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Conoce los secretos que vieron nacer a El Malquerido

“¡Maracuchooo, esa película la hago yo…!”  Aquella  voz que escuché en el teléfono fingiendo sin mucho esfuerzo la jerga maracucha – aunque con matices caraqueños-  aún me suena en los oídos. ¿Con quién hablo? “Soy Diego Rísquez, chico, y v

“¡Maracuchooo, esa película la hago yo…!”  Aquella  voz que escuché en el teléfono fingiendo sin mucho esfuerzo la jerga maracucha – aunque con matices caraqueños-  aún me suena en los oídos. ¿Con quién hablo?

“Soy Diego Rísquez, chico, y vos ¿cómo estáis?  Me leí tu libro el fin de semana. Siempre he querido hacer una película sobre Felipe Pirela, y me parece que ahora no tengo excusa…”, aseguró el director que en los momentos disfrutaba las mieles del éxito de su  película Reverón, el llamado pintor de la luz.  Diego tiene sus raíces en Maracaibo, su mamá es Angelina Cupello, quien se casó con un margariteño y tuvo en Juan Griego, allá en la isla, al ahora exitoso director de películas, entre ellas, El Malquerido. 

Conversamos el lunes en la tarde y, ya, el miércoles en la mañana, el cineasta  hacía presencia en PANORAMA con el libro Felipe Pirela, Su vida, ajustado bajo su brazo derecho. Lo acompañaba el entusiasta productor zuliano Emiliano Faría, quien sonreía feliz a través del cristal en los pasillos, porque Emiliano es felipista y soñaba con una película para Felipe.

La mirada acuciosa de Diego giraba a través de sus lentes reflexivos. Ese día lo  conocí, su pelo cano recogido hacía atrás en una colita corta sobresalía bajo su sombrero margariteño, blanco, de cinta.

Nos fuimos, acompañados de la periodista Lolimar Suárez, al Teatrino de PANORAMA, allá en el fondo del largo pasillo de nuestra galería histórica. En el camino, el cineasta se detenía fijando su mirada en cada página, desde el primer ejemplar del 1 de diciembre de 1914, hasta nuestros días. Se deslumbraba con las cámaras y las máquinas que retrataron y escribieron 100 años de periodismo. 

Y así comenzó a gestarse la película que aún no tenía nombre.

—¿Cómo la llamaremos?, preguntó Diego.

—El Malquerido, saltó y dijo Emiliano.  Yo propuse El Bolerista, así como El Cantante que cuenta la vida de Héctor Lavoe. Diego pensaba, se inquietaba, buscando un nombre hasta que afirmó: —Bueno, no perdamos tiempo. Vamos a introducir el primer guión en el Cnac con El Malquerido y en el camino lo cambiamos. 

—¡Buenísimo!,  gritó Emiliano.

Y así se quedó, El Malquerido, acertado título que retrata al personaje central, ha atrapado a los medios y le gusta a la gente.

Por reciprocidad y agradecimiento, por que así somos los maracuchos, fuí a visitar a Diego en Caracass. Lo encontré en una calle del Country Club conduciendo una moto que le quedaba pequeña, con  un casco estilo alemán.

Me llevó a su Quinta Solange, donde nos recibieron dos cariñosos perros arrugados y averiguadores.

El hogar de Diego es un museo, vive a sus anchas, con toda su historia de cineasta, antigüedades, cuadros y esculturas de famosos artistas. Un chinchorrito, de esos que les gustan a los monos, colgaba casi para el patio. Una puerta clarabolla comunica a la habitación principal donde destaca una cama de la época de la colonia, con mosquitero, que me recordó a la del prócer Rafael Urdaneta que se exhibe en el museo de la casa El Zamuro en Las Veritas.

“¿Y este hombre con toda esta pasión histórica, quiere hacer una película de Felipe Pirela?, pensé mientras miraba todos aquellos corotos en lo que se conjugaba la cultura en todas sus manifestaciones. Un salto kilómetrico, después de Bolívar, Miranda, Manuelita Saénz y Reverón,  ahora se entusiasmaba en una producción de un personaje bohemio, de una vida en la que el divertinaje, los celos y la intriga, jugaron papel notorio arrastrándolo a  morir asesinado a tiros por un convicto narcotraficante en una esquina de San Juan, Puerto Rico, en el amanecer de una noche de farra.   

Luego de la publicación del libro de Felipe, editado y circulado por PANORAMA, el maestro Luis Cañón, escritor de El Patrón, obra que trata sobre la vida de Pablo Escobar Gaviria, nos aconsejó que le enviáramos un ejemplar a tres destacados cineastas venezolanos. Y así, lo hicimos, con Diego Rísquez, Roman Chalbaud y César Bolívar. 

Chalbaud y Bolívar respondieron vía email.  “Eduardo, me leí tu libro de un jalón, está bien escrito”, escribió Chalbaud, y Bolívar agradeció la atención y lo estaba leyendo.

Pero fue Diego quien se empeñó, y en sus constantes visitas Maracaibo adelantábamos el guión y buscábamos locaciones. Nos fuimos a Los Haticos para visitar unos hatos parecidos a la casa de cuatro aguas de la familia Pirela Morón que había vendido un sobrino y después fue destruida, borrando la historia en los comienzos de la vida del mejor bolerista que ha tenido América. Allá en la calle Delgado, subiendo a Valle Frío, nada queda del hogar en el que se crió y velaron el cadáver del último hijo de Mamá Lucía.

Una tarde, en un restaurante de comida asiática de la calle Carabobo junto al periodista Ricardo Pineda, discutíamos los protagonistas y Ricardo propuso a Chino Miranda. Todos nos miramos.  Varios nombres surgieron, como el de Aldemar, de Vocal Song, quien es un extraordinario cantante.    Para el elegido será un reto, opinó Lolimar, quien argumentaba que la calidad vocal de Felipe  Pirela era prácticamente inimitable, además de haber muy poco registro fílmico del artista, lo que hacía del papel una construcción de mayor exigencia actoral.

Luego surgió el dilema, playback o voz propia,  pero se podía apostar por una propuesta propia, una interpretación, no una imitación. Y eso es válido en el cine. Y con esas ideas  en la mesa nos terminamos aquellos exquisitos fideos chinos que nos brindó Ricardo.

Al siguiente domingo, otra vez Diego al teléfono con su “¡maracuchooooo! Aquí tengo a Chino en mi casa, vamos a hacer una parrilla y le voy a proponer el papel de Felipe”. 

En la noche me llamó: “Listo, aceptó Chino, será Felipe Pirela”, exclamó contento el cineasta.

A la actriz  Sheryl Rubio le escribimos y no respondió, tampoco atendió a varias llamadas. Insistimos en un mensaje en el interés de Diego Rísquez de hablar con ella y contestó: “Entiéndanse con mi mánager”.

Esta dejó pasar el autobús y Diego se decidió  por  Greici Mena quien ahora es la dulce niña Mariela,  que a los 13 años se casó con Felipe.   Días después de la visita en casa de Diego, me reuní con Chino en el lobby de un hotel de Maracaibo, donde esa noche cantaría con Nacho en una fiesta privada de unos 15 años.

“Cuando mi padre supo que me estaban ofreciendo el papel de Felipe Pirela me dijo: ‘Hijo acéptalo y estarás complaciéndome’, y me abrazó. Allí comprendí la admiración que mi padre tenía por Felipe y el reto al que me enfrentaba”, dijo casi de modo premonitorio, pues el padre de Chino falleció recientemente, seguro muy orgulloso de su hijo y de la nueva etapa que vivirá en el cine nacional. 

“Estoy leyendo tu libro, me identifico con Felipe en muchas cosas, de dónde venimos, en los sentimientos, en el amor. También he amado y sufrido por amor”, contó el muchacho  con mucho desprendimiento, sin divismos. 

La tarde gris  de sequía, allá en lo más recóndito del Jardín Botánico, Chino lloró. Filmaba la última escena  en que Felipe, con una orden judicial de prohibición de salida del país, huía por las trochas hacia Colombia.

“No sé qué sintió Felipe en ese momento, pero yo sentí que me escapaba, que dejaba todo, mi tierra, mi familia____”, me contó después el cantante, cumplido el rodaje. La última semana del rodaje, Diego se vino a Maracaibo con todo el elenco de artistas y el equipo de producción. Días intensos de trabajo en la Plaza Baralt, la Basílica y otros lugares emblemáticos completaron nueve semanas de  producción. Ahora tocaba editar para llevar la obra a los tiempos de un largometraje.

Entre tantas cosas, en mi necedad de periodista le dije al Diego que se estaban quedando momentos importantes de la vida  de Felipe, y que otros -muy pocos- no reposan en la historia. Y me respondió entre el fragor de su octavo largometraje: “Mirá carajito, que lo lean en tu libro, la película dura un pocos más de hora y media, y tu libro tiene 300 páginas. Recuerda que esto no es un documental. El cine es ficción”.

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