Alberto Finol solo escucha la voz de uno de los clientes fijos y de inmediato lo reconoce sin que le diga su nombre, se sabe a la perfección la dirección de la residencia. Sin soltar el teléfono, radea un taxi disponible en la zona. Repite varias veces las típicas frases: ¿Quién me cubre para 5 de Julio?, ¿5 de Julio, voluntaria?, ¿Quién me da el tiempo para 5 de Julio?… 5 de Julio, 5 de Julio, hasta que consigue la unidad. — Ya va para allá— le dice Alberto por el teléfono al cliente, mientras que por el mismo radio, en otra frecuencia, le explica la dirección exacta al taxista.
Así transcurre la jornada de trabajo del protagonista de esta historia, entre llamadas y llamadas, el oficio del centralista de una línea de taxi, una labor que amerita destreza, agilidad y mucha retentiva. Además de un conocimiento increíble de cada rincón de Maracaibo. Cada calle, avenida, barrios y sectores de la ciudad; no hay ninguno en donde Alberto no sepa moverse “como pez en el agua”.
Veinte años le ha dedicado al oficio de centralista, es una especie de GPS ambulante o mapa cartográfico de Maracaibo. Jamás usa Google Maps o le pregunta a un cliente cómo llegar a la dirección, a dos décadas, él no se lo permite. “Está prohibido para mí”, dice.
Su oficina es una cubículo de 2 x 2 con un escritorio en el que suenan 13 teléfonos; tres fijos y los demás son celulares de las distintas líneas. Sobre el mesón de madera enchapada también hay dos radios transmisores, un reloj y un cuaderno de rayas repleto de servicios de taxi. en el están escritos cada lugar donde fue pedido un carro.
Pasa seis horas sentado en la silla de plástico. Contesta un teléfono, lo suelta, agarra el otro, habla por radio y así se pasan las horas. “A veces hay días que no me levanto para tomar agua, ni para ir al baño. Prefiero que me traigan el café hasta el escritorio para no moverme. A la gente no le gusta esperar y se cansan de llamar si no atiendes. Entendí con el tiempo que de mi trabajo dependía el de los taxistas: si no hay ‘carreritas’ ellos no ganan dinero y por ende no pueden llevar comida para su casa, por eso me esmero en atender todas las llamadas que pueda”, comenta en su sitio de trabajo.
Habla entre códigos que ya forman parte de su hablar habitual. Explica que “guaramito” es un joven y “guaremoto” es un adulto mayor.
“Los taxistas tenemos nuestro propio lenguaje lo que resulta muy beneficiosos porque se puede decir cosas que los demás que están escuchando no podrán entender, como por ejemplo, alertar que el conductor está en peligro. Para no confundirse con tantas claves, hay que tener mucha practica. No todas las líneas de taxi usan los mismos códigos”, revela “Finolito”, como le dicen de cariño sus compañeros.
En las llamadas “horas pico”, Alberto Finol no para de atender el teléfono. Explica que de 7:00am a 8:00am y de 6:00pm a 7:00pm son las horas en que más piden taxis. “Generalmente a esa hora, los cliente salen y entran al trabajo o a clases”.
El trabajo de centralista le apasiona a Alberto, no se cansa, ni lo ve como rutinario. “Me dicen que soy como el profesor del ‘centralismo’ porque enseño, según los treinta años de experiencia, lo que se debe y lo que no hacer. Cuando se trabaja con atención al cliente hay que ser muy cordial y respetuoso”.
Considera el oficio como entretenido, aunque dice que en ocasiones es estresante. Sobre todo los fines de semana. Viernes y sábado, son los días con mayor número de clientes en la línea de Taxi Mara Tour, donde trabaja desde el primero de mayo. “Los viernes y sábados después de las 3:00pm hay muchas llamadas, a pesar de la situación económica del país, las personas piden demasiados taxis”, comenta. Un centralista se tiene prohibido a sí mismo no estar pendiente de la ruta del taxista desde que embarca al cliente hasta que lo deja en su destino.
“El operador siempre debe estar atento a las señales de emergencia de un taxista, cuando un conductor avisa que está en situación de riesgo porque embarcó a una persona sospechosa, se le debe hacer seguimiento hasta que esté fuera de peligro. Hay que llamar e ir monitoreándolo”, dice. La entrevista se torna triste, cuando Alberto recuerda la noche que tuvo que notificar a sus compañeros por el radio transmisor la muerte de un conductor.
“Uno de los choferes se reportó, como de costumbre, al salir a trabajar en la mañana, pero en el resto del día no se reportó más. Nunca regresó tampoco a la central, la familia lo comenzó a buscar hasta que nos enteramos que lo asesinaron para robarle el carro en El Varillal, debí dar la mala noticia por el radio”, recordó. Como perro que entrena su olfato para detectar la droga, Alberto ha afilado su oído con el tiempo y puede reconocer las voces de sus clientes fijos.
“Depende de la hora en la que me llame el cliente ya sé si está en el trabajo o en su casa. Si reconozco la voz, los saludo por su nombre y les envío el taxi de inmediato”, cuenta. Sin embargo, el centralista dice que en pocas ocasiones cometen un error y el cliente se molesta. “Hay dos clientes árabes que hablan casi igual y me confunden. En una ocasión les envié los taxis al revés y se molestaron”, comenta entre risas.
Antes de trabajar como centralista, Alberto Final manejó durante siete años un taxi. “El carro no era mío, estaba alquilado y cuando el dueño vendió el carro me quedé sin empleo, necesitaba trabajar urgente porque tenía la responsabilidad económica de mi hogar y en ese momento me ofrecieron el trabajo como centralista y lo acepté, desde entonces han transcurrido veinte años más”, dice mientras rememora.
“El centralista debe ser chofer primero, tiene que haber estado en las calles recorriéndolas y haber aprendido direcciones con los clientes. Se domina mejor el oficio cuando antes se fue taxista”. Alberto trabaja de día y de noche. Las guardias nocturnas son las que menos le gustan porque hay menos actividad. Sin embargo, cuando le toca cumplirlas, atiende todas las llamadas en la madrugada.
“De noche piden muchos taxis a las discotecas y centros nocturnos. También a los moteles, había un muchacho que todos los fines de semana llamaba a la central para pedir un carro a un motel, ya le reconocía la voz y hasta lo saludaba”, cuenta el centralista.Los clientes también llegan a reconocer la voz de Alberto. De tanto llamar a la linea, ya lo saludan y conversan con él.
Al centralista no le preocupa quedarse sin empleo debido al auge de aplicaciones móviles para pedir taxis desde un celular inteligente como Nekso o Easy Taxy. Para él, hay una gran desventaja: “No todas las personas siempre tienen megas o wifi, por ello van a preferir llamar a la línea de taxi de confianza y pedir un carro. También están los clientes convencionales que están apegados a lo tradicional y se niegan a vivir una era tecnológica”.
¿Quién me da el tiempo para El Varillal?, dice Alberto en el radio. Una unidad se reportó, le da la dirección completa al taxista y luego le envía el carro al cliente. Así van pasando las horas.