La economía española atraviesa un momento de crecimiento que, en términos agregados, sigue mostrando fortaleza frente a las amenazas del entorno internacional. Sin embargo, esa mejora no termina de trasladarse a la percepción social, una distancia que se ha convertido en uno de los principales quebraderos de cabeza del ciclo expansivo actual.
Una primavera marcada por tensiones externas
Todo apunta a que el PIB ha ganado aire durante una primavera condicionada por varios factores de presión: el conflicto en Oriente Próximo, el impacto en los precios de las materias primas y el avance del proteccionismo comercial. Aun así, la actividad ha seguido mostrando capacidad para resistir y no perder tracción en un contexto de incertidumbre global.
Ese comportamiento sugiere que la economía mantiene un margen de recuperación más sólido de lo que podría esperarse por el clima internacional. La lectura, en todo caso, no es homogénea, porque la fortaleza estadística del crecimiento no se traduce de forma automática en una mejora equivalente de la sensación de bienestar entre la población.
El empleo como termómetro del ciclo
En el mercado laboral, el proceso de regularización de inmigrantes ya empieza a reflejarse en los datos de afiliación a la Seguridad Social. En junio, el número de afiliados aumentó en 79.000, casi el doble de lo habitual para ese mes, según las cifras desestacionalizadas de Funcas, una fundación dedicada al análisis económico y social.
