“Yo nací un día que Dios estuvo muerto”… El 16 de marzo de 1892 nació el poeta y escritor peruano, César Vallejo. Murió en París el 15 de abril de 1938. Mestizo, comprometido en su primera juventud con una vanguardia impregnada de indigenis
“Yo nací un día que Dios estuvo muerto”… El 16 de marzo de 1892 nació el poeta y escritor peruano, César Vallejo. Murió en París el 15 de abril de 1938.
Mestizo, comprometido en su primera juventud con una vanguardia impregnada de indigenismo, César Vallejo (1892-1938) produjo una literatura a menudo adjetivable de mestiza, o sea resultado de mezclas, pero no exactamente deudora de fuentes indígenas. Si mestizaje hay en él, está soterrado y escapa a cualquier fácil evidencia.
Publicó en Lima sus dos primeros poemarios: Los heraldos negros (1918), con poesías que si bien en el aspecto formal son todavía de filiación modernista, constituyen a la vez el comienzo de la búsqueda de una diferenciación expresiva; y Trilce (1922), obra que significa ya la creación de un lenguaje poético muy personal, coincidiendo con la irrupción del vanguardismo a nivel mundial.
En 1923 dio a la prensa su primera obra narrativa: Escalas, colección de estampas y relatos, algunos ya vanguardistas. Ese mismo año partió hacia Europa, para no volver más a su patria. Hasta su muerte residió mayormente en París, con algunas breves estancias en Madrid y en otras ciudades europeas en las que estuvo de paso. Vivió del periodismo complementado con trabajos de traducción y docencia.
Los heraldos negros
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma… ¡Yo no sé! Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte. Son las caídas hondas de los Cristos del alma de alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema. Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada. Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Trilce
Hay un lugar que yo me sé en este mundo, nada menos, adonde nunca llegaremos. Donde, aun si nuestro pie llegase a dar por un instante será, en verdad, como no estarse. Es ese sitio que se ve a cada rato en esta vida, andando, andando de uno en fila. Más acá de mí mismo y de mi par de yemas, lo he entrevisto siempre lejos de los destinos. Ya podéis iros a pie o a puro sentimiento en pelo, que a él no arriban ni los sellos. El horizonte color té se muere por colonizarle para su gran Cualquiera parte. Mas el lugar que yo me sé, en este mundo, nada menos, hombreado va con los reversos. Cerrad aquella puerta que está entreabierta en las entrañas de ese espejo. ¿Está? No; su hermana. No se puede cerrar. No se puede llegar nunca a aquel sitio do van en rama los pestillos. Tal es el lugar que yo me sé.
Ágape
Hoy no ha venido nadie a preguntar; ni me han pedido en esta tarde nada. No he visto ni una flor de cementerio en tan alegre procesión de luces. Perdóname, Señor: qué poco he muerto! En esta tarde todos, todos pasan sin preguntarme ni pedirme nada. Y no sé qué se olvidan y se queda mal en mis manos, como cosa ajena. He salido a la puerta, y me da ganas de gritar a todos: Si echan de menos algo, aquí se queda! Porque en todas las tardes de esta vida, yo no sé con qué puertas dan a un rostro, y algo ajeno se toma el alma mía. Hoy no ha venido nadie; y hoy he muerto qué poco en esta tarde!
Amor prohibido
Subes centelleante de labios y de ojeras! Por tus venas subo, como un can herido que busca el refugio de blandas aceras. Amor, en el mundo tú eres un pecado! Mi beso en la punta chispeante del cuerno del diablo; mi beso que es credo sagrado! Espíritu en el horópter que pasa ¡puro en su blasfemia! ¡el corazón que engendra al cerebro! que pasa hacia el tuyo, por mi barro triste. ¡Platónico estambre que existe en el cáliz donde tu alma existe! ¿Algún penitente silencio siniestro? ¿Tú acaso lo escuchas? Inocente flor! … Y saber que donde no hay un Padrenuestro, el Amor es un Cristo pecador!