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Diego El Cigala se enteró de la muerte de su esposa poco antes de concierto

“Buenas noches, Los Ángeles. Feliz de poder compartir con tanta gente buena y afición a la buena música. Tanto yo como mis compañeros estamos contentos y felices y, nada, darles las gracias por estar aquí. Thank you, very much”. Con estas palabras comenzó el cantante español Diego el Cigala su concierto este miércoles 19 de agosto. Más que estar feliz, Cigala mostró respeto al público que lo esperaba, pues por dentro el dolor de la pérdida de su esposa le cortaba la respiración.

El artista supo que había quedado viudo apenas unos minutos antes de su presentación.

“No era verdad. No podía estar feliz. Pues minutos antes de subir al escenario, su esposa, Amparo Fernández, quien fue su pareja durante más de 25 años murió”, así lo reseñó el País de España.

 Con ella tuvo dos hijos y se convirtió en el pilar más férreo de su carrera. 

La audiencia ignoraba que 45 minutos antes, el artista llegó al camerino con la mirada escondida en unos lentes de sol y triste. Con el cuerpo apoyado en Yelsy Heredi, su contrabajo, repetía “qué barbaridad, qué barbaridad”, mientras sujetaba la cabeza con ambas manos.

Diego repetía “No puedo, no puedo, no puedo”, susurrando. Pero pudo más que ninguna noche. Más solemne y metido en sí mismo que ninguna otra actuación. El desenlace, no por esperado, ha sido menos doloroso.

Amparo no quiso alarmar a su familia. Durante seis meses se trató del cáncer que padecía con gran discreción en Miami. El Cigala comenzó a sospechar. No quedó más remedio que decir la verdad, que ese tumor sin importancia estaba tomando el control de la situación. El 8 de mayo, con la noticia caliente, se rompió en un concierto memorable en Carnegie Hall. Nueva York a sus pies. La matriarca, le pidió que no dejase de cantar, que pasara lo que pasara, siguiera en los escenarios.

En Los Ángeles cumplió la promesa. Con la esposa de cuerpo presente, se entregó como si nunca más fuese a acercarse a un micrófono. Hubo espacio para el desgarro en Inolvidable y su mensaje a medida, “en la vida hay amores que nunca pueden olvidarse”. En “Vete de mí”, hizo suyo un verso: “Tengo las manos tan desechas de apretar que ni te puedo sujetar”.

Con “Soledad” llegó el arrebato, sin apenas reprimir el llanto y la voz quebrada: “Para siempre los crespones. Ay, mi soledad. Ay, vuelve ya. Tú, vuelve ya”. La tensión fue mayor con el tema Está lloviendo ausencia: “Y nos despedimos así, como si nada, sin mirarnos, sin hablarnos, sin besarnos, sin tocarnos, nos despedimos así como si nada, cada uno a su camino, cada cual con su destino. Se quedó un lugar vacío de tu cuerpo a mi delirio, laberinto insoportable de tristeza”.

No hubo largas despedidas. Tampoco una confesión final que desatase las emociones. El Cigala fue un profesional con letras mayúsculas, dejó de lado su pena para dar sabor a la vida de los demás. Entre líneas, en notas rotas, se dejó escapar el dolor, que disfrazó con un paseo por las tablas.

“Gracias a la vida”, al final de la canción del mismo título, fueron las últimas palabras del rey de los flamencos. Los Ángeles nunca supo lo que verdaderamente latía en el corazón de ese hombre que se crió en el Rastro de Madrid. Diego emprendió el viaje de vuelta a República Dominicana, su lugar de residencia. Allí será la incineración de su mujer, la que por primera vez no estaba al volver al camerino.

La ceremonia será en la más estricta intimidad en Punta Cana, su paraíso de paz e inspiración.

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