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Más que un general al frente de sus huestes, Billo Frómeta (oficialmente Luis María Frómeta Pereira, Santo Domingo, República Dominicana, 1915, el 15 de noviembre de hace 100 años), fue un jefe de familia. Disciplinado, constante y autodidacta, el llamado “Cantor de Caracas”, entregó a Venezuela 50 años de trabajo musical.
Cinco décadas en las que participó como creador y cronista de la historia nacional. Solo hay que rastrear la cronología de los temas que grabó su orquesta, la ya mítica Billo’s Caracas Boys, para notar que cantó a los sucesos más destacados de la vida del país en ese medio siglo.
Nacido en la capital dominicana, Billo salió de un país dominado por el terror de ‘Chapita’ Trujillo hacia Caracas en diciembre de 1937. Dejaba atrás esposa e hijos. Tenía 22 años.
En su vida solo fue músico y director de orquesta. A Oswaldo Delgado lo escuchó cantando con Los Melódicos en 1976. “Yo había pasado un año con la orquesta de Renato Capriles y había decidido retirarme del canto. Llegué de una gira en Ecuador y en Maiquetía vi, en un periódico vespertino, una noticia: Agoniza cantante de la Billo’s. Era Gustavo Farrera, quien había sufrido un accidente”, cuenta hoy el vocalista.
“Cheo García, quien era mi compadre, me dijo: el maestro sabe que te vas de Los Melódicos y te está buscando porque Gustavo está delicado. Fui a su oficina, me ofreció un café, negociamos los términos y debuté, esa noche, de traje oscuro, en Maracay. Yo admiraba a Billo desde niño. Crecí escuchándolo”, rememora Delgado.
“Siempre fue, más que un jefe, un hombre que aconsejaba. Era sumamente estricto con la concentración en los ensayos y en las grabaciones. Uno incluso, si estaba muy cansado, le pedía que cambiara algún número en los bailes, porque exigía mucho la pieza, y te daba otra. Era muy accesible”, relata.
“Un hombre muy humano. Me explico. Subía la comida, subía la gasolina, y sin que nadie pidiera aumento, él lo daba. Cumplía año, por ejemplo, mi hija, y allí tenía un regalo de parte del maestro. Si se tocaba mucho en un mes, regalaba a los músicos y cantantes lo que costaba un baile. Así era”, explica.
Un caracter afable que exhibía en sus presentaciones en público. “Una vez en Colombia, hicimos un baile en frente de una cárcel. Había una muchacha presa porque mató a su padrastro a quien sorprendió abusando de su mamá. La muchacha cumplía 15 años y la sacaron para que la orquesta le cantara. Hasta un vals bailó el maestro con ella”, cuenta.
En 1984, Oswaldo se retiró de la orquesta, tras 17 discos grabados. También se despidió el pianista desde 1978, Franco Castellani, oriundo de Cabimas, quien pasó a formar parte de la banda de José Luis Rodríguez, “El Puma”. Otro zuliano, Héctor “Pelón” Valbuena, ingresó a la orquesta para grabar el álbum Nuevo Circo, de 1985.
Poco tiempo estuvo Valbuena en la orquesta, pero algo ha debido ver el maestro en él que le permitió arreglardos temas: El Barranquillero y Cuando me fui a Colombia, este último de la autoría del zuliano Simón García.
Una licencia que solo le había permitido Billo a su hijo Charlie, incorporado formalmente a la orquesta en 1984, en el long play Billo en Meridiano.
“Era un hombre muy humilde. Yo lo conocí porque él andaba buscando un cantante y yo dirigía el grupo Canela que tocaba en el Hotel Maruma. Cantaban Ángel Sarabia y Ricardo Cepeda. Fue a vernos, y me ofreció una temporada con su orquesta. Yo lo tomé como un cumplido, y al día siguiente me llama Carlos Ferrer —director de la Orquesta La Única— para decirme que Luis Frómeta estaba en un hotel esperándome para firmar el contrato”, cuenta.
Valbuena, arreglista del núcleo Zulia del Sistema Nacional de Orquestas, mira hacia esa etapa y la considera “sumamente enriquecedora, porque aprendí mucho de su capacidad de trabajo. Dominaba ese arte, había aprendido a saber lo que la gente quería”, explica.
Veintitrés mil bolívares mensuales —entre 1984 y 1985— fue el sueldo de Valbuena. “Era millonario y no lo sabía. Él me permitió dirigir su orquesta. Ya estaba mayor, y cuando iba a los bailes, a las 12 de la noche tocaba el merengue La Cañada, que era su despedida. Ahí quedaba yo como director”, rememora.
Esa sencillez de la que habla Valbuena era la marca de Billo para respetar y hacerse respetar. “Si tú ves videos de sus entrevistas, ves que hablaba bajito. No quería parecer soberbio, o altivo. Al punto de que, como yo daba clases en el conservatorio, él me llamaba profesor”, dice el pianista zuliano que le compuso un tema por su centenario.
“Se fue el cantor’, es un danzón, con aires de son moruno, en su estilo, como a él le gustaba arreglar. También hice un arreglo sinfónico”, dice.
Un homenaje que se suma a los recitales que harán en Caracas por su centenario (en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela y en el Teatro Teresa Carreño, ambos en Caracas), a la inauguración de la plaza a Billo, con una estatua pedestre en Barquisimeto, y al recuerdo de sus fanáticos, seguidores y familiares.
Entre ellos, su hija, “la reina” Magdalena Frómeta Grillo. “Mi papá, aquí en la casa, tenía como unos apodos. Yo era la reina, mi hermana Bárbara, la princesa, mi hermano Charlie, el caballero. Así nos llamaba. Era muy ‘abrazón’, muy cariñoso. Afuera era Billo, el director. En la casa era solo mi papá”.
Una dimensión que ellos comenzaron a entender cuando ya más grandes, comenzaron a salir con su papá. “Había que tener mucha paciencia. Papá atendía a todo el mundo, quienes lo saludaba en la calle, y conversaban con él. Eso implicaba pasar una hora para transitar una cuadra a pie”, relata.
Un hombre de respeto, de familia, de su casa. “Aunque no pasaba mucho tiempo aquí, por su trabajo. Pero cuando estaba en casa, si estaba arreglando o ensayando, no se le podía molestar. En la casa no se escuchaban sus discos, ni él oía música latina. Solo lo hacía para analizar por dónde iban las tendencias de gente como Tito Puente, Tito Rodríguez y Celia Cruz, porque papá quería mucho a Celia”, explica.
Más allá de sus guarachas y sus múltiples hits, el cerebro y líder de la orquesta “Más popular de Venezuela”, era un hombre que comía a diario plátano verde (en puré —llamado en República Dominicana mangú—), que devoraba el queso blanco, y que era fanático de leer sobre etimología, el origen y la forma de las palabras. El padre de trece hijos y mil canciones que regaló a todo el país y que recibió, como homenaje final, “en vez de una oración, el último compás de Alma Llanera”.