Sentada en su mecedor, a Dolores el rictus de tristeza en su rostro se desdibujaba cuando desde el picó sonaba la trepidante voz del morocho inmortal, cantando Volver. Y es que el mundo no volvió a ser el mismo para ella desde aquel lunes 24 de junio de 1935, cuando Carlos Gardel dejó de ser un ídolo para convertirse en un mito. Dolores tenía apenas 24 y estaba apunto de traer al mundo su quinto hijo (al que lo llamó Carlos en su honor).
Aquella mañana junto al aviso de los jabones Bohemia (especiales para cutis delicado) y los cigarrillos Capitolio (“que imparte el verdadero placer de fumar”) el gran titular de PANORAMA era la desbocada ambición de Mussolini. Il Duce, según escribía entonces David Lloyd George, “piensa ir a la guerra al menos que se le conceda todo lo que él podría conseguir por medio de ella”. Aquello eran nimiedades para el dolor que luego despertaría la terrible noticia: Gardel ha muerto en un accidente de aviación. ¡Qué absurdo! Las mujeres lloraban desconsoladas, los hombres no daban crédito a la devastadora noticia. El ídolo del Sur, el Valentino Latinoamericano, el hombre que dio vida al tango y lo colocó en los más recónditos lugares del planeta, ya no estaba más. Ya no cantaría mas. De eso hacen hoy 80 años. ¡Y parece que fue nada!: Una guerra mundial, dos bombas atómicas, una historia muy mal entonada y mil intentos por imitarlo. Pero que va, su voz, su estilo y su charming no tuvieron otro igual y el tango vive todavía de su recuerdo.
En Buenos Aires el dolor era denso, tanto como la perplejidad. Carlos Gardel era su emblema, su identidad nacional, su voz más universal, el ídolo que luego trasmutaría al igual que la tragedia. El martes 25 de aquel 1935 PANORAMA viró drásticamente su titular: “Muerto Carlos Gardel en un choque de dos aviones”. El rey del tango acaba de morir —se lee en el cable de la United Press International (UPI)—. Apenas horas antes, cuando salía del Hotel Granada en Medellín, debió hacerlo por la puerta trasera para esquivar a la multitud, la misma que aterrorizada se volcó a los alrededores del aeródromo Olaya Herrera para constatar la noticia. A los periodistas que le perseguían como moscas, el Morocho del Abasto les había confesado en su despedida que iría a Panamá, luego a Cuba y EE UU a concluir varias películas, pero de allí viajaría a Francia a ver a su “vieja”. Hoy colegas de la Associated Press, entrevistan en Argentina a Yamila Morales, una ama de casa madre de dos niños y de apenas 27 años, quien no duda en responder que “Gardel significa calle, barrio, amor, frustración, bronca, melancolía. La vida es un tango y decir tango es decir Gardel”. Pero en la cuna del tango, los jóvenes solo creen que Gardel es el pasado. Mientras en el resto de su feligresía latinoamericana no agota la creación de peñas tangueras para rendirle honor al Zorzal argentino. En Medellín, la tierra en la que murió, prepara un festival en su honor bajo el lema: “Antes morir que olvidarte”.
¿Olvidarlo? como si fuera posible. Dolores, no lo hizo nunca, y como ella varias generaciones crecieron arrullados con su voz, que era himno de nuestra cultura. Y es que Gardel vivió en la nación de ídolos y mitos (Evita, El Che, Maradona, Messi y ahora hasta un Papa), pero continúa vivo en el imaginario popular latinoamericano, en cada una de sus interpretaciones. A los jóvenes que en su tierra y fuera de ella no lo conocen, tal vez cabe recordarles lo que una vez dijo el compositor y pianista Osvaldo Pugliese: “¿No les gusta el tango? Los espero cuando cumplan los 30”.
De los otros titulares de aquella histórica edición del 25 de junio del 35 pocos recordarán otra cosa más que triste noticia para la música. Poco importaba que los “Cañones de la próxima guerra tendrán gran movilidad”, o incluso si Joe Luis noquearía —como era su tradición en el primer round— a su magnifico oponente: Primo Carnera; ni siquiera el resultado de las extensas conversaciones entre Mussolini y el emisario Británico Eden sobre Abisinia. Nada era ya relevante. El tango había perdido su máximo exponente y eso ya era suficiente.
“Antes de cantar mi última canción, quiero decir que he sentido grandes emociones en Colombia. Gracias por tanta amabilidad. Encuentro en las sonrisas de los niños, las miradas de las mujeres y la bondad de los colombianos un cariñoso afecto para mí. Me voy con la impresión de quedarme dentro del corazón de los bogotanos. Voy a ver a mi vieja, pronto. No sé si volveré, porque el hombre propone y Dios dispone. Pero es tal el encanto de esta tierra que me recibió y me despide como si fuera su hijo propio, que no puedo decirles adiós, sino hasta siempre”.
Así se despidió el argentino del público colombiano. Debía prepararse para emprender vuelo. El éxito le seguía esperando. Todas las previsiones fueron tomadas: el más experimentado piloto neogranadino, Ernesto Samper (curiosa coincidencia) tenía la responsabilidad de llevarlo a Cali, pero el azar lo impidió. Eran las 3 de la tarde, de aquel lunes, y el F-31 de la aerolínea Saco, con 16 almas abordo, impactó con otro trimotor. ¿El número total de víctimas? El reporte oficial asegura que 16, pero ese día murió no solo Rey del Tango. Ese día la música latinoamericana perdió a su voz más emblemática, a su máximo representante, al ídolo que el sur construyó para conquistar al mundo.