La editorial venezolana Madera Fina presentó en abril Señas de una generación del autor Adriano González León, en los que reúne veintitrés trabajos en los que el autor asume el papel de evaluador de las obras de sus compañeros de ruta o del campo artístico vinculados con los grupos literarios de los años sesenta: Sardio y El Techo de la Ballena.
Aunque reconocido principalmente como narrador, un título refrendado en 1968 cuando obtiene el Premio Biblioteca Breve de la Editorial Seix-Barral por su novela País portátil, Adriano González León escribió también en otras modalidades expresivas: poesía, crónicas, prosa poética, ensayos. No obstante, su talante como crítico literario ha quedado un poco de lado debido a lo rutilante de su prestigio en aquellos otros géneros.
En rigor, se trata de textos que no solo valoran algunas de estas obras, sino que incursionan en los terrenos del perfil biográfico y, en ocasiones, hasta en zonas de lo psicológico. Así nos enteramos, pongamos por caso, de los vagabundeos de Juan Sánchez Peláez por Sabana Grande, París o Nueva York mientras compone al menos cuatro de sus poemarios. O corroboramos, una vez más, la pasmosa erudición de Aníbal Nazoa vaciada sin altisonancias en sus sabrosos y, en apariencia, ligeros artículos. También hay pasajes en los que el crítico no escatima duros juicios sobre ciertas piezas poéticas y narrativas.
La historia del libro resulta singular. Señas de una generación se presentó como trabajo de ascenso en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, donde el autor completó la carrera de profesor. Algunas de estas críticas-semblanzas aparecieron en los años setenta en Papel Literario, el famoso encartado del diario El Nacional (Caracas), bajo la firma de un seudónimo: Gabriel Sarcos. Luego, el volumen se extravió en sus archivos personales hasta que su hijo, Andrés González Camino, prologuista del compendio, lo redescubre y entusiasma a los editores al punto de lograr esta publicación.