra Maestra. Y devino por su propio peso en el símbolo femenino a mi lado, durante las dos primeras décadas del proceso”, contó Castro a Fuentes, quien, desde el exilio, construyó su versión biográfica. Como narró, a Oliver Stone, en El comandante: “Celia fue grande”.

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