En la historia de la danza han existido gran cantidad de artistas excepcionales por sus destrezas técnicas y su mensaje artístico, pero no son muchos lo que han sentido dentro de lo más profundo de su ser el compromiso con su pueblo, de dar lo mejor de sí a ese público sincero y sencillo, aquél que realmente valora al artista.
Anna Pavlova, tal vez la bailarina que más perduró durante todo el siglo XX en la memoria del público amante del ballet, fue uno de esos casos en la historia del arte coreográfico. Nació en San Petesburgo, Rusia, el 12 de febrero de 1881 y en el Teatro María de su ciudad natal comenzó sus estudios. Como bailarina profesional debutó en el Teatro Imperial de San Petesburgo en el año 1899 y se convirtió en primera bailarina en el año 1906. Influenciada por los cambios que entre ellos el coreógrafo Michel Fokine impulsaba, se sumó a esta corriente integrando a partir de 1909 y hasta 1911, los Ballets Rusos de Serge de Diaghilev.
A partir de 1913 se independiza y comienzan sus giras por América, Europa, África, Asia. Se presenta en circunstancias difíciles, lugares que muchas veces no eran aptos para actuar, pero siempre con el mismo ánimo y entrega. Como parte de su periplo por América Latina, llegó a Venezuela en el año 1917. Allí se presentó en el Teatro Municipal de Caracas. Juan Vicente Gómez en reconocimiento a su arte le regala un estuche que en su interior llevaba escrito su nombre con morocotas de oro.
Trabajaba incansablemente, su danza superaba las proezas técnicas. Era tan poderosa, tan magnético su encanto que transmitía la misma emoción al crítico más severo como al público más ingenuo. Murió en 31 de enero de 1931 en La Haya en el esplendor de su carrera, dejando su imagen viva e imborrable de artista auténtica, sensible y extraordinaria que trascendió su tiempo para insertarse en la historia del ballet del siglo XX y de los siglos por venir.