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Perfil. La maldición de interpretar a «Matilda»

La niña tierna de   la película  “Papá por siempre” sufre de ansiedad y depresión. Culpa a Hollywood de sus males y de su carrera truncada.  

Luis Aguirre

De niña mimada a mujer traumada. Todo es culpa de Hollywood. Es el testimonio de Mara Wilson. Ella sigue viviendo a la sombra de “Matilda”. La actriz de la película Papá por siempre (Mrs. Doubtfire) no consiguió más trabajo en el cine y vivió un infierno en su adolescencia.

Hoy, con 29 años, grita que el personaje le arruinó la vida. Lo confiesa en su libro autobiográfico   “Where am I now?” (¿Dónde estoy ahora?), lanzado el mes pasado.  La que fue en su momento una chica tierna con poderes mentales asombrosos, creció con trastornos emocionales a raíz de prematura carrera cinematográfica que comenzó a los tres años, más  la presión de convertirse   en una de las niñas actrices más cotizadas. 

Mara nació en Los Ángeles, California el 24 de julio de 1987; hija de Mike Wilson, un ingeniero de radiodifusión televisiva; y Suzie Shapiro Wilson, una ama de casa, descubrió el mágico mundo de la actuación después de ver a su hermano mayor Danny en comerciales. Y debutó a lo grande. La invitaron a participar en series del momentos y hasta cantó en los premios Oscar (edición 67). También llegaron los premios con apenas ocho años que la reconocían como “Estrella Joven del Año”, justo cuando su madre murió de cáncer de seno.  Sin embargo, todo indicaba que, con los años, venía lo mejor. Pero no fue así.   De su propio puño y letra confiesa: “Tuve una especie de larga adolescencia, en la que intenté descubrirme a mi misma y ser una adulta, no estar asociada a la imagen de niño estrella. Y me di cuenta que eso siempre ocurrirá…”.

Con 13 años decidió no trabajar más en el cine a raíz de un hecho traumático que ocurrió dos años antes. A los 11 conoció a Britt Allcroft, una directora “gentil, un poco excéntrica, como una abuela, quien estaba llena de ideas. No le pude decir que no. Y se enfrascó en la filmación de ‘Thomas y el tren mágico’. Y acepté”.  Grabaron durante un mes en la Isla de Man (Reino Unido) y otro en Toronto, Canadá. Como su padre tenía que trabajar, viajó sola. Su madre ya había muerto de cáncer y  la “pseudoabuela” fue la encargada de  informarle que estaban pasando a la etapa de mujer. Le dijo: “Cuando comenzamos a filmar todavía eras una niña, pero ahora creciste, tienes 12 años. Tu cuerpo ha cambiado. Y nos dimos cuenta de esos cambios al revisar las tomas. Así que tal vez podrías usar un sostén deportivo…”.

Cuando se fue, su cuidadora entró a la habitación y puso una serie de sostenes deportivos blancos sobre la cama. “La pubertad había llegado y yo fui la última en enterarme. Rompí en llanto”, reconoce en su biografía.

“Ay no, no te pongas triste. No es algo malo. Las tetas son algo fabuloso”, la animó su nana.

Ciertamente, para esos días, con el auge de Internet,  la actriz  hizo una búsqueda con su nombre y apellido. Encontró varios sitios que la ponían como fetiche sexual. A los 12 años vio frente a la pantalla como a través de una manipulación fotográfica su cara había sido pegada al cuerpo de una niña adolescente. “ A los 13, ser bonita era lo que importaba”. Así se lo hicieron saber los productores y directores. No consiguió trabajo ni como amiga gordita de la protagonista. “Un niño actor que ya no es lindo ya no es sustentable monetariamente y es desechado. Él o ella serán remplazados por alguien más joven y lindo, y los fans, en respuesta, olvidan que el antiguo objeto de su afecto alguna vez existió. La próxima vez que alguien escondido detrás de un nombre de usuario de internet quiera decirme cómo ser más bonita (…) les voy a contar sobre cómo es pasar la pubertad en el ojo público luego de que mi madre muriera de cáncer (…); les voy a decir cómo se siente encontrar una página web con fotos tuyas desnuda a los 12 años; les voy a contar que conozco los dos lados de ser ‘tierna’ y en ambos casos sólo me hizo sentir miserable”, resuelve Mara en su confesión.

Esa realidad se ha repetido en otros casos, sostiene la columnista del Washington Post, Petula Dvorak, “lo más cruel que un niño actor debe enfrentar (incluso señalado por  Mara) es que dejan de estudiar a muy temprana edad. Esto fue  para ella lo peor que pudo pasarle”.

A ello se le suma los trastornos mentales con los que  hoy sigue batallando: depresión y ansiedad. “Yo era una niña ansiosa y todavía soy una especie de adulta ansiosa. Me hubiera gustado que alguien me dijera que estaba bien estar ansioso, que en realidad, luchando, esto se pone peor. Es el miedo al miedo”.  Según un estudio realizado por psicólogos de la Universidad de California en Los Ángeles, el valor número uno para los niños y adolescentes de hoy en día es la fama conseguida desde la actuación o el deporte. Lo relacionan con  éxito, popularidad, imagen y dinero.

  Para la presentadora venezolana Érika de La Vega el precio de la fama siempre tiene un precio y “verla a ella (Mara Wilson) es pensar, en seguida, en Matilda. Aunque no logró hacer más películas, hay que destacar que es  dramaturga y se dedica principalmente al teatro y a la literatura”. 

Quizás por eso aprovechó y decidió narrar la cruel historia de una niña que creció deprimida.  “Aspiraba a ser como Matilda”, soñaba Mara. La realidad superó la ficción. La protagonista se quedó sin poderes telequineticos. Su currículo solo cuenta con seis títulos cinematográficos y seis apariciones en TV. Ahora tiene la esperanza de entrar en novelas para adultos jóvenes y ha escrito su primera obra Off Broadway llamada “Sheeple”. En 2005 se graduó de Idyllwild Arts Academy  y hace tres meses  se declaró bisexual. Así se hizo mayor la otra “Matilda”, entre inestabilidad y búsqueda interior.

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