Siéntate, sácate los zapatos y los calcetines y acaríciate la planta del pie con las plumas. Luego, pídele a un amigo, a tu pareja o a tu hijo que te haga lo mismo.
Si eres como la mayoría de la gente, cuando lo hagas tú no sentirás nada, mientras que cuando te lo haga el otro, no podrás evitar las convulsiones.
¿Por qué?
La pregunta de por qué no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos ya no es una cosa de niños.
«Nos lleva a esas preguntas más grandes sobre la conciencia y la autoconciencia, sobre quiénes somos», dice George van Doorn de la Universidad Monash, en Australia.
Por esta razón, los neurocientíficos hacen grandes esfuerzos para conseguir gente que se haga cosquillas a sí misma en un laboratorio.
Para entender su interés, tomemos en cuenta lo siguiente: cada vez que nos movemos, creamos sensaciones potencialmente confusas, que nos pueden hacer perder el rumbo de muchas formas distintas.
Imaginemos el caos que se crearía si asumiéramos que alguien nos está acariciando, o atacando, cada vez que una de nuestras manos roza nuestra pierna.
Ser capaces de diferenciar entre nuestros movimientos y las acciones de otra gente es una parte básica de nuestra conciencia sobre nosotros mismos y de nuestros actos, aspectos de la psiquis que ni los más sofisticados robots pueden replicar.
Al examinar estos rasgos, son necesarios ejemplos que se puedan replicar en el laboratorio.
«Las cosquillas son un buen ejemplo por el contraste tan obvio entre los mismos actos si los realiza otro o nosotros mismos», dice Jennifer Windt, de la Universidad alemana Johannes Gutenberg, de Maguncia.