El fenómeno de El Niño vuelve a presionar la inflación de alimentos, pero Oxford Economics ve a la región mejor parada que Asia y África.
El retorno del fenómeno de El Niño volvió a colocar la inflación alimentaria entre los principales riesgos para las economías emergentes, aunque América Latina arranca desde una posición relativamente más favorable que otras regiones, de acuerdo con un análisis de Oxford Economics.
Una región con exposición menor y riesgos distintos
La consultora ubica a Brasil y Argentina entre los países menos vulnerables, con posibilidad incluso de aprovechar condiciones más favorables para algunos cultivos. En cambio, México, Colombia y Perú enfrentan riesgos más acotados, asociados a factores específicos y no a una escasez generalizada de cereales.
El panorama más delicado se concentra en el Sudeste Asiático y en África subsahariana. Lucila Bonilla, economista líder para mercados emergentes de Oxford Economics, explicó que esa región enfrenta “posibles pérdidas de rendimiento de arroz y maíz”, además del “elevado peso de los alimentos en los índices de precios al consumidor y una transmisión relativamente fuerte de los precios mundiales de los granos”.
El impacto de El Niño no es uniforme. Aunque el calentamiento del Pacífico altera el clima a escala global, sus efectos cambian según la zona: en algunos casos puede elevar las lluvias y ayudar a ciertos cultivos; en otros, provocar inundaciones o sequías que golpean la producción agrícola.
Brasil, Argentina, México, Colombia y Perú
Oxford Economics atribuye la menor exposición de América Latina a varios factores. En parte de Sudamérica, El Niño suele beneficiar la producción de algunos rubros, mientras que el peso de los alimentos dentro de las canastas de consumo es inferior al de varias economías africanas y asiáticas. Además, en la región el riesgo está más ligado a alimentos frescos que a una escasez extendida de granos.
Brasil aparece entre los mercados menos vulnerables del índice. La firma sostiene que un aumento de las precipitaciones puede impulsar la producción de granos en algunas zonas del país, una condición que también favorece a Argentina. Esa diferencia explica por qué ambos quedan lejos de los mayores focos de riesgo identificados por la consultora.
En México, la situación es distinta. Aunque la literatura académica ubica al maíz entre los cultivos más sensibles a El Niño, Oxford Economics señala que buena parte de las importaciones del cereal proviene de Estados Unidos, donde la señal nacional de ENSO es esencialmente neutra, sobre todo en el Corn Belt, que concentra cerca de 75% de la producción del país. A eso se suma una menor transmisión de los precios internacionales de los granos hacia la inflación doméstica, probablemente por la elevada autosuficiencia alimentaria.
Colombia comparte parte de esa lógica comercial, ya que la mayor parte de sus importaciones de maíz también procede de Estados Unidos, donde el efecto nacional de El Niño sobre la producción es limitado. Aunque el país tiene una transmisión relativamente alta de los precios internacionales hacia los alimentos, el peso de estos en el IPC sigue por debajo del observado en muchas economías africanas y asiáticas, lo que modera el impacto sobre la inflación general.
Perú aparece como la principal excepción en la región. Oxford Economics advierte que, en América Latina, los riesgos de El Niño tienen más probabilidades de reflejarse en los precios volátiles de los alimentos frescos que en una escasez general de granos. La consultora añade que, si bien más lluvias pueden favorecer ciertos cultivos en Brasil y Argentina, las inundaciones pueden alterar las cadenas de suministro de verduras, raíces, frutas y pescado, con Perú especialmente expuesto por su menor actividad pesquera.
El mayor riesgo se concentra en Asia y África
La diferencia entre regiones responde a factores estructurales. El índice elaborado por Oxford Economics combina la exposición física de los cultivos, el peso de los alimentos en las canastas de consumo y la sensibilidad de los precios internos frente a las cotizaciones internacionales de los granos.
Filipinas e Indonesia encabezan el listado de vulnerabilidad por su alta dependencia del arroz y el maíz, mientras que Angola, Kenia y Sudáfrica presentan una exposición elevada por depender del maíz producido localmente. En esas economías, una caída de las cosechas puede trasladarse con mayor rapidez a la inflación de los alimentos.
Bonilla señaló que “para Sudáfrica, un fuerte fenómeno de El Niño podría elevar la inflación general en 2027 en 1 punto porcentual con respecto a nuestro escenario base”. También indicó que el episodio añade presión al alza sobre la inflación alimentaria en Asia, donde la firma ya revisó al alza sus previsiones en alrededor de 0,7 puntos porcentuales de media por el aumento de los costos de energía y fertilizantes.
La consultora subraya, además, que El Niño no implica automáticamente un salto global en los precios agrícolas. Bonilla afirmó que “el principal canal a través del cual El Niño afecta a las economías es la interrupción del suministro interno más que un choque de los precios mundiales de las materias primas”. El impacto final, añadió, dependerá de dónde fallen las cosechas, de dónde provengan las importaciones y de si los gobiernos amortiguan el choque con subsidios y controles de precios o permiten que se traslade a los consumidores.
Perspectivas para 2026 y 2027
Oxford Economics considera que este episodio podría ser más complejo que el registrado entre 2023 y 2024. Aunque las existencias acumuladas de cereales deberían suavizar la respuesta inmediata de los mercados internacionales, los inventarios globales de trigo, arroz y maíz se reducirían durante 2026 y 2027, en un contexto de riesgos asociados a fertilizantes, eventos climáticos y posibles restricciones comerciales.
Para América Latina, el escenario luce distinto. La atención estará menos en un choque amplio sobre los granos y más en la evolución de los alimentos frescos, las interrupciones logísticas por inundaciones y la actividad pesquera, variables que terminarán definiendo hasta qué punto los efectos climáticos se trasladan a la inflación en los próximos trimestres.