Las imágenes de los atracos a sucursales bancarias en los años ochenta y noventa, con delincuentes armados y cubiertos con una media, quedaron atrás. Hoy, el robo de dinero puede producirse a miles de kilómetros de distancia, sin necesidad de entrar a una oficina ni de usar violencia física.

Los estafadores recurren al teléfono, las redes sociales y otros canales digitales para sustraer fondos de cuentas corrientes. Ese cambio coincide con la migración de la banca al entorno online, una transformación que redujo la red comercial, disminuyó las plantillas y recortó gastos, pero también abrió la puerta a un nuevo escenario de riesgos.

Más exposición a hackers y ciberdelincuentes

En ese contexto, los bancos enfrentan un entorno marcado por hackers y ciberdelincuentes, en el que las estafas, los fraudes y las suplantaciones de identidad se cuentan por centenares. La consecuencia no solo es económica: también se abre un camino judicial y de desconfianza hacia las entidades, un terreno que hasta hace pocos años era casi inexplorado.

La sofisticación de estos delitos ha cambiado por completo la forma en que se cometen los robos bancarios y ha trasladado la batalla a los sistemas digitales, donde los ahorros de una vida pueden desaparecer sin que medie un asalto tradicional.