El domingo pasado los árboles estuvieron de fiesta y, en especial, el araguaney, nuestro árbol nacional, celebrando sus siete décadas de haber sido declarado como tal. Y fresca deviene la imagen de ese magnífico tesoro vegetal que ahora nos concita y estimula para un ejercicio de imaginación pura:
Despierte usted, bienamado lector, ese instinto soñador y, por un instante, suelte su rutina y transpórtese con nosotros al lado del camino, sembrado de araguaneyes. Tiéndase, por favor, en esta alfombra amarilla y revuélquese en ella, con las manos extendidas como un venezolano de Vitrubio, alas doradas, encanto del trópico gentil y entregado a todos.
Ecológica minucia seductora, la del árbol que da sombra, y terneza, y fascinación por la vida noble y notable. Fínjase poeta y repita, con nosotros, las líneas legadas por Neruda: “Nombres de Venezuela / fragantes y seguros / corriendo como el agua / sobre la tierra seca, / iluminando el resto / de la tierra/ como el araguaney / cuando levanta / su pabellón de besos / amarillos…”.
Con la memoria acariciando las hojas amarillas, las flores doblemente amarillas, la mirada definitivamente amarilla, puede entones recordar los días de infancia en el colegio, donde formábamos parte del coro de imberbes cantando: “Al árbol debemos solícito amor, jamás olvidemos que es obra de Dios..”. Y como diría la trova popular: Regalo bendito tus semillas de la naturaleza, / ayudas al carbono pleno y producir el oxígeno, / frente a los crecientes problemas del planeta,/ árbol fiel floración de miel y amigo endógeno. Frente a tu talle glorioso y frondoso eres luz, / tronco recto inspiración de hombres correctos,/ libertad y victorias al pueblo juraron patriotas, / y fuente de tradiciones de varias generaciones.”. Mayo se despide y junio llega, elegantemente vestido de amarillo bonito. Este paisaje deslumbrante…
Esta oda del Handroanthus Chrysanthus, o guayacán amarillo, o estos tantos nombres que el pueblo confiere a sus signos de tierra, viento, agua o luz: zapatillo, zapito, roble amarillo, cañahuate o tajibo… Bailarines del cosmos que soliviantan el incendio de los girasoles. Niños que, los biólogos y los agrónomos, perfilan como un “árbol nativo de las selvas tropófilas de la zona intertropical americana.
Araguaney, nuestro fino caballero verdeamarillo, capaz de erigirse hasta 35 metros desde sus raíces y abrirse en diámetro de hasta sesenta centímetros, pelón cuiando la sequía lo azota (caducifolio, nos dice Samantha Hung, nuestra bióloga asesora), con sus ramas ascendentes, como en inigualable “grand jete” de una bailarina criolla. Acicalado con su corteza áspera, de gris a café oscuro, con grietas verticales, profundas, formando placas anchas de color café oscuro. Sus frutos son cápsulas (Hung, dixit) cilíndricas y sus flores intentando emular la majestad de los campanarios, amarillas, sonoras, sí, como queriendo cantar con nosotros los versos que nos ronronea el chileno Víctor Jara: “En mis pagos hay un árbol, que del olvido se llama, al que van a despenarse, vidalitay, / los moribundos del alma. Para no pensar en vos, bajo el árbol del olvido, / me acosté una nochecita, vidalitay, y me quedé bien dormido. Al despertar de ese sueño, pensó en vos otra vez,/ pues me olvidé de olvidarte, vidalitay, en cuantito me acosté”. Poema de Fernán Silva Valdéz, uruguayo (1887 – 1975), con música de Alberto Ginastera, argentino (1916-1983). Compuesta en 1938??.
Fiel seguidor de la trova de Jara, el poeta Fabio Garrido, agrónomo de oficio, relaciona al araguaney con otras especies. Veamos: “En otro caso, pudiera considerar el cují no solo como un árbol regional por sí mismo, hablar de ‘regiones’, entendiendo el mundo como un globo, es solamente un término humano que la naturaleza no conoce.
La ecología no divide en función de los parámetros humanos, si no en base con sus propios mecanismos. En cambio, considerara tanto al cují y al mangle, como especies americanas, y de todos aquellos territorios similares a los nuestros (por lo que, no es casualidad que la misma planta crezca tanto en la India como en Perijá), pudieras hacer referencia a que un hombre, salvando ciertas diferencias individuales, es el mismo que el que habita los desiertos de Mongolia…Todas esas plantas (el cují, el cocotero, el curarire y el mangle) distan en su clasificación taxonómica, inclusive, en su funcionamiento. Puedes ver que el comportamiento del mangle, el cual, a través de la formación de aerénquima (tejido vegetal con grandes espacios llenos de aire para permitir la aireación en los demás órganos de la planta), las cuales son capaces de soportar la ingratitud de los suelos inundados, lo que generaría, a nivel de raíz, una fermentación que terminaría destruyendo la planta por el efecto tóxico del etanol, por lo cual, podría decirse que la planta muere «ebria», jeje…De hecho, el cují es en sí una leguminosa (familia de las Fabaceae). El curarire es de la familia de las Bignoniáceas, lo cual significa que sus flores tienen una forma acampanada
Los mangles varían, puesto que es un conglomerado de varias familiasEn general, pudiera nombrar entre ellas, las Rhizophoraceae. Como curiosidad
Es posible encontrar una especie de palmera (familia de las arecaceae, la misma que las del cocotero) en los manglares, el caso del Nypa fruticans, pero es demasiado escaso en el país
Y el caso del cocotero, encuentras que son de la familia arecaceae. El color de la flor no tiene mucho que ver en su clasificación taxonómica, más bien depende la filotaxia (disposición de las hojas sobre el tallo), el tipo de raíz, el tipo de tallo, sus formas y características, el tipo de hojas, y un gran etcétera..”.
Luego habla de nuestro protagonista: “El araguaney es de la misma familia del curarire. La diferencia principal son sus hojas aserradas. Fíjate que es interesante que la época de floración del araguaney coincide con el período de sequía.Y eso corresponde con un principio de la naturaleza, la planta se reproduce o cuando las condiciones son excelentes, o cuando su propia existencia se amenaza. En todo caso, florece en esta época para asegurar que las semillas tomen las primeras lluvias posteriormente…”.
Al final de la función, su majestad, el Araguaney, sale al centro del escenario, en medio de cerrada ovación y se despide, en gráciles cabriolas amarillas, invitando al público a acompañarle en los versos de Marisa Vannini: » Despierta, son las seis / ya se abrieron las flores / del araguaney. / En medio del prado / va en busca de su pasto / el venado. / En la fuente de plata / se dio cita temprano / la bandada. / En las ramas más altas / se están pintando de rojo / las naranjas. / Con el alma en fiesta / espera a sus alumnos / la maestra.».