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La infinitud que mora en Ofelia: La artista cumple 40 años de trayectoria (Entrevista perfil)

Las líneas presentes en las grandes majestades de la naturaleza, en la caligrafía interminable de las mareas, en el tejido luminoso de las corrientes de agua, en la eclosión de una ola, el florecimiento de una nube, los caminos diminutos que trazan las venas de una hoja; todas son posibilidades en las huellas que Ofelia Soto deja en sus telas. La artista nacida en Morelia, México, despojada de todo el colorido y figuración de su tierra natal, en una vieja búsqueda de la abstracción, abandonó la función representativa del arte. Pero, al mismo tiempo, mantiene un innegable diálogo con las formas orgánicas. Plática armoniosa y en voz baja, murmullo, casi silente. Como la naturaleza misma. Así lo deja ver en las 37 obras que exhibe en su individual, La trama de la vida, que ofrece en el Aula Magna de la URU, espacio que, con las pinturas de Ofelia, celebró su década de actividad cultural, así como ella celebra sus 40 años de trabajo artístico y 57 de vida en Maracaibo. “No todas mis etapas tienen que ver con la naturaleza, ahora sí —reconoce con el acento mexicano intacto—. Hace 20 años leí el libro La Trama de la vida, de Fritjof Capra, y me hizo pensar en el respeto a la naturaleza. El prólogo dice que la vida es un tejido, y si dañas una hebra, dañas el resto”.

 

 

Soto desnuda en su discurso la influencia del taoísmo en su espiritualidad: “Cuando descubrí la abstracción sentí que yo no podía permitir que mi obra fuera fría, ‘intelectualosa’ y sin sentimientos. Como dicen los orientales, buscaba la resonancia del mundo. Y aunque sé mucho de arte, cuando llego frente a la tela, ya no hay razonamiento. Eso es lo que cuesta, tener la capacidad de encontrar el instinto, de mirar el trabajo de manera espontánea. Despojarse de influencias y de recuerdos de tantos artistas que uno admira y que sin querer, o queriendo, he buscado o seguido”.

Como toda evolución, los primeros pasos de Soto en el camino del arte, fueron figurativas. “Mis inicios en el arte de manera profesional ya adulta. Pero desde niña siempre dibujé. Todo artista ha querido demostrar que puede dibujar,  que puede hacer figura. Después viene la mancha del arte expresionismo norteamericano. Cualquiera puede tirar una mancha, pero no cualquiera sabe cómo. El arte no es nada más improvisación e instinto. Todo el mundo busca el perfeccionamiento. Y para perfeccionar hay que ir superando etapas. Yo no le tengo miedo a la técnica. Una la conoce y luego la desecha. Pero para desecharla hay que conocerla primero. No se puede descartar algo que no se conoce”.

Con toda la maestría de Ofelia Soto en el arte abstracto zuliano, región marcada en esta corriente artística por dos polos, las explosiones de color de Hung y los apacibles silencios de ella, aún Soto atesora sus dibujos iniciales, así como los recuerdos de sus primeros contactos con el arte, en una infancia signada por los viajes por los países, principalmente de América, porque su padre,  Ernesto Soto,  fue diplomático mexicano y  junto con su madre, Dolores Bremauntz, y hermanos, la visita obligatoria en cada país eran los museos. 

“Lo primero que recuerdo con el arte es el color. Pudo haber sido en el kinder. Recuerdo un balde con un líquido que pudo ser agua y colores que flotaban. Mi maestra metió una vasija de barro y salió chorreando de color. Eso yo lo he buscado en mis obras”, reconoce como en un autoanálisis, de esos tantos que ha escrito para otros artistas. Y ciertamente, el pigmento sin explosiones, sino más bien implosiones, como un fluir líquido interior, es lo que caracteriza su decir en cada lienzo, o tablilla, tanto con óleos como acuarelas. 

Luego de casi seis décadas de permanencia en la capital del Zulia, Ofelia Soto rememora cómo llegó: “Fue después de la reapertura de la Universidad del Zulia. A mi esposo, Adolfo García Díaz, lo contrataron para que hiciera el plan de estudios de la Facultad de Humanidades y veníamos por menos de un año. Pero nos enamoramos de la ciudad. A él le ofrecieron cargos en México, pero no quisimos volver. Echamos raíces aquí”. “Muchas veces me preguntan si no me gustaría irme en ésta época de crisis que vive el país. Pero yo creo que son tiempos que se van a superar, incluso, a olvidar. Y de lo malo vendrá lo bueno”, refiere con optimismo la también crítica de arte, que ha escrito los textos descriptivos y analíticos de obras de destacados zulianos como Carmelo Niño, Oscar d’ Empaire, Edison Parra y más. “El crítico no está para destruir la carrera de nadie, sino para ser un guía”, defiende el oficio curatorial, aunque es evidente que su pluma se reserva a los artistas en quien cree. Pero siempre está abierta al diálogo con los jóvenes. “Una vez un muchacho me dijo: ‘Yo quiero ser artista’. Le respondí: ‘Entonces ya comenzaste mal’. Los verdaderos artistas nunca quisieron serlo. Querían hacer pintura, hacer escultura, cerámica o rayar un piso. Los de ser artista te pasa, si tienes suerte, y si los demás te califican así. Y aunque parezca falsa modestia, no lo es. Realmente creo en que uno debe trabajar sin esas pretenciones, con humildad, como dice el Tao, empezando a crecer desde abajo y en silencio, como los árboles”, arguye como si describiera una de sus obras, reflejo de su esencia y la infinitud de la naturaleza, del cosmos. Y pese a esa inmensidad en su obra, ella expresa bajito, en murmullo: “Yo nunca quise ser artista, eso me pasó en el camino”.

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