Umberto Eco como un vendaval llegó a Maracaibo el 29 de junio de 1994. Aquella calurosísima tarde, en el despacho del entonces rector de la Universidad del Zulia, Ángelo Lombardi, los periodistas murmuraban, impacientes, sobre los cuentos de los desencuentros del escritor con la prensa caraqueña, a la cual había desnudado en sus petulancias y falencias. También reverberaban su contrariedad porque el genial semiólogo estaba pautado para las 11:00 de la mañana, solo que el vuelo (oh, milagro) se demoró y entonces llegó cerca de las tres de la tarde.
Llegó con Lombardi y con Rocco Mangieri, presidente de la Asociación Venezolana de Semiótica. Una vez instalado, el creador de El péndulo de Foucault, accedió al ciclo de inquisidores de la prensa local. Comenzó a preguntar la bienamada colega María del Pilar Comesaña, quien no tardó en beber de la cicuta del maestro..
Uno a uno refutó planteamientos formulados por él mismo en sus antológicos textos como Obra abierta (1962), Diario mínimo (1963), Apocalípticos e integrados (1965), La estructura ausente (1968), Il costume di casa (1973), La forma y el contenido (1971), El signo (1973), Tratado de semiótica general (1975), El super-hombre de masas (1976), Desde la periferia al imperio (1977), Lector in fábula (1979), Semiótica y filosofía del lenguaje (1984), Los límites de la interpretación (1990), Seis paseos por los bosques narrativos (1990), entre otros Harta de los desplantes llenos de ironía y sarcasmo del novelista italiano, otra María, Mavárez, tan hermosa como temperamental, rebatió al intelectual cuando éste “bateó” su pregunta y, enfurecida (como en la canción del llanero asombrerado), irguióse ante el sofá del despacho rectoral donde Eco aparecía como hundido y cimbrándose en sus plataformas y con una minifalda que provocaría la codicia sexual del mismísimo monje Adso de Melk, erigiose cual diosa caribeña muy arrecha y le espetó, manoteos incluidos: “¡Ajá, profesor Eco, y entonces, dígame, usted, ¿con qué instrumento se comunica, ah..?…!!!”.
Entonces, el alter ego de Guillermo de Baskerville, recorrió aquella escultura tropical con ojos de padrasto de Rómulo y Remo, y tras una deliciosa pausa le guiñó: “¡Con la lengua!”. El hijo de María Augusta, quien ahora llora y suspira por el eximio polímata italiano, culminó aquel primer round (luego hubo otros, en Centro Bellas Artes), preguntándole los motivos y expectativas de su visita a Maracaibo.
Para nada me salvé de la lúcida intemperancia del Umberto Eco. Inquirióme acerca de mi pasión por Maracaibo, recordando que este puerto, junto con los de La Habana y Cartagena de Indias, constituyeron el triángulo dorado en la relación del Nuevo Mundo con Europa y que había venido a recorrer la misma geografía que sedujo a los piratas, corsarios y filibusteros, sobre los que estaba trabajando un libro de marras. Todos estos recuerdos toman de nuevo vida al saber que la iluminación viva del maestro Umberto Eco cesó el pasado viernes. El cáncer apagó la erudición hecha hombre. Muchas áreas del pensamiento crítico ejercitan hoy un silencio pluscuamperfecto. La humanidad honra hoy a uno de sus más inteligentes garantes del reino inmortal de la lucidez como arma y estrategia contra la estulticia “streaming”. La imbecilidad como artificio demócrata alucinando en la ficción de la fábula cósmica llamada internet.
A las 11:30 pm, en Milán, exhaló el maestro, quien solía colocar palabras insólitas como dispositivo para proyectar nuevos discursos y dejar lecciones para el oficio del periodismo.
En Número cero, su última novela, define parte de esta profesión como “máquina del fango”. Fandango, Eco bailó siempre a su propio ritmo: “Hay periodismo y periodismos. Lo llamativo es que cuando se habla del malo, todos los periódicos tratan de hacer creer que se está hablando de otros… Muchos diarios se han reconocido en Número Cero, pero han hecho como que estaba hablando de otro”, confesó, hace menos de un año, al colega Juan Cruz, en el diario El País (España).
Y es que hablaba un hombre apasionado lector de periódicos: “Yo no consigo tomarme mi café de la mañana si no hojeo el diario; pero es un ritual casi afectivo y religioso, porque lo hojeo mirando los titulares, y por ellos me doy cuenta de que casi todo lo había sabido la noche anterior. Como mucho, me leo un editorial o un artículo de opinión. Esta es la crisis del periodismo contemporáneo. ¡Y de aquí no se sale!”, soltó el escritor nacido el 5 de enero de 1932 en Alessandria (norte de Italia).
El polímata dejó claro que: “El periodismo podría tener otra función. Estoy pensando en uno que haga una crítica cotidiana de Internet, y es algo que ocurre poquísimo. Un periodismo que me diga: ‘Mira qué hay en Internet, mira qué cosas falsas se están diciendo, reacciona ante ello, yo te lo muestro”. Y restalla la “Misión Eco” cuando recalcaba: “La existencia de la prensa es todavía una garantía de democracia, de libertad, porque precisamente la pluralidad de los diarios ejerce una función de control. Pero para no morir el periódico tiene que saber cambiar y adaptarse. No puede limitarse solamente a hablar del mundo, puesto que de ello ya habla la televisión. Ya lo he dicho: tiene que opinar mucho más del mundo virtual. Un periódico que sepa analizar y criticar lo que aparece en Internet hoy tendría una función, y a lo mejor incluso un chico o una chica jóvenes lo leerían para entender si lo que encuentra online es verdadero o falso. En cambio, creo que el diario funciona todavía como si la Red no existiera. Si miras el periódico de hoy, como mucho encontrarás una o dos noticias que hablan de la Red. ¡Es como si los rotativos no se ocuparan nunca de su mayor adversario!..”.
Eco se inició en el periodismo en 1950, en la televisión estatal italiana RAI. Sus columnas empezaron a aparecer en diarios en la década de 1960. También escribió libros para niños, como “La Bomba y el General” (“La Bomba e il Generale”).
En el 2003 publicó una recopilación de conferencias sobre la traducción, “¿Mouse or Rat? Translation as Negotiation”, y un año después publicó la novela “La misteriosa llama de la reina Loana”, sobre un librero anticuario que pierde la memoria.
Sus obras más recientes incluyen “De la línea al laberinto”, un ensayo sobre semiótica y lenguaje publicado en 2007, y “Construir al enemigo”, una colección de ensayos sobre varios temas, desde las recientes guerras de Irak y Afganistán, al antisemitismo o su acérrima crítica al gobierno conservador de Silvio Berlusconi. Su novela más reciente, “Numero cero”, se publicó el año pasado y recuerda un escándalo político de la década de 1990 que ayudó al ascenso del expresidente italiano. Eco reverberó contra la neosuperchería entronizada, desde Dan Brown y sus dudosos códigos davinciópatas, hasta las estulticias cogidas en flagrancia de los “XFiles”. Trocó los “Celulars” de S. King en diatribas humanas contra la ciberdeshumanización.
En tiempos de neologismos, el escritor fungió como “comisario de la lucidez”.
Umberto Eco nos dejó como en SEXTA: “Donde se reconstruye la historia de los bibliotecarios y se averigua algo más sobre el libro misterioso”. Adoraba los gatos, “porque no obedecían a sus dueños”, amante del buen whisky, como un venezolano típico de tres lustros, erudito y odioso como los antiguos comediógrafos. Cuando él se acercaba a los 50 años, publicó su primera novela, en 1980: “El nombre de la rosa”, de la que se vendieron millones de ejemplares y fue traducida a 43 idiomas. Silvia Ponte, cambió mi vida cuando me regaló este libro. El director francés Jean-Jacques Annaud la llevó al cine con Sean Connery en el papel del franciscano Guillermo de Baskerville, exinquisidor encargado de resolver la sospechosa muerte de un monje en una abadía del norte de Italia. Mucho antes, el maestro Fernán Meza puso ante mí el primer vínculo con Umberto Eco: “Ché, tomá, leé Apocalípticos e integrados, para que comencés a comprender a El último polímata, el nuevo sabio neorrenacentista de esta nueva era, y para que entendás por qué estoy llenando las paredes de La Universidad del Zulia (LUZ) con el ideograma del rinoceronte en la portada de ese libro… ¡Já!..”, cerró su introito el viejo arquitecto chileno.
Con el deceso del ángel piamontés: Prima, tercia, nona, vísperas o completas, en toda instancia añoraremos esta voz universal y transgresora, inconforme e irredenta, que signó un tiempo de reflexión vital para nuestro planeta. Larga vida al Eco.