A 130 años de su fundación, el diario más antiguo de Colombia, El Espectador,  mantiene su línea editorial intacta. Ni 60 kilos de dinamita lograron catapultar los principios periodísticos que se enfrentaron al narcotráfico colombiano en los años 80.   Su actual director, Fidel Cano Correa, bisnieto del fundador, contó en entrevista exclusiva a PANORAMA cómo abordan los temas del tráfico de drogas en la actualidad y la libertad de prensa.  Él  asumió la directiva del periódico en el año 2000. Apenas estudiaba la carrera de periodismo cuando su tío, Guillermo Cano Isaza, murió a manos de sicarios de Pablo Escobar.

—¿El Espectador hoy día mantiene la misma línea editorial que enfrentó el delito del narcotráfico años atrás? —Sí, por supuesto. Este es un periódico que en esencia ha defendido siempre, además de las ideas y principios liberales, la decencia.  Obviamente que los tiempos cambian, y la situación tanto del narcotráfico como de la batalla contra su poder devastador son diferentes hoy, de lo que lo eran entonces. Con eso quiero decir que hay diferencias en la posición frente a ese flagelo.  Por ejemplo, en aquel momento El Espectador defendió con vehemencia la extradición a Estados Unidos como un instrumento muy importante en esa batalla, y lo era.  Hoy no es tan claro, pues lo que ha pasado es que los narcotraficantes negocian con los Estados Unidos, dan alguna información, entregan algún dinero y luego se quedan viviendo la mejor de las vidas con buena parte de sus fortunas en ese país con identidades cambiadas. Y en Colombia, mientras tanto, no pagan por lo que hicieron. —¿Cómo abordan en la actualidad la realidad del narcotráfico que siguen haciendo parte de la historia de Colombia?  

—Hoy los carteles de narcotráfico están mucho más atomizados y aprendieron del final que tuvieron esos grandes capos, de manera que hoy es más difícil atacar el problema y trabajarlo desde el periodismo.   En la actualidad se entremezclan las mafias del narcotráfico con todo tipo de criminalidad, minería legal, captura del Estado, contrabando y tráfico de armas. De manera que el trabajo periodístico es más específico en el narcotráfico y más amplio sobre diversos tipos de criminalidad asociada.  Esto no quiere decir que no sigamos investigando y atacando el poder corruptor y criminal del narcotráfico con la misma firmeza que entonces. —¿Sigue siendo una amenaza hacer la cobertura de estos temas? —Sin duda, aunque en un nivel diferente. Durante los años 80 las mafias estaban retando toda la institucionalidad y el Estado, buscaban el poder político, la figuración empresarial y social, para lo cual el periodismo era o bien un vehículo necesario para lograrlo o bien un obstáculo insalvable.  Por eso, la confrontación a quienes como El Espectador nunca cedieron y, antes bien, en el caso de Pablo Escobar, le derrumbaron con sus investigaciones su hasta entonces promisoria carrera política fue abierta y despiadada.  Hoy sigue siendo peligroso el tratamiento de estos temas pero más en las regiones o en temas determinados. Las amenazas y las acciones violentas son menos visibles.  —¿Sus periodistas o su persona se han visto comprometidos o han sido objetos de amenaza? —De vez en cuando se presentan intimidaciones y mensajes amenazantes, pero nada siquiera similar a lo que fueron aquellos años 80. —¿Qué recuerdos guarda de la época de Pablo Escobar?  —Los peores. Fue una época de mucha desolación, de soledad, de preguntarse todo el tiempo si valía la pena. De sentir la presencia de la muerte y la violencia respirando en la intimidad permanentemente. Pero a la vez fue una época de tremenda afirmación en los principios del periodismo. —¿Cuáles han sido los momentos más comprometedores que ha pasado allí en el diario?  —Aquella época, sin duda. Si bien no trabajaba en el diario cuando asesinaron a Don Guillermo, viví muy de cerca ese golpe tan terrible. Y ya en mis primeros pasos como periodista sí tuve que vivir de cuerpo presente los demás ataques, el asesinato o el exilio de compañeros, y particularmente la bomba a las instalaciones, que fue un momento cumbre.  Ese día todos llegamos sabiendo en lo profundo de nuestra razón que había llegado el fin, que nos habían derrotado, pero de golpe aparecieron montones de escobas y canecas, todos nos pusimos a barrer los escombros y a arreglar nuestro sitio de trabajo, a trabajar para dar la noticia que ese día éramos nosotros mismos.  Cuando vimos que esa misma noche una única unidad reparada de la rotativa imprimía el periódico con aquel famoso titular “Seguimos adelante”,  salimos para nuestras casas sabiendo que no, que no nos habían logrado vencer con esa tonelada de dinamita. —¿Cuál ha sido la clave para que El Espectador siga siendo una realidad y no parte de la historia? —No tengo duda de que ha sido por ese apego a un periodismo noble y transparente, sin dobles intereses, que le ha merecido el cariño y el apoyo de tantos colombianos. —¿Guarda alguna anécdota de sus abuelos?  —Muchas de momentos duros, pero para estas épocas me divierte mucho recordar un pequeño retablo que tenía mi abuelo en su cuarto que decía algo como: “La televisión nunca podrá reemplazar a los periódicos… nunca una mosca ha muerto aplastada por un televisor”. —¿El periodismo corre por la sangre de la familia Cano? —Habrá que ver en las nuevas generaciones, pero hasta la mía era difícil que no. Todo giraba alrededor del periódico y su historia fascinante. — ¿Cual considera usted que ha sido o es el reto más grande del diario en la actualidad? —Creo que el mayor reto hoy es poder trasladar esa herencia de 130 años a las nuevas audiencias y lenguajes.  Lograr esa combinación entre ese periodismo valiente y transparente y una manera novedosa de contar las historias. ¿Cómo lograr la atención en este mar de información, sin ceder en los principios fundacionales del periodismo de El Espectador?, ¿de qué manera lograr revalorar ese periodismo en este mundo en el que verdad y mentira parecen ir tan de la mano? —¿Cómo llega Fidel Cano al Espectador?  —Comencé a hacer mis prácticas precisamente luego de la muerte de Don Guillermo. Yo estaba en la universidad todavía, todos en la familia sentimos que teníamos que colaborar y rodear a Juan Guillermo y a Fernando, los hijos mayores de Don Guillermo que lo sucedieron tanto en la dirección como en las batallas.  Me inicié en la sección deportiva, allí estuve cuatro años. Luego pasé a la sección económica durante otro par de años, pero me fui a Estados Unidos a continuar mis estudios de maestría.  Estando allá se dio la venta del periódico y la salida de todos los Canos. Terminada la maestría empecé a trabajar en Washington como secretario de prensa de la Embajada de Colombia por invitación de Carlos Lleras de la Fuente, entonces embajador.  Dos años después regresé a Colombia, pero en El Espectador en aquella época no había ningún interés en tener a un Cano en sus filas. Terminé trabajando en El Tiempo, la competencia tradicional.  Mi regreso a El Espectador se debió a una de esas vueltas raras que da la vida, pues Carlos Lleras, con quien había trabajado en Washington, fue nombrado director y al poco tiempo me llamó para que lo acompañara como su editor. Así regresé en el año 2000, y aquí seguimos.