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El Oeste festeja a sus antihéroes: los 50 años de El Bueno, el Malo y el Feo

Tres hombres a la caza de un tesoro  se encuentran en un cementerio. Una tumba sin nombre tiene 200 mil dólares en monedas de oro. ¿Quién se quedará con el botín? Solo lo decidirá la rapidez con la que desenfunden sus revólveres. 

Las miradas de los tres cazarrecompensas en la cámara de Sergio Leone y el trepidante ritmo de “El Trío”,  melodía de Ennio Morricone,  inmortalizaron a Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach. La película “El Bueno, el Malo y el Feo” irrumpía, así en la historia del cine. 

Martin Scorsese la cataloga como una “obra maestra de la dirección”. Es la película favorita de Quentin Tarantino. Tendrá sus detractores, sí, pero marcó un antes y un después en la historia de su género. 

 

Estrenada en 1966, fue la tercera y última película de la “Trilogía del dólar”, también conocida como la “Trilogía del Hombre sin nombre”, ya que los personajes de Eastwood solo tenían apodos. Le precedieron Por un puñado de dólares (1964) y La muerte tenía un precio (también llamada Por un puñado de dólares más, 1965). 

La Guerra Civil entre la Unión y la Confederación destrozaba Estados Unidos y tres hombres buscaban lucrarse en ella: Rubio, Sentencia (Ojos de Ángel en la versión norteamericana) y Tuco Ramírez. 

El primero, interpretado por Eastwood, era un cazador de recompensas, silencioso, joven, de mirada lejana, siempre protegido por un sucio poncho. El segundo (Van Cleef), es un sargento unionista sádico y desalmado, rostro de buitre… los escrúpulos no existían para él. El tercero (Wallach), un dicharachero bandido que, impresionado en cada acción, se hacía una mezcla entre la señal de la cruz  y el apagar de un fósforo. 

El director italiano Leone (1929-1989) fue uno de los pilares del Spaghetti Western, género descendiente del Western norteamericano pero filmado en Europa –España e Italia en la mayoría de las ocasiones-, apoyado siempre por la música de su compatriota y amigo de la infancia Morricone (1928). La diferencia principal que se planteaba en las tramas de ambos géneros era la “moral” de los protagonistas: en Estados Unidos, el bueno, el héroe, era impoluto, nunca corrompido. En Europa solo valía disparar pensando solo en el bien propio. Los valores quedaban para otra película. 

Con la experiencia de haber trabajado en las dos primeras partes de la trilogía, Eastwood se embarcó en esta tercera con algo de molestia. Ya no era el protagonista principal, sino que compartiría las luces con otros dos. Exigió 250 mil dólares como salario, un Ferrari y el 10% de los beneficios de taquilla en Estados Unidos, según cuenta el redactor Yago García, del portal Cinemanía. 

 

Recuerda García  que ni Van Cleef ni Wallach eran los candidatos iniciales para ser el Malo y el Feo: “Por lo pronto, el Feo (Tuco) debería haber correspondido a Gian María Volonté (Indio, el villano de La muerte tenía un precio), pero Leone le descartó a favor de Vallach al ver la actuación de éste en La conquista del Oeste. Para el despiadado mercenario Sentencia, Leone contaba con Charles Bronson: el carapiedra de Yo soy la justicia se negó, dado que estaba rodando Doce del patíbulo”. 

El rodaje se realizó en el desierto de Almería y en la provincia de Burgos, en la España franquista. Escenarios similares al desierto norteamericano, mano de obra barata y mucha disposición para trabajar. 

El periodista David López Frías, del portal El Español, rememoró el comportamiento de los tres actores, luego de entrevistar a españoles que participaron en la película. “Eastwood era el más seco y huraño (…) Wallach fue el más amable del reparto. Chapurreaba algo de español y se relacionaba con los trabajadores locales, haciendo gala de un carácter mucho más afable que el de su personaje (…)  Van Cleef se mostraba tremendamente amable con todos los compañeros. Además de a su carácter, esto se debía a las cantidades casi industriales de alcohol (específicamente cerveza) que ingería a diario”. 

Luego que Rubio y Tuco se encuentran con un superviviente de una emboscada que les dice que en el Cementerio de Sad Hill está un tesoro de 200 mil dólares, caen en las manos del duro Sentencia. Éste, luego de torturar a Tuco, conoce del botín y se decide a buscarlo con sus secuaces. 

Rubio y Tuco, el Bueno y el Feo, escapan de Sentencia y se encaminan a Sad Hill. Antes deben pasar por un puente que es el objetivo de unionistas y confederados en una batalla de la Guerra Civil. Ambos se ofrecen a un borracho capitán de los azules para hacer explotar el puente, contrario a la petición de sus superiores. Herido de muerte, el militar da el visto bueno: los dos “héroes” (o antihéroes, en el mejor estilo del Spaghetti Western) dinamitan la construcción. 

Esta escena, impresionante para la época, tuvo que ser hecha tres veces: primero porque la explosión no fue muy fuerte, luego porque se hizo a destiempo. La tercera quedó.  Los grandes “perdedores” del asunto fueron soldados de la milicia española, que tuvieron que construirlo una y otra vez. 

Tuco, ambicioso, dejó atrás a Rubio para llegar a Sad Hill. Allí realizó una de las escenas más memorables de la historia del cine: el Feo corriendo frenéticamente, buscando el nombre en el que se presume está el tesoro, la tumba de Arch Stanton, fallecido el 3 de febrero de 1862. Todo con la melodía “El éxtasis del oro”, de Morricone. Porque solo el genio romano podía hacer espectacular una carrera en un cementerio. 

Construido por soldados españoles, el cementerio ficticio hoy es un lugar de visita en las afueras de Burgos. Incluso existe una asociación que explota los derechos, cobrando por colocar el nombre que el visitante desee. Son cinco mil las tumbas falsas que están allí. 

De la nada surge Van Cleef, el Malo.  Los quiere matar a los dos para quedarse con los 200 mil dólares. Lo que no sabe es que en la tumba no están: el Bueno había engañado al Feo sobre la dirección real. No podía confiar. 

Todo se decidirá en un duelo. Rubio, que sabía la ubicación específica, escribe en una roca el nombre de la tumba verdadera. La coloca aparte. A tiros se resolvería todo. 

Por primera vez en la historia de las películas del Oeste, el duelo sería triangular. Ya no es la división eterna entre héroe y bandido, ahora es una mescolanza brillantemente filmada por Leone y musicalizada por Morricone.

Solo uno muere, los otros dos se quedan con el tesoro.  

En Maracaibo, la película se estrenó el 19 de septiembre de 1968 en los teatros Metro y Lido. Calificada solo para mayores de 18 años por sus escenas de violencia, la entrada valía cuatro bolívares. Para Venezuela se tituló “Lo bueno, lo malo y lo feo”. En la Costa Oriental se difundió en los cines Petrolandia y Nuevo. 

El musicalizado aullido de un coyote y unos tambores aborígenes, armados de manera inolvidable por Morricone,  son la marca registrada de El Bueno, el Malo y el Feo. Con 50 años, cada día se disfruta más.

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