“Pasen. Bienvenidos a la casa de Sol Rojas”.      Margarita Sanz,  tía de la ganadora de medalla de plata en los Juegos Paralímpicos de Río 2016, abrió la puerta a PANORAMA. Dentro del hogar esperaba María López, abuela paterna,  se encargó de toda la crianza de quien se convirtió en una de las dos mujeres con ceguera total más veloz del mundo.     “Sol llegó a mis manos cuando tenía seis meses de nacida”, relató la señora María. “Cuando mi hijo muere, la madre desapareció”.      La bebé nacida en la Maternidad Castillo Plaza (Maracaibo) perdió la vista a los tres años a pesar de los esfuerzos de los galenos del Hogar Clínica San Rafael. “El médico me dijo que la dejara tranquila porque ya no tenía remedio. El diagnóstico es que tenía ceguera progresiva y no tenía cura, luego le dio una fiebre muy alta y desde ahí no pudo ver más”.   El respaldo de su abuela fue vital pues trabajaba en la escuela para ciegos Joaquín Goethe. En ese colegio hizo toda la primaria, en cuarto grado comenzó a correr. En Carabobo, Lara, Barquisimeto y Yaracuy logró sus primeras medallas.    Su formación escolar llegó hasta primer año, cuando pasó al liceo “fue víctima de ‘bullying’ a pesar de que ya venía de ser atleta en su colegio. Todos los días teníamos que ir porque lloraba y se peleaba. No encontramos un liceo apto para ciegos”. Ahí abandonó el deporte hasta que a los 22 años lo retomó.      Greillyz Villarroel, en aquella época vecina y en la actualidad la atleta que logró tres diplomas en esta edición paralímpica, llegó a la puerta de la casa de Sol hace dos años con el entrenador  Isidro Barthelemy y Fernando Ferrer quien en aquel momento era presidente de la Asociación Polideportiva de Ciegos. Querían convencerla de que  volviera a correr.   “Tía, vamos a probar”, me dijo Sol”, ese ensayo la tiene hoy  como un ejemplo del deporte paralímpico mundial con la presea de plata que obtuvo en los 400 metros femeninos (T11 ceguera total) con su guía Edicson Medina.   “Cuando se fue a la Villa Deportiva comenzó a ser más independiente porque antes no la dejábamos andar por ahí sola”, comentaron sus familiares. “A ella no le gusta usar bastón. Se maneja en la casa y en el barrio (Eloy Párraga Villamarín en San Francisco) como si viera. Ella iba sola a buscar la comida en el comedor que queda a dos cuadras”.      Cada uno de sus familiares vibró con la carrera de 400 metros en la que la marabina que creció en San Francisco se quedó con la presea de plata en los 400 metros planos. La madre de crianza detalló que disfrutó todas las competencias de su nieta pero también las sufrió con subidas de tensión. Aún se emociona cuando se le recuerda: “No puedo alzar el brazo izquierdo desde el día de la medalla”.    La abanderada de Venezuela en Río de Janeiro también vive con tres sobrinos: Enmanuel, de 7 años; Orlando, de 10 años; y Mayerling , de 12 años. Ellos expresaron que de Sol aprendieron “que nunca hay que rendirse”.          “De Enmanuel dice que es su hijo porque lo crió. Hasta le cambiaba el pañal”. Ese jovencito  aprendió a andar en bicicleta con la velocista zuliana. “Y ella también sabe manejarla, hasta frena en la esquina, los vecinos no entienden cómo es posible”.    Distinto a quienes aprovechan el momento para hacer pedidos a cada gobierno, la familia de la medallista dejó claro que esa no es su intención. “Nosotros no necesitamos nada. Somos felices con lo que tenemos (…) Queremos que arreglen la pista del “Pachencho” Romero, la otra vez se cayó en un hueco allí. También queremos que Sol tenga una estabilidad, su casa y sus cosas. El día que nosotros faltemos quién va a velar por ella”.